ANALIS-DIS: PHOENIX WRIGTH, ACE ATTORNEY
De pequeño, hablo de unos 12 años, fui victima de una injusticia. Para sacarme una pelas monté un pequeño “negocio” de lavado de coches, mientras “los mayores” se tomaban cañas en cierto bar yo me ofrecía a limpiarles el coche por fuera. No duró mucho, uno de los primeros días me disponía a lavar un coche cuando al ir a apartar los limpias me quedé con uno de ellos en la mano, asustado se lo dije al dueño quien me acusó de habérselo arrancado. Yo me defendí alegando que ya debía de estar roto previamente pues no había hecho ni por asomo la fuerza necesaria para estropearlo. Me fuí enfadado pensando que a pesar de haber perdido mi forma de ganarme un sobresueldo la cosa no pasaría de ahí, pero me equivoqué. Días después llegó la carta de un abogado en la que se me acusaba de haber roto el parabrisas, se me instaba a pagar la reparación o ir a juicio. La mera posibilidad me aterraba, había muchos testigos de los hechos, todos los del bar, mis padres no podían permitirse líos judiciales con coste económico incierto y aunque me sabía inocente acabamos pagando la reparación. La impotencia y la indefensión ante el sistema legal quedó grabada a fuego en mi mente, cuando tuve que entregar en persona creo que fueron 25.000 ptas. Ojalá hubiera tenido entonces un amigo abogado defensor de las causas perdidas, ojala hubiera estado conmigo Phoenix Wright.
Cuando me dejaron una Nintendo DS tenía claro que Phoenix Wright: Ace Attorney iba a ser uno de los primeros juegos a los que ponerle el stylus encima, y mi decisión ha sido más que acertada. No entiendo como hasta ahora (es un decir, pues la saga proviene de los tiempos de la GBA) no se habían desarrollado juegos de temática judicial cuando el mundo televisivo está plagado de ellas. Y es que los seres humanos tenemos mecanismos muy simples. Todos somos conscientes de la mortalidad y de la enfermedad, por lo que a las series de médicos les resulta fácil llegarnos a la patata. Y lo mismo sucede con el Bien y Mal, Justicia e Injusticia. Por mucho que nos hayan contado la misma película 100 veces siempre estamos dispuestos a escucharla una vez más, la del inocente falsamente acusado luchando por su absolución. Y si de paso consigue volver las tornas y que quede expuesto el verdadero culpable entonces el éxtasis es ya absoluto. Final feliz, al menos hasta el siguiente capítulo.
Y de eso trata exactamente Phoenix Wright, en él encarnaremos a un abogado novato en su cruzada por defender a sus clientes de falsas, siempre falsas, acusaciones de asesinato. Es cierto que esos cargos son algo fuertes para un principiante, pero para ayudarle contará con la ayuda de Mia Fey, su mentora, jefa y quien sabe si algo más, pues la chica está de bastante buen ver.
Mia Fey, asistir así a los juicios debería estar prohibido.
La jugabilidad tiene dos partes bien diferenciadas: investigación y juicio. Durante la investigación nos moveremos por escenarios estáticos, examinándolos en busca de pruebas, hablando con diversos personajes que frecuentemente acabaran siendo testigos, presentándoles pruebas para que suelten hasta la mínima pieza información que te pueda resultar ser útil para el proceso. El juicio en sí es mucho más lineal pues sigue un guión preestablecido durante el cual deberemos escuchar las declaraciones de los testigos para después inquirir en ciertos puntos de las mismas y así obtener mas detalles que nos ayuden a encontrar contradicciones entre sus afirmaciones y las pruebas. En ocasiones no bastará con presentar la prueba que refuta sus acusaciones, deberemos indicar que parte de una fotografía es la relevante para el caso, señalar donde se encontraba el asesino en un plano y en definitiva no sólo demostrar la inocencia de nuestro cliente sino también explicar como sucedieron los hechos y quien es el verdadero asesino.
Y os aseguro que conseguir todo ésto os llevará bastante tiempo, porque si la forma en que han sabido interpretar un proceso judicial para convertirlo en un juego es magistral, el argumento y los personajes que han creado para ello no se quedan atrás. Los protagonistas tienen muchísimo carisma y fuerza, empezando por Phoenix Wright, los ayudantes que le acompañaran a lo largo de los diferentes juicios, siguiendo por sus rivales: los fiscales y terminando por los testigos. Los sprites y animaciones representan a la perfección su carácter y estado de ánimo. Sentiréis como propios cada manotazo sobre la mesa de Phoenix Wright al descubrir una contradicción y señalar con su dedo acusador al testigo, y también su desesperación al ver sonreír a su gran rival, Miles Edgeworth, fiscal en la mayoría de los casos que defendamos, tras descubrir una brecha en nuestra defensa.
Estos dos protagonizan algunos de los mejores duelos de ingenio que he visto en un videojuego, Miles Edgeworth machacará tus razonamientos sin compasión una y otra vez, y aún así acabas por cogerle cariño.
Y es que aquí no existe lo que yo llamo “El Efecto CSI” que consiste en que si encierras a un acusado en una sala impoluta con los policías mas elegantes y amables del mundo y le dices que tienes una huella suya el otro va se derrumba y lo confiesa todo. A Angela Lansbury también le funcionaba, pero no a Phoenix. En todos los casos nuestro cliente parecerá el culpable evidente y cuando empecemos a mostrar pruebas que o bien apoyan su inocencia o bien señalan contradicciones en los testimonios, éstas serán machacadas una y otra vez por explicaciones alternativas tanto por parte de los fiscales como por parte de los testigos. El género mas cercano en el que se podría catalogar Phoenix Wright es la aventura gráfica pero nunca hasta hasta ahora había considerado a uno de sus personajes como un rival a batir. Siempre eran meros obstáculos, piezas de un puzzle a lo sumo, en cambio en Phoenix Wright llegareis a odiarlos, siempre retorciendo los hechos y encontrando explicaciones alternativas para sus mentiras. Acorralarlos contra la verdad y verlos desesperados es puro gozo.
El último de sus aciertos es convertir los casos en una novela de misterio que desentrañar, convirtiéndonos en protagonista de nuestra historia detectivesca al mas puro estilo Agatha Christie. Y aunque la explicación final de los hechos nunca es demasiado complicada llegar a ella nos costará bastante esfuerzo y mucho más llegar a demostrarla. Giros de guión, momentos en los que parecerá que tenemos la batalla ganada y al instante perdida de nuevo, situaciones límite realzadas por la excelente música que acompaña al juego, sorpresas incluso cuando crees que el juego ya no tiene nada más que ofrecerte… y todo ello unido a que en muchos de los juicios nos jugamos el futuro de alguien muy cercano conseguirá que nos sintamos plenamente implicados en el papel de abogado defensor.
Pillar en renuncios a los testigos es casi tan divertido como hacerlo en la vida real. Como cuando alguien te dicen que han pasado el finde en Paris con un sol explendido, consultas las páginas metereologicas y ha estado jarreando. True History
La única pega que se le puede poner a Phoenix Wright es su excesiva linealidad, durante los periodos de investigación deberemos llevar a cabo ciertas tareas en un orden muy determinado y hasta que no las hagamos no se desbloqueará el siguiente evento que nos permita avanzar. Por ejemplo hasta que no examinemos cierto cuadro, hablemos con un determinado personaje y le presentemos determinada prueba, nuestro cliente no estará disponible en la sala de detenidos para poder seguir intercambiando impresiones. Esto lleva a un inevitable ensayo y error que puede resultar bastante frustrante. El juego intenta mitigarlo dándonos pistas en forma de pensamientos de Phoenix o sus ayudantes, y mostrándonos la fecha y hora cuando lleguemos a un escenario en el que ha cambiado algo con respecto a la situación anterior. Aun así los atascos serán numerosos ya que el juego jamás nos permitirá llegar a juicio sin que tengamos todas las piezas que nos permitan salir airosos, lo contrario sería de una crueldad intolerable. Los juicios por su naturaleza son mucho más fluidos, pero para evitar que demos con la prueba que contradice el testimonio mediante combinatoria solo se nos permiten 5 fallos antes de que el juez asuma que no tenemos ni puta idea de que fue lo que realmente pasó y declare a nuestro cliente culpable.
Esta decisión no tiene demasiado sentido, pues como todo buen juego portátil nos deja grabar la partida en prácticamente cualquier momento, por lo que siempre podemos cargar la partida y seguir intentándolo. Tampoco tendría sentido que nos obligaran a empezar el juicio desde el inicio, pues deberíamos volver a leer una gran cantidad de texto con una interacción muy limitada quedando al descubierto el artificio de su linealidad, que sus giros están predeterminados y que los fiscales no son en realidad nuestros rivales sino sprites con una única contestación. Aunque por otro lado tampoco puede permitirse que el jugador se equivoque continuamente sin consecuencias. Nos encontramos entonces en un problema casi irresoluble, sólo se me ocurre que Obsidian desarrolle el próximo juego de la saga u cree una nueva, con diferentes finales de acuerdo a nuestra actuación.
Sin duda una de las mejores cosas que tiene Phoenix Wright: Ace attorney es que…¡Solo es el primero de la saga! Me quedan muchos mas por jugar. Creo que dentro de poco me podrán acusar de hurto de una Nintendo DS. (Pulsa para ampliar)
En definitiva y volviendo a mi trauma infantil. Si hubiera contado con Phoenix Wright a mi lado seguro que habría examinado desde que punto estaba partido el parabrisas para ver si alguien de mi estatura podía haberlo hecho, habría preguntado a testigos desde cuando ese cliente acudía a ese bar en concreto para ver si era desde que monté mi negocio y así urdir un plan para ahorrarse la reparación. Se habría fijado si las dos partes de parabrisas estaban igual de limpias, si las gomas presentaban el mismo desgaste o cuando fue la última vez que el coche estuvo en un taller. No se cómo lo habría hecho pero estoy seguro de que me habría conseguido un veredicto de No Culpable.
Veredicto para Phoneix Wright: 8
Te gustará si:
- Si te gustan las novelas detectivescas.
- Si te gusta desmontar las mentiras de los demás.
- Si tienes curiosidad por saber como es eso de que la justicia funcione.
No te gustará si:
- Una vez más: si te cansa leer o si no eres capaz de recordar detalles argumentales.
- Si tu ideal de justicia se acerca más al de The Punisher o al Juez Dredd.
- Eres el cabrón que me acusó falsamente de romperle el parabrisas.
32 comentarios en “ANALIS-DIS: PHOENIX WRIGTH, ACE ATTORNEY”
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Por: Mr. Red











Buen análisis, coincido con prácticamente todo. Decir que vas bastante acertado en lo de “lo mejor es que solo es el primero” lues cada uno es mejor que el anterior (Salvo el Apollo Justice que aún no se como catalogarlo).
Y sí, los personajes son muy carismáticos.
Sinceramente, para mí es la mejor saga de portátiles hasta la fecha. Sobretodo por esa originalidad en el género (Que me ha llevado a intentar Hotel Dusk, pero es excesivamente lebto)
Cada uno es mejor que el anterior… pero la verdad, a mí lo de los “psicocandados” me hincha las narices como está mandado.
Lo que es curioso es que al primer juego, a modo de “bonus” para convencer a la gente de que se comprase el juego aunque ya tuviera la versión de la GBA, le metieron al final un caso que es de todo menos de relleno. Laaaargo, difíiiicil y con una mecánica nueva que en el siguiente juego ya no estaba (lógicamente) para darle uso al lápiz táctil, ahí se ven todas las lecciones aprendidas a lo largo de muchos juegos de Phoenix Wright. Para mí es lo mejor de toda la serie.
Para mí, el mejor de la saga es el segundo, y tan solo por su último caso (aunque todos son muy buenos, creo que eran cuatro), pero este primero fue todo un descubrimiento, una experiencia fantástica. Creo que lo que la hace ser cojonuda es que se crea un microuniverso sórdido con sus propias reglas, y aunque si que peca de lineal, está tan bien hecho, todo es tan razonable dentro de este pequeño mundo, que te crees que eres tú el que está ahí, machacando al testigo del fiscal. Hago mención especial al último caso de este primero, intrincado como el solo, y con un final espectacular (ese jefe de policia aplaudiendo como un loco me dejó huella).
Desde ya le digo que los cuatro que han salido en nuestro país merecen mucho la pena. Hay un quinto, Miles Edgeworth Perfect Prosecutor, que no vino a España y por lo visto también (no lo he jugado aún, pero no voy a tardar en hacerlo). El creador de la saga también se sacó de la manga el fabuloso Ghost Trick, también muy recomendable.
Y que sepa que tiene usted un pequeño tesoro en sus manos, señor rojo. Nintendo DS tiene un catálogo estupendo que va más allá de los Phoenix Wright, se lo digo yo. Así a vuelapluma, le recomiendo probar estos tres juegazos: Henry Hatsworth and the puzzling adventure (plataformas y puzzle), Advance Wars: Dark Conflict (estrategia por turnos) y el que para mí es el mejor juego de DS, Elite Beat Agents, juego musical stupendams.
Si tuviera que elegir unos pocos juegos con los que quedarme para mi Nintendo DS, los 4 Phoenix Wright estarían de los primeros de ese top sin dudarlo. Para mi una saga buenísima, que si bien peca como usted bien dice de lineal, tiene los suficientes elementos cojonudos como para que encandile a cualquiera.
A mi me ganó con el carisma de sus personajes, no hay ni uno que no tenga algo especial, todos tienen su personalidad, son exagerados en lo suyo, y a la mitad les coges cariño/odio. También me ganó el humor que desprende el juego, desde las conversaciones, en las que te encuentras más de un guiño (recuerdo una empresa que se nombra creo que en el tercero. La empresa se llamaba “Pantallazo azul” o algo así xD), hasta los sprites de los personajes, pues hay alguno realmente cojonudo (cuando pilllas las mentiras y cosas así). Luego está que la mayoría de los casos se hacen realmente interesantes, porque si bien es verdad que la historia acaba resultando ser más o menos simple, no te la imaginas ni de lejos. Son finales que no se ven venir, pero no tan exagerados como para que te rías de ellos (quizas el humor y el carisma de los casos haga que no resulten tan extraños).
Lo dicho, para mi una saga estupenda. No deje de jugarlos todos Mr. Red. Aquí un servidor se jugó uno (no recuerdo si el tercero o el cuarto) completamente en inglés cuando tenía 15 o 16 añitos (hará 2 o 3 xD), de lo que me gustaba la saga.
Y que lo sepa, será usted culpable de que los rejuegue este verano muy probablemente (esta vez espero en formato físico y no en la tarjetita pirata… ¿Sabe alguien si siguen vendiéndolos en los GAME y tal?)
Por mucho que me empeñe en acordarme de detalles, siempre se me olvidan algunos. Especialmente en The Witcher 2, donde la cantidad de detalles es abrumadora.
Nick es un jodido héroe, sin más. Esta es de mis sagas favoritas, y debo decir que el final de la tercera entrega es de lo más PERFECTO que he visto como cierre para una historia en mucho tiempo. Que nadie se los pierda, son una belleza (Y el de Miles Edgeworth también, aunque tenga el “final boss” más INTRAGABLE de la historia).
Putas obras maestras. Con eso lo digo todo. Y si en las siguientes entregas tuvieran los huevos de meter rutas alternativas en función de nuestros errores y aciertos (que las hay, pero muy pocas) podrían convertirse en uno de los mejores juegos de la historia.
Todo este texto para contarnos las injusticias que ha sufrido Mr Red?
Eutifrón o de la santidad
Eutifrón
¿Qué novedad, Sócrates? ¿Abandonas tus hábitos del Liceo para venir al pórtico del Rey?{1} Tú no tienes, como yo, procesos que te traigan a aquí.
Sócrates
Lo que me trae aquí es peor que un proceso, es lo que los atenienses llaman negocio de Estado.
Eutifrón
¿Qué es lo que me dices? Precisamente alguno te acusa; porque jamás creeré que tú acuses a nadie.
Sócrates
Seguramente que no.
Eutifrón
¿Es otro el que te acusa?
Sócrates
Sí.
Eutifrón
¿Y quién es tu acusador?
Sócrates
Yo no le conozco bien; me parece ser un joven, que no es conocido aún, y que creo se llama Melito, de la villa [10] de Pithos. Si recuerdas algún Melito de Pithos de pelo laso, barba escasa y nariz aguileña ese es mi acusador.
Eutifrón
No le recuerdo, Sócrates. ¿Pero cuál es la acusación que intenta contra ti?
Sócrates
¿Qué acusación? Una acusación que supone no ser un hombre ordinario; porque en los pocos años que cuenta no es poco estar instruido en materias tan importantes. Dice que sabe lo que hoy día se trabaja para corromper la juventud, y que sabe quiénes son los corruptores. Sin duda este joven es mozo muy entendido, que habiendo conocido mi ignorancia viene a acusarme de que corrompo sus compañeros y me arrastra ante el tribunal de la patria como madre común. Y es preciso confesarlo; es el único que me parece conocer los fundamentos de una buena política; porque la razón quiere que un hombre de Estado comience siempre por la educación de la juventud, para hacerla tan virtuosa cuanto pueda serlo; a la manera que un buen jardinero fija su principal cuidado en las plantas tiernas, para después extenderlo a las demás. Sin duda Melito observa la misma conducta, y comienza por echarnos fuera a nosotros, los que dice que corrompemos la flor de la juventud. Y después que lo haya conseguido extenderá indudablemente sus cuidados benéficos a las demás plantas más crecidas, y de esta manera hará a su patria los más grandes y numerosos servicios; porque no podemos prometernos menos de un hombre que comienza con tan favorables auspicios.
Eutifrón
¡Ojala sea así, Sócrates! Pero me temo que ha de ser todo lo contrario; porque atacándote a ti me parece que ataca a su patria en lo que tiene de más sagrado. Pero te suplico me digas qué es lo que dice que tú haces para corromper la juventud. [11]
Sócrates
Cosas que por lo pronto, al escucharlas, parecen absurdas, porque dice que fabrico dioses, que introduzco otros nuevos, y que no creo en los dioses antiguos. He aquí de lo que me acusa.
Eutifrón
Ya entiendo; es porque tu supones tener un demonio familiar{2} que no te abandona. Bajo este principio él te acusa de introducir en la religión opiniones nuevas, y con eso viene a desacreditarte ante este tribunal, sabiendo bien que el pueblo está siempre dispuesto a recibir esta clase de calumnias. ¿Qué me sucede a mí mismo{3}, cuando en las asambleas hablo de cosas divinas y predigo lo que ha de suceder? Se burlan todos de mí como de un demente; y no es porque no se hayan visto realizadas las cosas que he predicho, sino porque tienen envidia a los que son como nosotros. ¿Y qué se hace en este caso? El mejor partido es no curarse de ello y seguir uno su camino.
Sócrates
Mi querido Eutifrón; no es un gran negocio el verse algunas veces mofado, porque al cabo los atenienses, a mi parecer, se cuidan poco de examinar si uno es hábil, con tal que no se mezcle en la enseñanza. Pero si se mezcla, entonces montan en cólera, ya sea por envidia. como tú dices, o por cualquiera otra razón.
Eutifrón
En estas materias, Sócrates, no tengo empeño en saber cuáles son sus sentimientos respecto a mí. [12]
Sócrates
He aquí sin duda por qué eres tú tan reservado, y por qué no comunicas voluntariamente tu ciencia a los demás; pero respecto a mí, temo no creen que el amor que tengo por todos los hombres me arrastra a enseñarles todo lo que sé; no sólo sin exigirles recompensa, sino previniéndoles y estrechándoles a que me escuchen. Que si se limitasen a mofarse de mí, como dices se mofan de ti, no sería desagradable pasar aquí algunas horas de broma y diversión; pero si toman la cosa seriamente, sólo vosotros los adivinos podréis decir lo que sucederá.
Eutifrón
Espero que ningún mal te suceda, y que llevarás a buen término tu negocio, como yo el mío.
Sócrates
¿Luego tienes aquí algún negocio? ¿Y eres defensor o acusador?
Eutifrón
Acusador.
Sócrates
¿A quién persigues?
Eutifrón
Cuando te lo diga me creerás loco.
Sócrates
¡Cómo! ¿Acusas a alguno que tenga alas?
Eutifrón
El que yo persigo, en lugar de tener alas, es tan viejo, que apenas puede andar.
Sócrates
¿Quién es?
Eutifrón
Mi padre.
Sócrates
¡Tu padre! [13]
Eutifrón
Sí, mi padre.
Sócrates
¡Ah! ¿De qué le acusas?
Eutifrón
De homicidio, Sócrates.
Sócrates
De homicidio, ¡por Hércules! He aquí una acusación que está fuera del alcance del pueblo, que no comprenderá jamás que pueda ser justa, en términos que un hombre ordinario tendría mucha dificultad en sostenerla. Un hecho semejante estaba reservado para un hombre que ha llegado a la cima de la sabiduría.
Eutifrón
Sí, ¡por Hércules!, a la cima de la sabiduría.
Sócrates
¿Es alguno de tus parientes a quien tu padre ha dado muerte? Indudablemente debe ser así, porque por un extraño no habías de acusar a tu padre.
Eutifrón
¡Qué absurdo, Sócrates, creer que en esta materia haya diferencia entre un pariente y un extraño! Lo que es preciso tener presente es si el que ha dado la muerte lo ha hecho justa o injustamente. Si es justamente, es preciso dejarle en paz; pero si es injustamente, tú estás obligado a perseguirle, cualquiera que sea la amistad o parentesco que haya entre vosotros. Sería hacerte cómplice de su crimen si mantuvieras relaciones con él y no pidieras su castigo, que es el único que puede absolver a ambos. Mas voy a ponerte al corriente del hecho que motiva la acusación. El muerto era uno de nuestros colonos que llevaba una de nuestras heredades cuando habitábamos en Naxos.
Un día, que había bebido con exceso, se remontó y encarnizó tan furiosamente contra uno de nuestros esclavos, que le mató. Mi padre ató de pies y manos al colono, lo [14] sumió en una profunda hoya y en el acto envió aquí a consultar a uno de los Exegetas para saber lo que debía hacer, sin curarse más del prisionero y abandonándole como un asesino, cuya vida era de poca importancia; así fue que murió; porque el hambre, el frío y el peso de las cadenas le mataron antes que el hombre, que mi padre envió, volviese. Con este motivo, y vista mi actitud, toda la familia se subleva contra mí, porque mediando un asesino acuso a mi padre de un homicidio, que ellos pretenden que no ha cometido, y aun dado caso de que le hubiera cometido, sostienen que yo no debería perseguirle, puesto que el muerto era un malvado y un asesino, y que por otra parte es una acción impía que un hijo persiga a su padre criminalmente. ¡Tan ciegos están sobre el conocimiento de las cosas divinas, y tan incapaces para discernir lo que es impío de lo que es santo!
Sócrates
Pero, ¡por Júpiter!, ¿crees, Eutifrón, tú que conoces tan exactamente las cosas divinas, y que distingues con precisión lo que es santo y lo que es impío, que habiendo pasado las cosas de la manera que dices, puedas perseguir a tu padre, sin temor de cometer una impiedad?
Eutifrón
Me estimaría bien poco, y Eutifrón no tendría ventaja sobre los demás hombres, si no conociese todas estas cosas perfectamente.
Sócrates
¡Oh maravilloso Eutifrón! Estoy convencido de que el mejor partido que yo puedo tomar es hacerme tu discípulo y hacer saber a Melito, antes del juicio de mi proceso, que hasta aquí he mirado como una de las mayores ventajas saber bien las cosas divinas; pero que hoy día, viendo que me acusa de haber caído en el error introduciendo temerariamente opiniones nuevas sobre la divinidad, me he pasado a tu escuela. Así, pues, le diré: Melito, si [15] confiesas que Eutifrón es hábil en estas materias, y que sus opiniones son buenas, te declaro que tengo los mismos sentimientos que él; por consiguiente cesa de perseguirme; y si, por lo contrario, crees que Eutifrón no es ortodoxo, emplaza al maestro antes de tomarla con el discípulo, puesto que él es el que pierde a los dos ancianos, su padre y yo; a mí por enseñarme una religión falsa, y a su padre por perseguirle, fundado en los principios de esta misma religión. Pero si se desentiende de mi petición y continúa en perseguirme, o dejándome se dirige a ti, tú no dejarás de comparecer y decir lo mismo que yo le hubiera significado.
Eutifrón
¡Por Júpiter!, Sócrates, si su imprudencia llega al punto de atacarme, bien pronto encontraré su flaco, y correrá más peligro que yo delante de los jueces.
Sócrates
Ya lo sé, y he aquí por qué deseaba tanto ser tu discípulo, seguro que no hay nadie tan atrevido para mirarte cara a cara; ni el mismo Melito; ese hombre que penetra hasta tal punto el fondo de mi corazón que me acusa de impiedad.
Ahora, en nombre de los dioses, dime lo que hace poco me asegurabas saber tan bien: qué es lo santo y lo impío; sobre el homicidio, por ejemplo, y sobre todos los demás objetos que pueden presentarse. ¿La santidad no es siempre semejante a sí misma en toda clase de acciones? Y la impiedad, que es su contraria, ¿no es igualmente siempre la misma, de suerte que la misma idea, el mismo carácter de impiedad, se encuentra siempre en lo que es impío?
Eutifrón
Seguramente, Sócrates.
Sócrates
Dime, pues, lo que entiendes por lo santo y lo impío. [16]
Eutifrón
Llamo santo, por ejemplo, lo que hago yo hoy día de perseguir en justicia todo hombre que comete muertes, sacrilegios y otras injusticias semejantes, ya sea padre, madre, hermano o cualquiera otro; y llamo impío no perseguirles. Sígueme, Sócrates; te lo suplico, porque quiero darte pruebas bien positivas de que mi definición es buena, y que es una acción santa, como se lo he dicho a muchas personas, no tener ningún género de miramientos con el impío, cualquiera que él sea. Todo el mundo sabe que Júpiter es el mejor y el más justo de los dioses, y todos convienen en que encadenó a su mismo padre porque devoraba sus hijos contra razón y justicia; y Saturno no trató con menos rigor a su padre por otra falta. Sin embargo, se sublevan contra mí porque persigo a mi padre por una injusticia atroz, y se incurre en una manifiesta contradicción, juzgando de tan distinto modo la acción de los dioses y la mía.
Sócrates
¿No es esto mismo, Eutifrón, lo que motiva hoy mi acusación ante el tribunal, porque cuando se me habla de estas leyendas de los dioses las recibo con dificultad? Y estoy persuadido que este será el crimen que se me impute. Si tú que eres tan hábil en materia de religión, estás de acuerdo en este punto con el pueblo, y si crees en tales leyendas, es de necesidad que nosotros lo creamos igualmente; nosotros que confesamos ingenuamente no tener ningún conocimiento de estas materias. Esta es la razón para pedirte, en nombre del dios que preside a la amistad, que no me engañes, y que me digas: ¿Crees que todas estas cosas se hayan realmente verificado?
Eutifrón
No sólo éstas, sino también otras más sorprendentes, que el pueblo ignora. [17]
Sócrates
¿Crees con formalidad que entre los dioses hay guerras, odios, combates y todas las demás pasiones tan sorprendentes que los poetas y pintores nos representan en sus poesías y en sus cuadros, de que se hace ostentación por todas partes en nuestros templos, y con que se abigarra ese velo misterioso que se lleva cada cinco años en procesión a la ciudadela del Acrópolis durante las Panateneas{4}? Eutifrón, ¿debemos nosotros recibir todas estas cosas como verdades?
Eutifrón
No sólo éstas, Sócrates, sino muchas otras, como te dije antes, que te explicaré si quieres, y que te sorprenderán bajo mi palabra.
Sócrates
No me sorprenderán; pero tú me las explicarás en otra ocasión que estemos más despacio. Ahora procura explicarme más claramente lo que te he preguntado; porque aún no has satisfecho plenamente a mi pregunta, ni me has enseñado lo que es santidad. Sólo me has dicho, que lo santo es lo que tú haces, acusando a tu padre de homicidio.
Eutifrón
Te he dicho la verdad.
Sócrates
Quizá. ¿Pero no hay otras muchas cosas que tú llamas santas?
Eutifrón
Sin duda.
Sócrates
Acuérdate, te lo suplico, que lo que he pedido no es que me enseñes una o dos cosas santas entre un [18] gran número de otras que lo son igualmente; sino que me des una idea clara, y distinta de la naturaleza de la santidad, y lo que hace que todas las cosas santas sean santas; porque tú mismo me has dicho que un solo y mismo carácter hace que las cosas santas sean santas; así como un solo y mismo carácter hace que la impiedad sea siempre impiedad. ¿No te acuerdas?
Eutifrón
Sí, me acuerdo.
Sócrates
Enséñame, pues, cuál es ese carácter, a fin de que teniéndolo siempre a la vista, y sirviéndome de él como un modelo, esté en posesión de asegurar sobre todo lo que tú u otros hagan, que lo que es ajustado a dicho modelo es santo, y que lo que no lo es, es impío.
Eutifrón
Si es eso lo que quieres, Sócrates, estoy pronto a satisfacerte.
Sócrates
Seguramente es lo que quiero.
Eutifrón
Digo, pues, que lo santo es lo que es agradable a los Dioses, e impío lo que les es desagradable.
Sócrates
Muy bien, Eutifrón. Me has contestado con precisión a lo que te había preguntado; mas en cuanto a saber si es una verdad lo que dices, hasta ahora no lo comprendo así; pero indudablemente me convencerás de que lo es.
Eutifrón
Te satisfaré.
Sócrates
Vamos, examinemos bien lo que decimos. Una cosa santa, un hombre santo, es una cosa, es un hombre que es agradable a los dioses; una cosa impía, un hombre impío, es un hombre, es una cosa que les es desagradable, [19] y de este modo lo santo y lo impío son directamente opuestos; ¿no es así?
Eutifrón
Sin contradicción.
Sócrates
¿Te parece estar esto bien definido?
Eutifrón
Lo creo.
Sócrates
¿Pero no estamos también acordes en que los dioses tienen entre sí enemistades y odios, y que muchas veces están discordes y divididos?
Eutifrón
Sí; sin duda.
Sócrates
Examinemos, pues, aquí en qué puede consistir esta diferencia de pareceres que produce entre ellos estas enemistades, estos odios. Si tú y yo disputáramos sobre dos números para saber cuál es el mayor, ¿esta diferencia nos haría enemigos y nos arrastraría a ejercer violencias? O más bien, poniéndonos a contar, ¿nos pondríamos en el momento de acuerdo?
Eutifrón
Es claro.
Sócrates
Y si disputáramos sobre la diferente magnitud de los cuerpos, ¿no nos pondríamos a medir, y no se daría en el acto por terminada nuestra disputa?
Eutifrón
En el acto.
Sócrates
Y si disputáramos sobre la pesantez, ¿no se terminaría bien pronto nuestra disputa por medio de una balanza?
Eutifrón
Sin dificultad. [20]
Sócrates
¿Pues qué es lo que podría hacernos enemigos irreconciliables, si llegáramos a disputar sin tener una regla fija a que pudiéramos recurrir? Quizá no se presenta a tu espíritu ninguna de estas cosas, y voy a proponerte algunas. Reflexiona un poco y mira si por casualidad estas cosas son lo justo y lo injusto, lo honesto y lo inhonesto, el bien y el mal. Porque, ¿no son éstas las que por falta de una regla suficiente para ponernos de acuerdo en nuestras diferencias, nos arrojan a deplorables enemistades? Y cuando digo nosotros, entiendo todos los hombres.
Eutifrón
He aquí, en efecto, la causa de nuestros disentimientos.
Sócrates
Y si es cierto que los dioses tienen diferencias entre sí sobre cualquiera cosa, ¿no es preciso que recaigan necesariamente sobre alguna de las mismas que dejo expresadas?
Eutifrón
Eso es de toda necesidad.
Sócrates
Por consiguiente, según tú, excelente Eutifrón, los dioses están divididos sobre lo justo y lo injusto, sobre lo honesto y lo inhonesto, sobre lo bueno y lo malo; porque ellos no pueden tener otro objeto de disputa; ¿no es así?
Eutifrón
Como lo dices.
Sócrates
Y las cosas que cada uno de los dioses encuentra honestas, buenas y justas las ama, y aborrece las contrarias?
Eutifrón
Sin dificultad. [21]
Sócrates
Según tú, una misma cosa parece justa a los unos e injusta a los otros, y este disentimiento es la causa de sus disputas y de sus guerras. ¿No es así?
Eutifrón
Sin duda.
Sócrates
Se sigue de aquí, que una misma cosa es amada y aborrecida por los dioses, y les es al mismo tiempo agradable y desagradable.
Eutifrón
Así parece.
Sócrates
Y por consiguiente, ¿lo santo y lo impío no son una misma cosa según tú?
Eutifrón
La consecuencia parece ser exacta.
Sócrates
Aún no has respondido a mi pregunta, incomparable Eutifrón; porque yo no te preguntaba lo que es a la vez santo e impío, agradable y desagradable a los dioses; de manera que podrá suceder muy bien sin milagro que la acción que haces hoy persiguiendo en juicio a tu padre, agrade a Júpiter y desagrade a Caelo y a Saturno; que sea agradable a Vulcano y desagradable a Juno; y así a todos los demás dioses que no estén conformes en una misma opinión.
Eutifrón
Pero yo creo, Sócrates, que sobre esto no hay disputa entre los dioses, y que ninguno de ellos quiere que el que ha cometido una muerte injusta quede impune.
Sócrates
Tampoco hay hombre que lo pretenda. ¿Has oído jamás que se haya atrevido nadie a sostener que el que ha [22] cometido una muerte infamemente, o cometido cualquiera otra injusticia, pueda quedar sin castigo?
Eutifrón
No se oye ni se ve en todas partes otra cosa en los tribunales: Dos que han cometido injusticias dicen y hacen todo cuanto pueden para evitar el castigo.
Sócrates
¿Pero esas gentes, Eutifrón, confiesan que han cometido injustamente aquello de que se los acusa? ¿O bien, confesándolo, sostienen que no deben ser castigados?
Eutifrón
No lo confiesan, Sócrates.
Sócrates
No dicen ni hacen todo lo que pueden, porque no se atreven a sostener ni suponer que siendo probada su injusticia, no deban de ser castigados, sino que pretenden más bien que ellos no han cometido injusticia. ¿No es así?
Eutifrón
Es cierto.
Sócrates
No ponen en duda que el culpable de una injusticia deba ser castigado, y la cuestión es saber quién ha cometido la injusticia, cuándo y cómo la ha cometido.
Eutifrón
Eso es cierto.
Sócrates
¿No es lo mismo lo que sucede en el cielo, si es cierto, como antes has confesado, que los dioses están en discordia sobre lo justo y lo injusto? ¿No sostienen los unos que los otros son injustos? Estos últimos, ¿no sostienen lo contrario? Porque entre ellos, lo mismo que entre nosotros, no hay uno que se atreva a decir que el autor de una injusticia no deba ser castigado.
Eutifrón
Todo lo que dices es cierto, por lo menos en general. [23]
Sócrates
Di también en particular, por qué las disputas de todos los días de los dioses y de los hombres recaen sobre acciones particulares, y si los dioses disputan sobre alguna cosa, precisamente tiene que recaer sobre cosa particular, diciendo los unos que tal acción es justa, y diciendo los otros que es injusta. ¿No es así?
Eutifrón
Seguramente.
Sócrates
Por consiguiente, ven acá, mi querido Eutifrón, y dime, para mi instrucción particular, qué prueba cierta tienes de que los dioses todos han desaprobado la muerte de vuestro colono; el cual, de resultas de haber quitado la vida a palos a un esclavo, había sido cargado de hierros por el dueño de éste, causándole la muerte, antes que tu padre recibiese de Atenas la respuesta que esperaba. Hazme ver que en este suceso es una acción piadosa y justa, que un hijo acuse a su padre de homicidio, y que pida ante el tribunal su castigo; y trata de probarme, pero de una manera clara y patente, que todos los dioses aprueban la acción de este hijo. Si consigues esto, no cesaré toda mi vida de celebrar tu habilidad.
Eutifrón
Dificultad presenta, Sócrates, si bien soy capaz de demostrártelo claramente.
Sócrates
Ya te entiendo; me tienes por cabeza más dura que la de tus jueces; porque respecto a ellos, les harás ver sin dificultad, que tu colono ha muerto injustamente, y que todos los dioses desaprueban la acción de tu padre.
Eutifrón
Se lo haré ver claramente, con tal que quieran escucharme. [24]
Sócrates
¡Oh! No dejarán de escucharte, con tal que les dirijas bellos discursos; pero he aquí una reflexión que me ocurre. En vista de lo que acabo de oírte, me decía a mí mismo: aun cuando Eutifrón me probase que todos los dioses encuentran injusta la muerte de su colono, ¿habré adelantado en la cuestión?, ¿conoceré mejor lo que es santo y lo que es impío?
La muerte del colono ha desagradado a los Dioses, según se pretende, y yo convengo en ello; pero esto no es una definición de lo santo y de su contrario, puesto que los dioses están divididos, y lo que es agradable a los unos es desagradable a los otros. también doy por sentado que los dioses encuentren injusta la acción de tu padre, y que todos le aborrezcan; pero corrijamos un poco nuestra definición, te lo suplico, y digamos: lo que es aborrecido por todos los dioses, es impío, y lo que es amado por todos ellos es santo, y lo que es amado por los unos y aborrecido por los otros, no es ni santo ni impío, o es lo uno y lo otro a la vez. ¿Quieres que nos atengamos a esta definición de lo santo y de lo impío?
Eutifrón
¿Quién lo impide, Sócrates?
Sócrates
No es cosa mía, Eutifrón; mira si te conviene hacer tuyo este principio, y sobre él me enseñarás mejor lo que me has prometido.
Eutifrón
Por mí no tengo inconveniente en sentar que lo santo es lo que aman todos los dioses, é impío lo que todos ellos aborrecen.
Sócrates
¿Examinaremos esta definición para ver si es verdadera, o la recibiremos sin examen y habremos de tener esta tolerancia con nosotros y con los demás, dando rienda [25] suelta a nuestra imaginación y a nuestra fantasía, en términos que baste que un hombre nos diga que una cosa existe para que se le crea, o es preciso examinar lo que se dice?
Eutifrón
Es preciso examinar, sin duda; pero estoy seguro, que el principio que acabamos de sentar es justo.
Sócrates
Eso es que vamos a ver muy pronto: sígueme. ¿Lo santo es amado por los dioses porque es santo, o es santo porque es amado por ellos?
Eutifrón
No entiendo bien lo que quieres decir, Sócrates.
Sócrates
Voy a explicarme. ¿No decimos, que una cosa es llevada y que una cosa lleva? ¿Que una cosa es vista y que una cosa ve? ¿Que una cosa es empujada y que una cosa empuja? ¿Comprendes tú que todas estas cosas son diferentes y en qué difieren?
Eutifrón
Me parece que lo comprendo.
Sócrates
La cosa amada, ¿no es diferente de la cosa que ama?
Eutifrón
Vaya una pregunta.
Sócrates
Dime igualmente; ¿la cosa llevada es llevada porque se la lleva, o por alguna otra razón?
Eutifrón
Porque se la lleva, sin duda. Sócrates
Sócrates
¿Y la cosa empujada es empujada porque se la empuja, y la cosa vista es vista porque se la ve?
Eutifrón
Seguramente. [26]
Sócrates
Luego no es cierto que se ve una rosa porque es vista, sino por lo contrario; ella es vista porque se la ve. No es cierto que se empuja una cosa porque ella es empujada, sino que ella es empujada porque se la empuja. No es cierto que se lleva una cosa porque es llevada, sino que ella es llevada porque se la lleva. ¿No es esto muy claro? Ya entiendes lo que quiere decir, que se hace una cosa porque ella es hecha, que un ser, que padece, no padece porque es paciente, sino que es paciente porque padece. ¿No es así?
Eutifrón
¿Quién lo duda?
Sócrates
Ser amado, ¿no es un hecho o una especie de paciente?
Eutifrón
Seguramente.
Sócrates
Sucede con lo que es amado lo mismo que con todas las demás cosas; no se ama porque es amado, sino todo lo contrario; es amado porque se le ama.
Eutifrón
Esto es más claro que la luz.
Sócrates
¿Qué diremos de lo santo, mi querido Eutifrón? ¿No es amado por todos los dioses, como tú lo has sentado?
Eutifrón
Seguramente.
Sócrates
¿Y es amado porque es santo, o por alguna otra razón?
Eutifrón
Precisamente porque es santo.
Sócrates
Luego es amado por los dioses porque es santo; mas, ¿no es santo porque es amado? [27]
Eutifrón
Así me parece.
Sócrates
Pero lo santo, ¿no es amable a los dioses porque los dioses lo aman?
Eutifrón
¿Quién puede negarlo?
Sócrates
Lo que es amado por los dioses no es lo mismo que lo que es santo, ni lo que es santo es lo mismo que lo que es amado por los dioses, como tú dices, sino que son cosas muy diferentes.
Eutifrón
¿Cómo es eso, Sócrates?
Sócrates
No cabe duda, puesto que nosotros estamos de acuerdo, que lo santo es amado porque es santo, y que, no es santo porque es amado. ¿No estamos conformes en esto?
Eutifrón
Lo confieso.
Sócrates
¿No estamos también de acuerdo, en que lo que es amable a los dioses, no lo es porque ellos lo amen, y que no es cierto decir que ellos lo aman porque es amable?
Eutifrón
Eso es cierto.
Sócrates
Pero, mi querido Eutifrón, si lo que es amado por los dioses y lo que es santo fuesen una misma cosa, como lo santo no es amado sino porque es santo, se seguiría que los dioses amarían lo que ellos aman porque es amable. Por otra parte, como lo que es amable a los dioses no es amable sino porque ellos lo aman, sería cierto decir igualmente que lo santo no es santo sino porque es amado por ellos. Ve aquí que los dos términos amable a los [28] dioses y santo son muy diferentes; el uno no es amado sino porque los Dioses lo aman, y el otro es amado porque merece serlo por sí mismo. Así, mi querido Eutifrón, habiendo querido explicarme lo santo, no lo has hecho de su esencia, y te has contentado con explicarme una de sus cualidades, que es la de ser amado por los dioses. No me has dicho aún lo que es lo santo por su esencia. Si no lo llevas a mal, te conjuro a que no andes con misterios, y tomando la cuestión en su origen, me digas con exactitud lo que es santo, ya sea o no amado por los dioses; porque sobre esto último no puede haber disputa entre nosotros. Así, pues, dime con franqueza lo que es santo y lo que es impío.
Eutifrón
Pero, Sócrates, no sé cómo explicarte mi pensamiento; porque todo cuanto sentamos parece girar en torno nuestro sin ninguna fijeza.
Sócrates
Eutifrón, todos los principios que has establecido se parecen bastante a las figuras de Dédalo{5}, uno de mis abuelos. Si hubiera sido yo el que los hubiera sentado, indudablemente te habrías burlado de mí y me habrías echado en cara la bella cualidad que tenían las obras de mi ascendiente, de desaparecer en el acto mismo en que se creían más reales y positivas; pero, por desgracia, eres tú el que las ha sentado, y es preciso que yo me valga de otras chanzonetas, porque tus principios se te escapan como tú mismo lo has apercibido.
Eutifrón
Respecto a mí, Sócrates, no tengo necesidad de valerme de tales argucias; a ti sí que te cuadran perfectamente; porque no soy yo el que inspira a nuestros razonamientos esa instabilidad, que les impide cimentar en [29] firme; tú eres el que representas al verdadero Dédalo. Si fuese yo solo, te respondo que nuestros principios serian firmes.
Sócrates
Yo soy más hábil en mi arte que lo era Dédalo. Este sólo sabia dar esta movilidad a sus propias obras, cuando yo, no sólo la doy a las mías, sino también ti, las ajenas; y lo más admirable es, que soy hábil a pesar mío, porque gustaría incomparablemente más que mis principios fuesen fijos e inquebrantables, que tener todos los tesoros de Tántalo con toda la habilidad de mi abuelo. Pero basta de chanzas, y puesto que tienes remordimientos, ensayaré aliviarte y abrirte un camino más corto, para conducirte al conocimiento de lo que es santo, sin detenerte en tu marcha. Mira, pues, si no es de una necesidad absoluta que todo lo que es santo sea justo.
Eutifrón
No puede ser de otra manera.
Sócrates
¿Todo lo que es justo te parece santo, o todo lo que es santo te parece justo? ¿O crees, que lo que es justo no es siempre santo, sino tan sólo que hay cosas justas que son santas y otras que no lo son?
Eutifrón
No puedo seguirte, Sócrates.
Sócrates
Sin embargo, tú tienes sobre mí dos ventajas muy grandes, la juventud y la habilidad.
Pero, como te decía antes, confías demasiado en tu sabiduría. Te suplico, que deseches esa apatía, y que te apliques un momento; porque lo que yo te digo no es difícil de entender, no es más que lo contrario de lo que canta un poeta:
¿Por qué se tiene temor de celebrar a Júpiter que ha [30] creado todo? La vergüenza es siempre compañera del miedo.
No estoy de acuerdo con este poeta; ¿quieres saber por qué?
Eutifrón
Sí, tú me obligas a decirlo.
Sócrates
No me parece del todo verdadero, que la vergüenza acompañe al miedo, porque se ven todos los días gentes que temen las enfermedades, la pobreza y otros muchos males, y sin embargo, no se avergüenzan de tener este temor. ¿No te parece que es así?
Eutifrón
Soy de tu dictamen.
Sócrates
Por lo contrario, el miedo sigue siempre a la vergüenza. ¿Hay hombre, que teniendo vergüenza de una acción fea, no tema al mismo tiempo la mala reputación que es su resultado?
Eutifrón
Cómo no ha de temer.
Sócrates
Por consiguiente no es cierto decir:
La vergüenza es siempre compañera del miedo.
Sino que es preciso decir:
El miedo es siempre compañero de la vergüenza.
Porque es falso que la vergüenza se encuentre donde quiera que esté el miedo. El miedo tiene más extensión que la vergüenza. En efecto, la vergüenza es una parte del miedo, como lo impar es una parte del número. Donde quiera que hay un número, no es precisión que en él se encuentre el impar, pero donde quiera que aparezca el impar hay un número. ¿Me entiendes ahora?
Eutifrón
Muy bien. [31]
Sócrates
Esto es precisamente lo que te pregunté antes: ¿si donde quiera que se encuentre lo justo allí está lo santo, y si donde quiera que se encuentre lo santo allí está lo justo? Parece que lo santo no se encuentra siempre con lo justo, porque lo santo es una parte de lo justo. ¿Sentaremos este principio, o eres tú de otra opinión?
Eutifrón
A mi parecer, este principio no puede ser combatido.
Sócrates
Ten en cuenta lo que voy a decirte; si lo santo es una parte de lo justo, es preciso averiguar qué parte de lo justo tiene lo santo, como si me preguntases, qué parte del número es el par, y cuál es este número, y yo te respondiese que es el que se divide en dos partes iguales y no desiguales. ¿No lo crees como yo?
Eutifrón
Sin duda.
Sócrates
Haz pues el ensayo de enseñarme a tu vez, qué parte de lo justo es lo santo a fin de que indique a Melito que ya no hay materia para acusarme de impiedad; a mí que tan perfectamente he aprendido de ti lo que es la piedad y la santidad y sus contrarias.
Eutifrón
Me parece a mí, Sócrates, que la piedad y la santidad son esta parte de lo justo, que corresponde al culto de los dioses, y que todo lo demás consiste en los cuidados y atenciones que los hombres se deben entre sí.
Sócrates
Muy bien, Eutifrón; sin embargo, falta alguna pequeña cosa, porque no comprendo bien lo que tú entiendes por la palabra culto. ¿Este cuidado de los dioses, es el mismo que el que se tiene por todas las demás cosas? [32] Porque decimos todos los días, que sólo un jinete sabe tener cuidado de un caballo; ¿no es así?
Eutifrón
Sí, sin duda.
Sócrates
El cuidado de los caballos, ¿compete propiamente al arte de equitación?
Eutifrón
Seguramente.
Sócrates
Todos los hombres no son a propósito para enseñar a los perros, sino los cazadores.
Eutifrón
Sólo los cazadores.
Sócrates
Por consiguiente el cuidado de los perros pertenece al arte venatorio.
Eutifrón
Sin dificultad.
Sócrates
¿Pertenece sólo a los labradores tener cuidado de los bueyes?
Eutifrón
Sí.
Sócrates
La santidad y la piedad es del cuidado de los dioses. ¿No es esto lo que dices?
Eutifrón
Ciertamente.
Sócrates
¿Todo cuidado no tiene por objeto el bien y utilidad de la cosa cuidada? ¿No ves hacerse mejores y más dóciles los caballos que están al cuidado de un entendido picador?
Eutifrón
Sí, sin duda. [33]
Sócrates
¿El cuidado que un buen cazador tiene de sus perros, el que un buen labrador tiene de sus bueyes, no hace mejores lo mismo a los unos que a los otros, y así en todos los casos análogos? ¿Puedes creer, que el cuidado en estos casos tienda a dañar lo que se cuida?
Eutifrón
No sin duda, ¡por Júpiter!
Sócrates
¿Tiende pues a hacerlos mejores?
Eutifrón
Seguramente.
Sócrates
La santidad, siendo el cuidado de los dioses, debe tender a su utilidad, y tiene por objeto a los dioses mejores. ¿Pero te atreverías a suponer, que cuando ejecutas una acción santa, haces mejor a alguno de los dioses?
Eutifrón
Jamás, ¡por Júpiter!
Sócrates
No creo tampoco, que sea ese tu pensamiento, y esta es la razón porque te he preguntado cuál era el cuidado de los dioses, de que querías hablar, bien convencido que no era éste.
Eutifrón
Me haces justicia, Sócrates.
Sócrates
Este es ya punto concluido. ¿Pero qué clase de cuidado de los dioses es la santidad?
Eutifrón
El cuidado que los criados tienen por sus amos.
Sócrates
Ya entiendo; ¿la santidad es como la sirviente de los dioses? [34]
Eutifrón
Así es.
Sócrates
¿Podrías decirme lo que los médicos operan por medio de su arte? ¿No restablecen la salud?
Eutifrón
Sí.
Sócrates
El arte de los constructores de buques, ¿para qué es bueno?
Eutifrón
Sin duda, Sócrates, para construir buques.
Sócrates
¿El arte de los arquitectos no es para construir casas?
Eutifrón
Seguramente.
Sócrates
Dime, ¿para qué puede servir la santidad, éste cuidado de los dioses? Es claro, tú debes saberlo; tú que pretendes conocer las cosas divinas mejor que nadie en el mundo.
Eutifrón
Con razón lo dices, Sócrates.
Sócrates
Dime, pues, ¡por Júpiter!, lo que hacen los dioses de bueno, auxiliados de nuestra piedad?
Eutifrón
Muy buenas cosas, Sócrates.
Sócrates
también las hacen los generales, mi querido amigo; sin embargo, hay una muy principal, que es la victoria que consiguen en los combates. ¿No es verdad?
Eutifrón
Muy cierto. [35]
Sócrates
Los labradores hacen igualmente muy buenas cosas, pero la principal es alimentar al hombre con los productos de la tierra.
Eutifrón
Convengo en ello.
Sócrates
Dime, pues. ¿De todas las cosas bellas que los dioses hacen por el ministerio de nuestra santidad, cuál es la principal?
Eutifrón
Ya te dije antes, Sócrates, que es difícil explicar esto con toda exactitud. Lo que puedo decirte en general es, que agradar a los dioses con oraciones y sacrificios es lo que se llama santidad, y constituye la salud de las familias y de los pueblos; en lugar de que desagradar a los dioses es entregarse a la impiedad, que todo lo arruina y destruye, hasta los fundamentos.
Sócrates
En verdad, Eutifrón, si hubieras querido, habrías podido decirme con menos palabras lo que te he preguntado. Es fácil notar, que no tienes deseo de instruirme, porque antes estabas en camino, y de repente te has separado de él; una palabra más, y yo conoceré perfectamente la naturaleza de la santidad. Al presente, puesto que el que interroga debe seguir al que es interrogado, ¿no dices que la santidad es el arte de sacrificar y de orar?
Eutifrón
Lo sostengo.
Sócrates
Sacrificar es dar a los dioses. Orar es pedirles.
Eutifrón
Muy bien, Sócrates. [36]
Sócrates
Se sigue de este principio, que la santidad es la ciencia de dar y de pedir a los dioses.
Eutifrón
Has comprendido perfectamente mi pensamiento.
Sócrates
Esto consiste en que estoy prendado de tu sabiduría, y me entrego a ti absolutamente. No temas que me desentienda ni de una sola de tus palabras. Dime, pues, ¿cuál es el arte de servir a los dioses? ¿No es, según tu opinión, darles y pedirles?
Eutifrón
Seguramente.
Sócrates
Para pedir bien, ¿no es necesario pedirles cosas que tengamos necesidad de recibir de ellos?
Eutifrón
Nada más verdadero.
Sócrates
Y para dar bien, ¿no es preciso darles en cambio cosas que ellos tengan necesidad de recibir de nosotros? Porque sería burlarse dar a alguno cosas de que no tenga ninguna necesidad.
Eutifrón
Es imposible hablar mejor.
Sócrates
La santidad, mi querido Eutifrón, ¿es por consiguiente una especie de tráfico entre los dioses y los hombres?
Eutifrón
Si así lo quieres, será un tráfico.
Sócrates
Yo no quiero que lo sea, si no lo es realmente; pero dime: ¿qué utilidad sacan los dioses de los presentes que les hacemos? Porque la utilidad que sacamos de ellos es bien clara, puesto que no somos partícipes del bien más [37] pequeño que no lo debamos a su liberalidad. ¿Pero de qué utilidad son a los dioses nuestras ofrendas? ¿Seremos tan egoístas que sólo nosotros saquemos ventaja de este comercio, y que los dioses no saquen ninguna?
Eutifrón
¿Piensas, Sócrates, que los dioses pueden jamás sacar ninguna utilidad de las cosas que reciben de nosotros?
Sócrates
¿Luego para qué sirven todas nuestras ofrendas?
Eutifrón
Sirven para mostrarles nuestra veneración, nuestro respeto y el deseo que tenemos de merecer su favor.
Sócrates
Luego, Eutifrón, ¿lo santo es lo que obtiene el favor de los dioses, y no lo que les es útil ni lo que es amado de ellos?
Eutifrón
No, yo creo que por cima de todo está el ser amado por los dioses.
Sócrates
Lo santo, a lo que parece, es aun lo que es amado por los dioses.
Eutifrón
Sí, por cima de todo.
Sócrates
¡Hablándome así extrañas que tus discursos muden sin cesar, sin poder fijarse! ¿Y te atreves a acusarme de ser el Dédalo que les da esta movilidad continua, tú que mil veces más astuto que Dédalo, los haces girar en círculo? ¿No te apercibes que vuelven sin cesar sobre sí mismos? Has olvidado, sin duda, que lo que es santo y lo que es agradable a los dioses no nos ha parecido la misma cosa, y que las hemos encontrado diferentes? ¿No te acuerdas? [38]
Eutifrón
Me acuerdo.
Sócrates
¡Ah!, ¿no ves que ahora dices que lo santo es lo que es amado por los dioses? Lo que es amado por los dioses, ¿no es lo que es amable a sus ojos?
Eutifrón
Seguramente.
Sócrates
De dos cosas una: o hemos distinguido mal, o si hemos distinguido bien, hemos incurrido ahora en una definición falsa.
Eutifrón
Así parece.
Sócrates
Es preciso que comencemos de nuevo a indagar lo que es la santidad; porque yo no cesaré hasta que me la hayas enseñado. No me desdeñes, y aplica toda la fuerza de tu espíritu para enseñarme la verdad. Tú la sabes mejor que nadie, y no te dejaré, como otro Proteo, hasta que me hayas instruido; porque si no hubieses tenido un perfecto conocimiento de lo que es santo y de lo que es impío, indudablemente jamás habrías culminado una acusación criminal, ni acusado de homicidio a tu anciano padre, por un miserable colono; y lejos de cometer una impiedad, hubieras temido a los dioses y respetado a los hombres. No puedo dudar, que tú crees saber perfectamente lo que es la santidad y su contraria; dímelo, pues, mi querido Eutifrón, y no me ocultes tus pensamientos.
Eutifrón
Así lo haré para otra ocasión, Sócrates, porque en este momento tengo precisión de dejarte.
Sócrates
¡Ah!, qué es lo que haces, mi querido Eutifrón, esta marcha precipitada me priva de la más grande y más [39] dulce de mis esperanzas, porque me lisonjeaba con que después de haber aprendido de ti lo que es la santidad y su contraria, podría salvarme fácilmente de las manos de Melito, haciéndole ver con claridad que Eutifrón me había instruido perfectamente en las cosas divinas; que la ignorancia no me arrastraría a introducir opiniones nuevas sobre la divinidad; y que mi vida sería para lo sucesivo más santa.
———
{1} Este pórtico del Rey era un lugar a la derecha del Cerámico, donde uno de los nueve Arcontes, que se llamaba el Rey, presidía durante su año, y conocía de los homicidios y de los ultrajes hechos a la religión.
{2} Este demonio familiar era precisamente la divinidad nueva, que los atenienses acusaban a Sócrates de querer introducir en la religión.
{3} Eutifrón ejercía la profesión de adivino, que era hereditaria entre los griegos.
{4} Las Panateneas eran las fiestas de Minerva, que se celebraban cada cinco años con juegos y sacrificios.
{5} Dédalo era un escultor y arquitecto célebre.
Apología de Sócrates
Yo no sé, atenienses, la impresión que habrá hecho en vosotros el discurso de mis acusadores. Con respecto a mí, confieso que me he desconocido a mí mismo; tan persuasiva ha sido su manera de decir. Sin embargo, puedo asegurarlo, no han dicho una sola palabra que sea verdad.
Pero de todas sus calumnias, la que más me ha sorprendido es la prevención que os han hecho de que estéis muy en guardia para no ser seducidos por mi elocuencia. Porque el no haber temido el mentís vergonzoso que yo les voy a dar en este momento, haciendo ver que no soy elocuente, es el colmo de la impudencia, a menos que no llamen elocuente al que dice la verdad. Si es esto lo que pretenden, confieso que soy un gran orador; pero no lo soy a su manera; porque, repito, no han dicho ni una sola palabra verdadera, y vosotros vais a saber de mi boca la pura verdad, no, ¡por Júpiter!, en una arenga vestida de sentencias brillantes y palabras escogidas, como son los discursos de mis acusadores, sino en un lenguaje sencillo y espontáneo; porque descanso en la confianza de que digo la verdad, y ninguno de vosotros debe esperar otra cosa de mí. No sería propio de mi edad, venir, atenienses, ante vosotros como un joven que hubiese preparado un discurso.
Por esta razón, la única gracia, atenienses, que os pido es que cuando veáis que en mi defensa emplee [50] términos y maneras comunes, los mismos de que me he servido cuantas veces he conversado con vosotros en la plaza pública, en las casas de contratación y en los demás sitios en que me habéis visto, no os sorprendáis, ni os irritéis contra mí; porque es esta la primera vez en mi vida que comparezco ante un tribunal de justicia, aunque cuento más de setenta años.
Por lo pronto soy extraño al lenguaje que aquí se habla. Y así como si fuese yo un extranjero, me disimularíais que os hablase de la manera y en el lenguaje de mi país, en igual forma exijo de vosotros, y creo justa mi petición, que no hagáis aprecio de mi manera de hablar, buena o mala, y que miréis solamente, con toda la atención posible, si os digo cosas justas o no, porque en esto consiste toda la virtud del juez, como la del orador: en decir la verdad.
Es justo que comience por responder a mis primeros acusadores, y por refutar las primeras acusaciones, antes de llegar a las últimas que se han suscitado contra mí. Porque tengo muchos acusadores cerca de vosotros hace muchos años, los cuales nada han dicho que no sea falso. Temo más a estos que a Anito y sus cómplices{1}, aunque sean estos últimos muy elocuentes; pero son aquellos mucho más temibles, por cuanto, compañeros vuestros en su mayor parte desde la infancia, os han dado de mí muy malas noticias, y os han dicho, que hay un cierto Sócrates, hombre sabio que indaga lo que pasa en los cielos y en las entrañas de la tierra y que sabe convertir en buena, una mala causa.
Los que han sembrado estos falsos rumores son mis más peligrosos acusadores, porque prestándoles oídos, llegan [51] los demás a persuadirse que los hombres que se consagran a tales indagaciones no creen en la existencia de los dioses. Por otra parte, estos acusadores son en gran número, y hace mucho tiempo que están metidos en esta trama. Os han prevenido contra mí en una edad, que ordinariamente es muy crédula, porque erais niños la mayor parte o muy jóvenes cuando me acusaban ante vosotros en plena libertad, sin que el acusado les contradijese; y lo más injusto es que no me es permitido conocer ni nombrar a mis acusadores, a excepción de un cierto autor de comedias. Todos aquellos que por envidia o por malicia os han inoculado todas estas falsedades, y los que, persuadidos ellos mismos, han persuadido a otros, quedan ocultos sin que pueda yo llamarlos ante vosotros ni refutarlos; y por consiguiente, para defenderme, os preciso que yo me bata, como suele decirse, con una sombra, y que ataque y me defienda sin que ningún adversario aparezca.
Considerad, atenienses, que yo tengo que habérmelas con dos suertes de acusadores, como os he dicho: los que me están acusando ha mucho tiempo, y los que ahora me citan ante el tribunal; y creedme, os lo suplico, es preciso que yo responda por lo pronto a los primeros, porque son los primeros a quienes habéis oído y han producido en vosotros más profunda impresión.
Pues bien, atenienses, es preciso defenderse y arrancar de vuestro espíritu, en tan corto espacio de tiempo, una calumnia envejecida, y que ha echado en vosotros profundas raíces. Desearía con todo mi corazón, que fuese en ventaja vuestra y mía, y que mi apología pudiese servir para mi justificación. Pero yo sé cuán difícil es esto, sin que en este punto pueda hacerme ilusión. Venga lo que los dioses quieran, es preciso obedecer a la ley y defenderse.
Remontémonos, pues, al primer origen de la acusación, [52] sobre la que he sido tan desacreditado y que ha dado a Melito confianza para arrastrarme ante el tribunal. ¿Qué decían mis primeros acusadores? Porque es preciso presentar en forma su acusación, como si apareciese escrita y con los juramentos recibidos. «Sócrates es un impío; por una curiosidad criminal quiere penetrar lo que pasa en los cielos y en la tierra, convierte en buena una mala causa, y enseña a los demás sus doctrinas.»
He aquí la acusación; ya la habéis visto en la comedia de Aristofanes, en la que se representa un cierto Sócrates, que dice, que se pasea por los aires y otras extravagancias semejantes, que yo ignoro absolutamente; y esto no lo digo, porque desprecie esta clase de conocimientos; si entre vosotros hay alguno entendido en ellos (que Melito no me formule nuevos cargos por esta concesión), sino que es sólo para haceros ver, que yo jamás me he mezclado en tales ciencias, pudiendo poner por testigos a la mayor parte de vosotros.
Los que habéis conversado conmigo, y que estáis aquí en gran número, os conjuro a que declaréis, si jamás me oísteis hablar de semejante clase de ciencias ni de cerca ni de lejos; y por esto conoceréis ciertamente, que en todos esos rumores que se han levantado contra mí, no hay ni una sola palabra de verdad; y si alguna vez habéis oído, que yo me dedicaba a la enseñanza, y que exigía salario, es también otra falsedad.
No es porque no tenga por muy bueno el poder instruir a los hombres, como hacen Gorgias de Leoncio, Prodico de Ceos e Hippias de Elea. Estos grandes personajes tienen el maravilloso talento, donde quiera que vayan, de persuadir a los jóvenes a que se unan a ellos, y abandonen a sus conciudadanos, cuando podrían estos ser sus maestros sin costarles un óbolo.
Y no sólo les pagan la enseñanza, sino que contraen con ellos una deuda de agradecimiento infinito. He oído [53] decir, que vino aquí un hombre de Paros, que es muy hábil; porque habiéndome hallado uno de estos días en casa de Callias hijo de Hiponico, hombre que gasta más con los sofistas que todos los ciudadanos juntos, me dio gana de decirle, hablando de sus dos hijos: —Callias, si tuvieses por hijos dos potros o dos terneros, ¿no trataríamos de ponerles al cuidado de un hombre entendido, a quien pagásemos bien, para hacerlos tan buenos y hermosos, cuanto pudieran serlo, y les diera todas las buenas cualidades que debieran tener? ¿Y este hombre entendido no debería ser un buen picador y un buen labrador? Y puesto que tú tienes por hijos hombres, ¿qué maestro has resuelto darles? ¿Qué hombre conocemos que sea capaz de dar lecciones sobre los deberes del hombre y del ciudadano? Porque no dudo que hayas pensado en esto desde el acto que has tenido hijos, y conoces a alguno? —Sí, me respondió Callias. —¿Quién es, le repliqué, de dónde es, y cuánto lleva? —Es Éveno, Sócrates, me dijo; es de Paros, y lleva cinco minas. Para lo sucesivo tendré a Éveno por muy dichoso, si es cierto que tiene este talento y puede comunicarlo a los demás.
Por lo que a mí toca, atenienses, me llenaría de orgullo y me tendría por afortunado, si tuviese esta cualidad, pero desgraciadamente no la tengo. Alguno de vosotros incidirá quizá: —Pero Sócrates, ¿qué es lo que haces? ¿De dónde nacen estas calumnias que se han propalado contra ti? Porque si te has limitado a hacer lo mismo que hacen los demás ciudadanos, jamás debieron esparcirse tales rumores. Dinos, pues, el hecho de verdad, para que no formemos un juicio temerario. Esta objeción me parece justa. Voy a explicaros lo que tanto me ha desacreditado y ha hecho mi nombre tan famoso. Escuchadme, pues. Quizá algunos de entre vosotros creerán que yo no hablo seriamente, pero estad persuadidos de que no os diré más que la verdad. [54]
La reputación que yo haya podido adquirir, no tiene otro origen que una cierta sabiduría que existe en mí. ¿Cuál es esta sabiduría? Quizá es una sabiduría puramente humana, y corro el riesgo de no ser en otro concepto sabio, al paso que los hombres de que acabo de hablares, son sabios, de una sabiduría mucho más que humana.
Nada tengo que deciros de esta última sabiduría, porque no la conozco, y todos los que me la imputan, mienten, y sólo intentan calumniarme. No os incomodéis, atenienses, si al parecer os hablo de mí mismo demasiado ventajosamente; nada diré que proceda de mí, sino que lo atestiguaré con una autoridad digna de confianza. Por testigo de mi sabiduría os daré al mismo Dios de Delfos, que os dirá si la tengo, y en qué consiste. Todos conocéis a Querefon, mi compañero en la infancia, como lo fue de la mayor parte de vosotros, y que fue desterrado con vosotros, y con vosotros volvió. Ya sabéis qué hombre era Querefon, y cuán ardiente era en cuanto emprendía. Un día, habiendo partido para Delfos, tuvo el atrevimiento de preguntar al oráculo (os suplico que no os irritéis de lo que voy a decir), si había en el mundo un hombre más sabio que yo; la Pythia le respondió, que no había ninguno. Querefon ha muerto, pero su hermano, que está presente, podrá dar fe de ello. Tened presente, atenienses, porque os refiero todas estas cosas; pues es únicamente para haceros ver de donde proceden esos falsos rumores, que han corrido contra mí.
Cuando supe la respuesta del oráculo, dije para mí; ¿Qué quiere decir el Dios? ¿Qué sentido ocultan estas palabras? Porque yo sé sobradamente que en mí no existe semejante sabiduría, ni pequeña, ni grande. ¿Qué quiere, pues, decir, al declararme el más sabio de los hombres? Porque él no miente. La Divinidad no puede mentir. Dudé largo tiempo del sentido del oráculo, hasta que por último, después de gran trabajo, me propuse hacer la [55] prueba siguiente: —Fui a casa de uno de nuestros conciudadanos, que pasa por uno de los más sabios de la ciudad. Yo creía, que allí mejor que en otra parte, encontraría materiales para rebatir al oráculo, y presentarle un hombre más sabio que yo, por más que me hubiere declarado el más sabio de los hombres. Examinando pues este hombre, de quien, baste deciros, que era uno de nuestros grandes políticos, sin necesidad de descubrir su nombre, y conversando con él, me encontré, con que todo el mundo le creía sabio, que él mismo se tenía por tal, y que en realidad no lo era. después de este descubrimiento me esforcé en hacerle ver que de ninguna manera era lo que él creía ser, y he aquí ya lo que me hizo odioso a este hombre y a los amigos suyos que asistieron a la conversación.
Luego que de él me separé, razonaba conmigo mismo, y me decía: —Yo soy más sabio que este hombre. Puede muy bien suceder, que ni él ni yo sepamos nada de lo que es bello y de lo que es bueno; pero hay esta diferencia, que él cree saberlo aunque no sepa nada, y yo, no sabiendo nada, creo no saber. Me parece, pues, que en esto yo, aunque poco más, era mas sabio, porque no creía saber lo que no sabia.
Desde allí me fui a casa de otro que se le tenía por más sabio que el anterior, me encontré con lo mismo, y me granjeé nuevos enemigos. No por esto me desanimé; fui en busca de otros, conociendo bien que me hacia odioso, y haciéndome violencia, porque temía los resultados; pero me parecía que debía, sin dudar, preferir a todas las cosas la voz del Dios, y para dar con el verdadero sentido del oráculo, ir de puerta en puerta por las casas de todos aquellos que gozaban de gran reputación; pero, ¡oh Dios!, he aquí, atenienses, el fruto que saqué de mis indagaciones, porque es preciso deciros la verdad; todos aquellos que pasaban por ser los más sabios, me parecieron no [56] serlo, al paso que todos aquellos que no gozaban de esta opinión, los encontré en mucha mejor disposición para serlo.
Es preciso que acabe de daros cuenta de todas mis tentativas, como otros tantos trabajos que emprendí para conocer el sentido del oráculo.
Después de estos grandes hombres de Estado me fui a los poetas, tanto a los que hacen tragedias como a los poetas ditirámbicos{2} y otros, no dudando que con ellos se me cogería in fraganti, como suele decirse, encontrándome más ignorante que ellos. Para esto examiné las obras suyas que me parecieron mejor trabajadas, y les pregunté lo que querían decir, y cuál era su objeto, para que me sirviera de instrucción. Pudor tengo, atenienses, en deciros la verdad; pero no hay remedio, es preciso decirla. No hubo uno de todos los que estaban presentes, inclusos los mismos autores, que supiese hablar ni dar razón de sus poemas. Conocí desde luego que no es la sabiduría la que guía a los poetas, sino ciertos movimientos de la naturaleza y un entusiasmo semejante al de los profetas y adivinos; que todos dicen muy buenas cosas, sin comprender nada de lo que dicen. Los poetas me parecieron estar en este caso; y al mismo tiempo me convencí, que a título de poetas se creían los más sabios en todas materias, si bien nada entendían. Les dejé, pues, persuadido que era yo superior a ellos, por la misma razón que lo había sido respecto a los hombres políticos.
En fin, fui en busca de los artistas. Estaba bien convencido de que yo nada entendía de su profesión, que los encontraría muy capaces de hacer muy buenas cosas, y en esto no podía engañarme. Sabían cosas que yo ignoraba, y en esto eran ellos más sabios que yo. Pero, atenienses, los más [57] entendidos entre ellos me parecieron incurrir en el mismo defecto que los poetas, porque no hallé uno que, a título de ser buen artista, no se creyese muy capaz y muy instruido en las más grandes cosas; y esta extravagancia quitaba todo el mérito a su habilidad.
Me pregunté, pues, a mí mismo, como si hablara por el oráculo, si querría más ser tal como soy sin la habilidad de estas gentes, e igualmente sin su ignorancia, o bien tener la una y la otra y ser como ellos, y me respondí a mí mismo y al oráculo, que era mejor para mí ser como soy. De esta indagación, atenienses, han oído contra mí todos estos odios y estas enemistades peligrosas, que han producido todas las calumnias que sabéis, y me han hecho adquirir el nombre de sabio; porque todos los que me escuchan creen que yo sé todas las cosas sobre las que descubro la ignorancia de los demás. Me parece, atenienses, que sólo Dios es el verdadero sabio, y que esto ha querido decir por su oráculo, haciendo entender que toda la sabiduría humana no es gran cosa, o por mejor decir, que no es nada; y si el oráculo ha nombrado a Sócrates, sin duda se ha valido de mí nombre como un ejemplo, y como si dijese a todos los hombres: «el más sabio entre vosotros es aquel que reconoce, como Sócrates, que su sabiduría no es nada.»
Convencido de esta verdad, para asegurarme más y obedecer al Dios, continué mis indagaciones, no sólo entre nuestros conciudadanos, sino entre los extranjeros, para ver si encontraba algún verdadero sabio, y no habiéndole encontrado tampoco, sirvo de intérprete al oráculo, haciendo ver a todo el mundo, que ninguno es sabio. Esto me preocupa tanto, que no tengo tiempo para dedicarme al servicio de la república ni al cuidado de mis cosas, y vivo en una gran pobreza a causa de este culto que rindo a Dios.
Por otra parte, muchos jóvenes de las más ricas [58] familias en sus ocios se unen a mí de buen grado, y tienen tanto placer en ver de qué manera pongo a prueba a todos los hombres que quieren imitarme con aquellos que encuentran; y no hay que dudar que encuentran una buena cosecha, porque son muchos los que creen saberlo todo, aunque no sepan nada o casi nada.
Todos aquellos que ellos convencen de su ignorancia la toman conmigo y no con ellos, y van diciendo que hay un cierto Sócrates que es un malvado y un infame que corrompe a los jóvenes; y cuando se les pregunta qué hace o qué enseña, no tienen qué responder, y para disimular su flaqueza se desatan con esos cargos triviales que ordinariamente se dirigen contra los filósofos; que indaga lo que pasa en los cielos y en las entrañas de la tierra, que no cree en los dioses, que hace buenas las más malas causas; y todo porque no se atreven a decir la verdad, que es que Sócrates los coge in fraganti, y descubre que figuran que saben, cuando no saben nada. Intrigantes, activos y numerosos, hablando de mí con plan combinado y con una elocuencia capaz de seducir, ha largo tiempo que os soplan al oído todas estas calumnias que han forjado contra mí, y hoy han destacado con este objeto a Melito, Anito y Licon. Melito representa los poetas, Anito los políticos y artistas y Licon los oradores. Esta es la razón porque, como os dije al principio, tendría por un gran milagro, si en tan poco espacio pudiese destruir una calumnia, que ha tenido tanto tiempo para echar raíces y fortificarse en vuestro espíritu.
He aquí, atenienses, la verdad pura; no os oculto ni disfrazo nada, aun cuando no ignoro que cuanto digo no hace más que envenenar la llaga; y esto prueba que digo la verdad, y que tal es el origen de estas calumnias. Cuantas veces queráis tomar el trabajo de profundizarlas, sea ahora o sea más adelante, os convenceréis plenamente de que es este el origen. Aquí tenéis una apología [59] que considero suficiente contra mis primeras acusaciones.
Pasemos ahora a los últimos, y tratemos de responder a Melito, a este hombre de bien, tan llevado, si hemos de creerle, por el amor a la patria. Repitamos esta última acusación, como hemos enunciado la primera. Hela aquí, poco más o menos: Sócrates es culpable, porque corrompe a los jóvenes, porque no cree en los dioses del Estado, y porque en lugar de éstos pone divinidades nuevas bajo el nombre de demonios.
He aquí la acusación. La examinaremos punto por punto. Dice que soy culpable porque corrompo la juventud; y yo, atenienses, digo que el culpable es Melito, en cuanto, burlándose de las cosas serias, tiene la particular complacencia de arrastrar a otros ante el tribunal, queriendo figurar que se desvela mucho por cosas por las que jamás ha hecho ni el más pequeño sacrificio y voy a probároslo.
Ven acá, Melito, dime: ¿ha habido nada que te haya preocupado más que el hacer los jóvenes lo más virtuosos posible?
Melito
Nada, indudablemente.
Sócrates
Pues bien; di a los jueces cuál será el hombre que mejorará la condición de los jóvenes. Porque no puede dudarse que tú lo sabes, puesto que tanto te preocupa esta idea. En efecto, puesto que has encontrado al que los corrompe, y hasta le has denunciado ante los jueces, es preciso que digas quién los hará mejores. Habla; veamos quién es.
Lo ves ahora, Melito; tú callas; estás perplejo, y no sabes qué responder. ¿Y no te parece esto vergonzoso? ¿No es una prueba cierta de que jamás ha sido objeto de tu cuidado la educación de la juventud? Pero, repito, [60] excelente Melito, ¿quién es el que puede hacer mejores a los jóvenes?
Melito
Las leyes.
Sócrates
Melito, no es eso lo que pregunto. Yo te pregunto quién es el hombre; porque es claro que la primer cosa que este hombre debe saber son las leyes.
Melito
Son, Sócrates, los jueces aquí reunidos.
Sócrates
¡Cómo, Melito! ¿Estos jueces son capaces de instruir a los jóvenes y hacerlos mejores?
Melito
Sí, ciertamente.
Sócrates
¿Pero son todos estos jueces, o hay entre ellos unos que pueden y otros que no pueden?
Melito
Todos pueden.
Sócrates
Perfectamente, ¡por Juno!, nos has dado un buen número de buenos preceptores. Pero pasemos adelante. Estos oyentes que nos escuchan, ¿pueden también hacer los jóvenes mejores, o no pueden?
Melito
Pueden.
Sócrates
¿Y los senadores?
Melito
Los senadores lo mismo.
Sócrates
Pero, mi querido Melito, todos los que vienen a las asambleas del pueblo, ¿corrompen igualmente a los jóvenes o son capaces de hacerlos mejores? [61]
Melito
Todos son capaces.
Sócrates
Se sigue de aquí, que todos los atenienses pueden hacer los jóvenes mejores, menos yo; sólo yo los corrompo; ¿no es esto lo que dices?
Melito
Lo mismo.
Sócrates
Verdaderamente, ¡buena desgracia es la mía! Pero continúa respondiéndome. ¿Te parece que sucederá lo mismo con los caballos? ¿Pueden todos los hombres hacerlos mejores, y que sólo uno tenga el secreto de echarlos a perder? ¿O es todo lo contrario lo que sucede? ¿Es uno solo o hay un cierto número de picadores que puedan hacerlos mejores? ¿Y el resto de los hombres, si se sirven de ellos, no los echan a perder? ¿No sucede esto mismo con todos los animales? Sí, sin duda; ya convengáis en ello Anito y tú o no convengáis. Porque sería una gran fortuna y gran ventaja para la juventud, que sólo hubiese un hombre capaz de corromperla, y que todos los demás la pusiesen en buen camino. Pero tú has probado suficientemente, Melito, que la educación de la juventud no es cosa que te haya quitado el sueño, y tus discursos acreditan claramente, que jamás te has ocupado de lo mismo que motiva tu acusación contra mí.
Por otra parte te suplico, ¡por Júpiter!, Melito, me respondas a esto. —Cuál es mejor, ¿habitar con hombres de bien o habitar con pícaros? Respóndeme, amigo mío; porque mi pregunta no puede ofrecer dificultad. ¿No es cierto que los pícaros causan siempre mal a los que los tratan, y que los hombres de bien producen a los mismos un efecto contrario?
Melito
Sin duda. [62]
Sócrates
Hay alguno que prefiera recibir daño de aquellos con quienes trata a recibir utilidad. Respóndeme, porque la ley manda que me respondas. ¿Hay alguno que quiera más recibir mal que bien?
Melito
No, no hay nadie.
Sócrates
Pero veamos; cuando me acusas de corromper la juventud y de hacerla más mala, ¿sostienes que lo hago con conocimiento o sin quererlo?
Melito
Con conocimiento.
Sócrates
Tú eres joven y yo anciano. ¿Es posible que tu sabiduría supere tanto a la mía, que sabiendo tú que el roce con los malos causa mal, y el roce con los buenos causa bien, me supongas tan ignorante, que no sepa que si convierto en malos los que me rodean, me expongo a recibir mal, y que a pesar de esto insista y persista, queriéndolo y sabiéndolo? En este punto, Melito, yo no te creo ni pienso que haya en el mundo quien pueda creerte. Una de dos, o yo no corrompo a los jóvenes, o si los corrompo lo hago sin saberlo y a pesar mío, y de cualquiera manera que sea eres un calumniador. Si corrompo a la juventud a pesar mío, la ley no permite citar a nadie ante el tribunal por faltas involuntarias, sino que lo que quiere es, que se llama aparte a los que las cometen, que se los reprenda, y que se los instruya; porque es bien seguro, que estando instruido cesaría de hacer lo que hago a pesar mío. Pero tú, con intención. lejos de verme e instruirme, me arrastras ante este tribunal, donde la ley quiere que se cite a los que merecen castigos, pero no a los que sólo tienen necesidad de prevenciones. Así, atenienses, he aquí una prueba evidente, como os decía antes, de que Melito [63] jamás ha tenido cuidado de estas cosas, jamás ha pensado en ellas.
Sin embargo, responde aún, y dinos cómo corrompo a los jóvenes. ¿Es según tu denuncia, enseñándoles a no reconocer los dioses que reconoce la patria, y enseñándoles además a rendir culto, bajo el nombre de demonios, a otras divinidades? ¿No es esto lo que dices?
Melito
Sí, es lo mismo.
Sócrates
Melito, en nombre de esos mismos dioses de que ahora se trata, explícate de una manera un poco más clara, por mí y por estos jueces, porque no acabo de comprender, si me acusas de enseñar que hay muchos dioses, (y en este caso, si creo que hay dioses, no soy ateo, y falta la materia para que sea yo culpable) o si estos dioses no son del Estado. ¿Es esto de lo que me acusas? ¿O bien me acusas de que no admito ningún Dios, y que enseño a los demás a que no reconozcan ninguno?
Melito
Te acuso de no reconocer ningún Dios.
Sócrates
¡Oh maravilloso Melito!, ¿por qué dices eso? ¡Qué! ¿Yo no creo como los demás hombres que el sol y la luna son dioses?
Melito
No, ¡por Júpiter!, atenienses, no lo cree, porque dice que el sol es una piedra y la luna una tierra.
Sócrates
¿Pero tú acusas a Anaxagoras, mi querido Melito? Desprecias los jueces, porque los crees harto ignorantes, puesto que te imaginas que no saben que los libros de Anaxagoras y de Clazomenes están llenos de aserciones de esta especie. Por lo demás, ¿qué necesidad tendrían los jóvenes de aprender de mí cosas que podían ir a oír todos [64] los días a la Orquesta, por un dracma a lo más? ¡Magnífica ocasión se les presentaba para burlarse de Sócrates, si Sócrates se atribuyese doctrinas que no son suyas y tan extrañas y absurdas por otra parte! Pero dime en nombre de Júpiter, ¿pretendes que yo no reconozco ningún Dios?
Melito
Sí, ¡por Júpiter!, tú no reconoces ninguno.
Sócrates
Dices, Melito, cosas increíbles, ni estás tampoco de acuerdo contigo mismo. A mi entender parece, atenienses, que Melito es un insolente, que no ha intentado esta acusación sino para insultarme, con toda la audacia de un imberbe, porque justamente sólo ha venido aquí para tentarme y proponerme un enigma, diciéndose a sí mismo: —Veamos, si Sócrates, este hombre que pasa por tan sabio, reconoce que burlo y que digo cosas que se contradicen, o si consigo engañar, no sólo a él, sino a todos los presentes. Efectivamente se contradice en su acusación, porque es como si dijera: —Sócrates es culpable en cuanto no reconoce dioses y en cuanto los reconoce. —¿Y no es esto burlarse? Así lo juzgo yo. Seguidme, pues, atenienses, os lo suplico, y como os dije al principio, no os irritéis contra mí, si os hablo a mi manera ordinaria.
Respóndeme, Melito. ¿Hay alguno en el mundo que crea que hay cosas humanas y que no hay hombres? Jueces, mandad que responda, y que no haga tanto ruido. ¿Hay quien crea que hay reglas para enseñar a los caballos, y que no hay caballos? ¿Que hay tocadores de flauta, y que no hay aires de flauta? No hay nadie, excelente Melito. Yo responderé por ti si no quieres responder. Pero dime: ¿hay alguno que crea en cosas propias de los demonios, y que, sin embargo, crea que no hay demonios? [65]
Melito
No, sin duda.
Sócrates
¡Qué trabajo ha costado arrancarte esta confesión! Al cabo respondes, pero es preciso que los jueces te fuercen a ello. ¿Dices que reconozco y enseño cosas propias de los demonios? Ya sean viejas o nuevas, siempre es cierto por tu voto propio, que yo creo en cosas tocantes a los demonios, y así lo has jurado en tu acusación. Si creo en cosas demoníacas, necesariamente creo en los demonios; ¿no es así? Sí, sin duda; porque tomo tu silencio por un consentimiento. ¿Y estos demonios no estamos convencidos de que son dioses o hijos de dioses? ¿Es así, sí o no?
Melito
Sí.
Sócrates
Por consiguiente, puesto que yo creo en los demonios, según tu misma confesión, y que los demonios son dioses, he aquí la prueba de lo que yo decía, de que tú nos proponías enigmas para divertirte a mis expensas, diciendo que no creo en los dioses, y que, sin embargo, creo en los dioses, puesto que creo en los demonios. Y si los demonios son hijos de los dioses, hijos bastardos, si se quiere, puesto que se dice que han sido habidos de ninfas o de otros seres mortales, ¿quién es el hombre que pueda creer que hay hijos de dioses, y que no hay dioses? Esto es tan absurdo como creer que hay mulos nacidos de caballos y asnos, y que no hay caballos ni asnos. Así, Melito, no puede menos de que hayas intentado esta acusación contra mí, por sólo probarme, y a falta de pretexto legítimo, por arrastrarme ante el tribunal; porque a nadie que tenga sentido común puedes persuadir jamás de que el hombre que cree que hay cosas concernientes a los dioses y a los demonios, pueda creer, [66] sin embargo, que no hay ni demonios, ni dioses, ni héroes; esto es absolutamente imposible. Pero no tengo necesidad de extenderme más en mi defensa, atenienses, y lo que acabo de decir basta para hacer ver que no soy culpable, y que la acusación de Melito carece de fundamento.
Estad persuadidos, atenienses, de lo que os dije en un principio; de que me he atraído muchos odios, que esta es la verdad, y que lo que me perderá, si sucumbo, no será ni Melito ni Anito, será este odio, esta envidia del pueblo que hace víctimas a tantos hombres de bien, y que harán perecer en lo sucesivo a muchos más; porque no hay que esperar que se satisfagan con el sacrificio sólo de mi persona.
Quizá me dirá alguno: ¿No tienes remordimiento, Sócrates, en haberte consagrado a un estudio que te pone en este momento en peligro de muerte? A este hombre le daré una respuesta muy decisiva, y le diré que se engaña mucho al creer que un hombre de valor tome en cuenta los peligros de la vida o de la muerte. Lo único que debe mirar en todos sus procederes es ver si lo que hace es justo o injusto, si es acción de un hombre de bien o de un malvado. De otra manera se seguiría que los semidioses que murieron en el sitio de Troya debieron ser los más insensatos, y particularmente el hijo de Fhetis, que, para evitar su deshonra, despreció el peligro hasta el punto, que impaciente por matar a Héctor y requerido por la Diosa su madre, que le dijo, si mal no me acuerdo: Hijo mío, si vengas la muerte de Patroclo, tu amigo, matando a Héctor, tu morirás porque
Tu muerte debe seguir a la de Héctor;
él, después de esta amenaza, despreciando el peligro y la muerte y temiendo más vivir como un cobarde, sin vengar a sus amigos, [67]
¡Que yo muera al instante!{3}
gritó, con tal que castigue al asesino de Patroclo, y que no quede yo deshonrado.
Sentado en mis buques, peso inútil sobre la tierra.{4}
¿Os parece que se inquietaba Fhetis del peligro de la muerte? Es una verdad constante, atenienses, que todo hombre que ha escogido un puesto que ha creído honroso, o que ha sido colocado en él por sus superiores, debe mantenerse firme, y no debe temer ni la muerte, ni lo que haya de más terrible, anteponiendo a todo el honor.
Me conduciría de una manera singular y extraña, atenienses, si después de haber guardado fielmente todos los puestos a que me han destinado nuestros generales en Potidea, en Anfipolis y en Delio{5} y de haber expuesto mi vida tantas veces, ahora que el Dios me ha ordenado, porque así lo creo, pasar mis días en el estudio de la filosofía, estudiándome a mí mismo y estudiando a los demás, abandonase este puesto por miedo a la muerte o a cualquier otro peligro. Verdaderamente esta sería una deserción criminal, y me haría acreedor a que se me citara ante este tribunal como un impío, que no cree en los dioses, que desobedece al oráculo, que teme la muerte y que se cree sabio, y que no lo es. Porque temer la muerte, atenienses, no es otra cosa que creerse sabio sin serlo, y creer conocer lo que no se sabe. En efecto, nadie conoce la muerte, ni sabe si es el mayor de los bienes para el hombre. Sin embargo, se la teme, como si se [68] supiese con certeza que es el mayor de todos los males. ¡Ah! ¿No es una ignorancia vergonzante creer conocer una cosa que no se conoce?
Respecto a mí, atenienses, quizá soy en esto muy diferente de todos los demás hombres, y si en algo parezco más sabio que ellos, es porque no sabiendo lo que nos espera más allá de la muerte, digo y sostengo que no lo sé. Lo que sé de cierto es que cometer injusticias y desobedecer al que es mejor y está por cima de nosotros, sea Dios, sea hombre, es lo más criminal y lo más vergonzoso. Por lo mismo yo no temeré ni huiré nunca de males que no conozco y que son quizá verdaderos bienes; pero temeré y huiré siempre de males que sé con certeza que son verdaderos males.
Si, a pesar de las instancias de Anito, quien ha manifestado, que o no haberme traído ante el tribunal, o que una vez llamado no podéis vosotros dispensaros de hacerme morir, porque, dice, que si me escapase de la muerte, vuestros hijos, que son ya afectos a la doctrina de Sócrates, serian irremisiblemente corrompidos, me dijeseis: Sócrates, en nada estimamos la acusación de Anito, y te declaramos absuelto; pero es a condición de que cesarás de filosofar y de hacer tus indagaciones acostumbradas; y si reincides, y llega a descubrirse, tú morirás; si me dieseis libertad bajo estas condiciones, os respondería sin dudar: Atenienses, os respeto y os amo; pero obedeceré a Dios antes que a vosotros, y mientras yo viva no cesaré de filosofar, dándoos siempre consejos, volviendo a mi vida ordinaria, y diciendo a cada uno de vosotros cuando os encuentre: buen hombre, ¿cómo siendo ateniense y ciudadano de la más grande ciudad del mundo por su sabiduría y por su valor, cómo no te avergüenzas de no haber pensado más que en amontonar riquezas, en adquirir crédito y honores, de despreciar los tesoros de la verdad y de la sabiduría, y de no [69] trabajar para hacer tu alma tan buena como pueda serlo? Y si alguno me niega que se halla en este estado, y sostiene que tiene cuidado de su alma, no se lo negaré al pronto, pero le interrogaré, le examinaré, le refutaré; y si encuentro que no es virtuoso, pero que aparenta serlo, le echaré en cara que prefiere cosas tan abyectas y tan perecibles a las que son de un precio inestimable.
He aquí de qué manera hablaré a los jóvenes y a los viejos, a los ciudadanos y a los extranjeros, pero principalmente a los ciudadanos; porque vosotros me tocáis más de cerca, porque es preciso que sepáis que esto es lo que el Dios me ordena, y estoy persuadido de que el mayor bien, que ha disfrutado esta ciudad, es este servicio continuo que yo rindo al Dios. Toda mi ocupación es trabajar para persuadiros, jóvenes y viejos, que antes que el cuidado del cuerpo y de las riquezas, antes que cualquier otro cuidado, es el del alma y de su perfeccionamiento; porque no me canso de deciros que la virtud no viene de las riquezas, sino por el contrario, que las riquezas vienen de la virtud, y que es de aquí de donde nacen todos los demás bienes públicos y particulares.
Si diciendo estas cosas corrompo la juventud, es preciso que estas máximas sean una ponzoña, porque si se pretende que digo otra cosa, se os engaña o se os impone. Dicho esto no tengo nada que añadir. Haced lo que pide Anito, o no lo hagáis; dadme libertad, o no me la deis; yo no puedo hacer otra cosa, aunque hubiera de morir mil veces… Pero no murmuréis, atenienses, y concededme la gracia que os pedí al principio: que me escuchéis con calma; calma que creo que no os será infructuosa, porque tengo que deciros otras muchas cosas que quizá os harán murmurar; pero no os dejéis llevar de vuestra pasión. Estad persuadidos de que si me hacéis morir en el supuesto de lo que os acabo de declarar, el mal [70] no será sólo para mí. En efecto, ni Anito, ni Melito pueden causarme mal alguno, porque el mal no puede nada contra el hombre de bien. Me harán quizá condenar a muerte, o a destierro, o a la pérdida de mis bienes y de mis derechos de ciudadano; males espantosos a los ojos de Melito y de sus amigos; pero yo no soy de su dictamen. A mi juicio, el más grande de todos los males es hacer lo que Anito hace en este momento, que es trabajar para hacer morir un inocente.
En este momento, atenienses, no es en manera alguna por amor a mi persona por lo que yo me defiendo, y sería un error el creerlo así; sino que es por amor a vosotros; porque condenarme sería ofender al Dios y desconocer el presente que os ha hecho. Muerto yo, atenienses, no encontrareis fácilmente otro ciudadano que el Dios conceda a esta ciudad (la comparación os parecerá quizá ridícula) como a un corcel noble y generoso, pero entorpecido por su misma grandeza, y que tiene necesidad de espuela que le excite y despierte. Se me figura que soy yo el que Dios ha escogido para excitaros, para punzaros, para predicaros todos los días, sin abandonaros un solo instante. Bajo mi palabra, atenienses, difícil será que encontréis otro hombre que llene esta misión como yo; y si queréis creerme, me salvareis la vida.
Pero quizá fastidiados y soñolientos desechareis mi consejo, y entregándoos a la pasión de Anito me condenareis muy a la ligera. ¿Qué resultará de esto? Que pasareis el resto de vuestra vida en un adormecimiento profundo, a menos que el Dios no tenga compasión de vosotros, y os envíe otro hombre que se parezca a mí.
Que ha sido Dios el que me ha encomendado esta misión para con vosotros es fácil inferirlo, por lo que os voy a decir. Hay un no sé qué de sobrehumano en el hecho de haber abandonado yo durante tantos años mis propios negocios por consagrarme a los vuestros, [71] dirigiéndome a cada uno de vosotros en particular, como un padre o un hermano mayor puede hacerlo, y exhortándoos sin cesar a que practiquéis la virtud.
Si yo hubiera sacado alguna recompensa de mis exhortaciones, tendríais algo que decir; pero veis claramente que mis mismos acusadores, que me han calumniado con tanta impudencia, no han tenido valor para echármelo en cara, y menos para probar con testigos que yo haya exigido jamás ni pedido el menor salario, y en prueba de la verdad de mis palabras os presento un testigo irrecusable, mi pobreza.
Quizá parecerá absurdo que me haya entrometido a dar a cada uno en particular lecciones, y que jamás me haya atrevido a presentarme en vuestras asambleas, para dar mis consejos a la patria. Quien me lo ha impedido, atenienses, ha sido este demonio familiar, esta voz divina de que tantas veces os he hablado, y que ha servido a Melito para formar donosamente un capítulo de acusación. Este demonio se ha pegado a mí desde mi infancia; es una voz que no se hace escuchar sino cuando quiere separarme de lo que he resuelto hacer, porque jamás me excita a emprender nada. Ella es la que se me ha opuesto siempre, cuando he querido mezclarme en los negocios de la república; y ha tenido razón, porque ha largo tiempo, creedme atenienses, que yo no existiría, si me hubiera mezclado en los negocios públicos, y no hubiera podido hacer las cosas que he hecho en beneficio vuestro y el mío. No os enfadéis, os suplico, si no os oculto nada; todo hombre que quiera oponerse franca y generosamente a todo un pueblo, sea el vuestro o cualquiera otro, y que se empeñe en evitar que se cometan iniquidades en la república, no lo hará jamás impunemente. Es preciso de toda necesidad, que el que quiere combatir por la justicia, por poco que quiera vivir, sea sólo simple particular y no hombre público. Voy a daros pruebas magníficas [72] de esta verdad, no con palabras, sino con otro recurso que estimáis más, con hechos.
Oíd lo que a mí mismo me ha sucedido, para que así conozcáis cuán incapaz soy de someterme a nadie yendo contra lo que es justo por temor a la muerte, y como no cediendo nunca, es imposible que deje yo de ser víctima de la injusticia. Os referiré cosas poco agradables, mucho más en boca de un hombre, que tiene que hacer su apología, pero que son muy verdaderas.
Ya sabéis, atenienses, que jamás he desempeñado ninguna magistratura, y que tan sólo he sido senador. La tribu Antioquida, a la que pertenezco, estaba en turno en el Pritaneo, cuando contra toda ley os empeñasteis en procesar, bajo un contesto, a los diez generales que no habían enterrado los cuerpos de los ciudadanos muertos en el combate naval de las Arginusas{6}; injusticia que reconocéis y de la que os arrepentisteis despees. entonces fui el único senador que se atrevió a oponerse a vosotros para impedir esta violación de las leyes. Protesté contra vuestro decreto, y a pesar de los oradores que se preparaban para denunciarme, a pesar de vuestras amenazas y vuestros gritos, quise más correr este peligro con la ley y la justicia, que consentir con vosotros en tan insigne iniquidad, sin que me arredraran ni las cadenas, ni la muerte.
Esto acaeció cuando la ciudad era gobernada por el pueblo, pero después que se estableció la oligarquía, habiéndonos mandado los treinta tiranos a otros cuatro y a mí a Tolos{7}, nos dieron la orden de conducir desde Salamina a León el salaminiano, para hacerle morir, [73] porque daban estas ordenes a muchas personas para comprometer el mayor número de ciudadanos posible en sus iniquidades; y entonces yo hice ver, no con palabras sino con hechos, que la muerte a mis ojos era nada, permítaseme esta expresión, y que mi único cuidado consistía en no cometer impiedades e injusticias. Todo el poder de estos treinta tiranos, por terrible que fuese, no me intimidó, ni fue bastante para que me manchara con tan impía iniquidad.
Cuando salimos de Tolos, los otro cuatro fueron a Salamina y condujeron aquí a León, y yo me retiré a mi casa, y no hay que dudar, que mi muerte hubiera seguido a mi desobediencia, si en aquel momento no se hubiera verificado la abolición de aquel gobierno. Existe un gran número de ciudadanos que pueden testimoniar de mi veracidad.
¿Creéis que hubiera yo vivido tantos años si me hubiera mezclado en los negocios de la república, y como hombre de bien hubiera combatido toda clase de intereses bastardos, para dedicarme exclusivamente a defender la justicia? Esperanza vana, atenienses; ni yo ni ningún otro hubiera podido hacerlo. Pero la única cosa que me he propuesto toda mi vida en público y en particular es no ceder ante nadie, sea quien fuere, contra la justicia, ni ante esos mismos tiranos que mis calumniadores quieren convertir en mis discípulos.
Jamás he tenido por oficio el enseñar, y si ha habido algunos jóvenes o ancianos que han tenido deseo de verme a la obra y oír mis conversaciones, no les he negado esta satisfacción, porque como no es mercenario mi oficio, no rehúso el hablar, aun cuando con nada se me retribuye y estoy dispuesto siempre a espontanearme con ricos y pobres, dándoles toda anchura para que me pregunten, y, si lo prefieren, para que me respondan a las cuestiones que yo suscite. [74]
Y si entre ellos hay algunos que se han hecho hombres de bien o pícaros, no hay que alabarme ni reprenderme por ello, porque no soy yo la causa, puesto que jamás he prometido enseñarles nada, y de hecho nada les he enseñado; y si alguno se alaba de haber recibido lecciones privadas u oído de mí cosas distintas de las que digo públicamente a todo el mundo, estad persuadidos de que no dice la verdad.
Ya sabéis, atenienses, por qué la mayor parte de las gentes gustan escucharme y conversar detenidamente conmigo; os he dicho la verdad pura, y es porque tienen singular placer en combatir con gentes que se tienen por sabias y que no lo son; combates que no son desagradables para los que los dirigen. Como os dije antes, es el Dios mismo el que me ha dado esta orden por medio de oráculos, por sueños y por todos los demás medios de que la Divinidad puede valerse para hacer saber a los hombres su voluntad.
Si lo que digo no fuese cierto, os sería fácil convencerme de ello; porque si yo corrompía los jóvenes, y de hecho estuviesen ya corrompidos, sería preciso que los más avanzados en edad, y que saben en conciencia que les he dado perniciosos consejos en su juventud, se levantasen contra mí y me hiciesen castigar; y si no querían hacerlo, sería un deber en sus parientes, como sus padres, sus hermanos, sus tíos, venir a pedir venganza contra el corruptor de sus hijos, de sus sobrinos, de sus hermanos. Veo muchos que están presentes, como Criton, que es de mi pueblo y de mi edad, padre de Critobulo, que aquí se halla; Lisanias de Sfettios, padre de Esquines, también presente; Antifon, también del pueblo de Cefisa y padre de Epigenes; y muchos otros, cuyos hermanos han estado en relación conmigo, como Nicostrates, hijo de Zotidas y hermano de Teodoto, que ha muerto y que por lo tanto no tiene necesidad del socorro [75] de su hermano. Veo también a Parales, hijo de Demodoco y hermano de Teages; Adimanto, hijo de Ariston con su hermano Platón, que tenéis delante; Eartodoro, hermano de Apolodoro{8} y muchos más, entre los cuales está obligado Melito a tomar por lo menos uno o dos para testigos de su causa.
Si no ha pensado en ello, aún es tiempo; yo le permito hacerlo; que diga, pues, si puede; pero no puede, atenienses. Veréis que todos estos están dispuestos a defenderme, a mí que he corrompido y perdido enteramente a sus hijos y hermanos, si hemos de creer a Melito y a Anito. No quiero hacer valer la protección de los que he corrompido, porque podrían tener sus razones para defenderme; pero sus padres, que no he seducido y que tienen ya cierta edad, ¿qué otra razón pueden tener para protegerme más que mi derecho y mi inocencia? ¿No saben que Melito es un hombre engañoso, y que yo no digo más que la verdad? He aquí, atenienses, las razones de que puedo valerme para mi defensa; las demás que paso en silencio son de la misma naturaleza.
Pero quizá habrá alguno entre vosotros, que acordándose de haber estado en el puesto en que yo me hallo, se irritará contra mí, porque peligros mucho menores los ha conjurado, suplicando a sus jueces con lágrimas, y, para excitar más la compasión, haciendo venir aquí sus hijos, sus parientes y sus amigos, mientras que yo no he querido recurrir a semejante aparato, a pesar de las señales que se advierten de que corro el mayor de todos los peligros. Quizá presentándose a su espíritu esta diferencia, les agriará contra mí, y dando en tal situación su voto, le darán con indignación. [76] Si hay alguno que abrigue estos sentimientos, lo que no creo, y sólo lo digo en hipótesis, la excusa más racional de que puedo valerme con él es decirle: amigo mío, tengo también parientes, porque para servirme de la expresión de Homero,
Yo no he salido de una encina o de una roca{9}
sino que he nacido como los demás hombres. De suerte, atenienses, que tengo parientes y tengo tres hijos, de los cuales el mayor está en la adolescencia y los otros dos en la infancia, y sin embargo, no les haré comparecer aquí para comprometeros a que me absolváis.
¿Por qué no lo haré? No es por una terquedad altanera, ni por desprecio hacia vosotros; y dejo a un lado si miro la muerte con intrepidez o con debilidad, porque esta es otra cuestión; sino que es por vuestro honor y por el de toda la ciudad. No me parece regular ni honesto que vaya yo a emplear esta clase de medios a la edad que tengo y con toda mi reputación verdadera o falsa; basta que la opinión generalmente recibida sea que Sócrates tiene alguna ventaja sobre la mayor parte de los hombres. Si los que entre vosotros pasan por ser superiores a los demás por su sabiduría, su valor o por cualquiera otra virtud se rebajasen de esta manera, me avergüenzo decirlo, como muchos que he visto, que habiendo pasado por grandes personajes, hacían, sin embargo, cosas de una bajeza sorprendente cuando se los juzgaba, como si estuviesen persuadidos de que sería para ellos un gran mal si les hacían morir, y de que se harían inmortales si los absolvían; repito que obrando así, harían la mayor afrenta a esta ciudad, porque darían lugar a que los extranjeros creyeran, que los más virtuosos, de entre los atenienses, preferidos para obtener los más altos honores y dignidades [77] por elección de los demás, en nada se diferenciaban de miserables mujeres; y esto no debéis hacerlo, atenienses, vosotros que habéis alcanzado tanta nombradía; y si quisiéramos hacerlo, estáis obligados a impedirlo y declarar que condenareis más pronto a aquel que recurra a estas escenas trágicas para mover a compasión, poniendo en ridículo vuestra ciudad, que a aquel que espere tranquilamente la sentencia que pronunciéis.
Pero sin hablar de la opinión, atenienses, no me parece justo suplicar al juez ni hacerse absolver a fuerza de súplicas. Es preciso persuadirle y convencerle, porque el juez no está sentado en su silla para complacer violando la ley, sino para hacer justicia obedeciéndola. Así es como lo ha ofrecido por juramento, y no está en su poder hacer gracia a quien le agrade, porque está en la obligación de hacer justicia. No es conveniente que os acostumbremos al perjurio, ni vosotros debéis dejaros acostumbrar; porque los unos y los otros seremos igualmente culpables para con los dioses.
No esperéis de mí, atenienses, que yo recurra para con vosotros a cosas que no tengo por buenas, ni justas, ni piadosas, y menos que lo haga en una ocasión en que me veo acusado de impiedad por Melito; porque si os ablandase con mis súplicas y os forzase a violar vuestro juramento, sería evidente que os enseñaría a no creer en los dioses, y, queriendo justificarme, probaría contra mí mismo, que no creo en ellos. Pero es una fortuna atenienses, que esté yo en esta creencia. Estoy más persuadido de la existencia de Dios que ninguno de mis acusadores; y es tan grande la persuasión, que me entrego a vosotros y al Dios de Delfos, a fin de que me juzguéis como creáis mejor para vosotros y para mí. [78]
(Terminada la defensa de Sócrates, los jueces, que eran 556, procedieron a la votación y resultaron 281 votos en contra y 275 en favor; y Sócrates, condenado por una mayoría de seis votos, tomó la palabra y dijo:)
No creáis, atenienses, que me haya conmovido el fallo que acabáis de pronunciar contra mí, y esto por muchas razones; la principal, porque ya estaba preparado para recibir este golpe. Mucho más sorprendido estoy con el número de votantes en pro y en contra, y no esperaba verme condenado por tan escaso número de votos. Advierto que sólo por tres votos no he sido absuelto. Ahora veo que me he librado de las manos de Melito; y no sólo librado, sino que os consta a todos que si Anito y Licon no se hubieran levantado para acusarme, Melito hubiera pagado 6.000 dracmas{10} por no haber obtenido la quinta parte de votos.
Melito me juzga digno de muerte; en buen hora. ¿Y yo de qué pena{11} me juzgaré digno? Veréis claramente, atenienses, que yo no escojo más que lo que merezco. ¿Y cuál es? ¿A qué pena, a qué multa voy a condenarme por no haber callado las cosas buenas que aprendí durante toda mi vida; por haber despreciado lo que los demás buscan con tanto afán, las riquezas, el cuidado de los negocios domésticos, los empleos y las dignidades; por no haber entrado jamás en ninguna cábala, ni en ninguna conjuración, prácticas bastante ordinarias en esta ciudad; por ser conocido como hombre, de bien, no queriendo conservar mi vida valiéndome de medios tan indignos? Por otra parte, sabéis que jamás he querido tomar ninguna profesión en la que pudiera trabajar al mismo tiempo en [79] provecho vuestro y en el mío, y que mi único objeto ha sido procuraros a cada uno de vosotros en particular el mayor de todos los bienes, persuadiéndoos a que no atendáis a las cosas que os pertenecen antes que al cuidado de vosotros mismos, para haceros más sabios y más perfectos, lo mismo que es preciso tener cuidado de la existencia de la república antes de pensar en las cosas que la pertenecen, y así de lo demás.
Dicho esto, ¿de qué soy digno? De un gran bien sin duda, atenienses, si proporcionáis verdaderamente la recompensa al mérito; de un gran bien que pueda convenir a un hombre tal como yo. ¿Y qué es lo que conviene a un hombre pobre, que es vuestro bienhechor, y que tiene necesidad de un gran desahogo para ocuparse en exhortaros? Nada le conviene tanto, atenienses, como el ser alimentado en el Pritaneo y esto le es más debido que a los que entre vosotros han ganado el premio en las corridas de caballos y carros en los juegos olímpicos{12}; porque éstos con sus victorias hacen que aparezcamos felices, y yo os hago, no en la apariencia, sino en la realidad. Por otra parte, éstos no tienen necesidad de este socorro, y yo la tengo. Si en justicia es preciso adjudicarme una recompensa digna de mí, esta es la que merezco, el ser alimentado en el Pritaneo.
Al hablaros así, atenienses, quizá me acusareis de que lo hago con la terquedad y arrogancia con que deseché antes los lamentos y las súplicas. Pero no hay nada de eso.
El motivo que tengo es, atenienses, que abrigo la convicción de no haber hecho jamás el menor daño a nadie queriéndolo y sabiéndolo. No puedo hoy persuadiros de ello, porque el tiempo que me queda es muy corto. Si [80] tuvieseis una ley que ordenase que un juicio de muerte durara muchos días, como se practica en otras partes, y no uno solo, estoy persuadido que os convencería. ¿Pero qué medio hay para destruir tantas calumnias en un tan corto espacio de tiempo? Estando convencidísimo de que no he hecho daño a nadie, ¿cómo he de hacérmelo a mí mismo, confesando que merezco ser castigado, e imponiéndome a mí mismo una pena? ¡Qué! ¿Por no sufrir el suplicio a que me condena Melito, suplicio que verdaderamente no sé si es un bien o un mal, iré yo a escoger alguna de esas penas, que sé con certeza que es un mal, y me condenaré yo mismo a ella? ¿Será quizá una prisión perpetua? ¿Y qué significa vivir siempre yo esclavo de los Once?{13} ¿Será una multa y prisión hasta que la haya pagado? Esto equivale a lo anterior, porque no tengo con qué pagarla. ¿Me condenaré a destierro? Quizá confirmaríais mi sentencia. Pero era necesario que me obcecara bien el amor a la vida, atenienses, si no viera que si vosotros, que sois mis conciudadanos, no habéis podido sufrir mis conversaciones ni mis máximas, y de tal manera os han irritado que no habéis parado hasta deshaceros de mí, con mucha más razón los de otros países no podrían sufrirme. ¡Preciosa vida para Sócrates, si a sus años, arrojado de Atenas, se viera errante de ciudad en ciudad como un vagabundo y como un proscrito! Sé bien, que, a do quiera que vaya, los jóvenes me escucharán, como me escuchan en Atenas; pero si los rechazo harán que sus padres me destierren; y si no los rechazo, sus padres y parientes me arrojarán por causa de ellos.
Pero me dirá quizá alguno: —¡Qué!, Sócrates, ¿si marchas desterrado no podrás mantenerte en reposo y guardar silencio? Ya veo que este punto es de los más [81] difíciles para hacerlo comprender a alguno de vosotros, porque si os digo que callar en el destierro sería desobedecer a Dios, y que por esta razón me es imposible guardar silencio, no me creeríais y miraríais esto como una ironía; y si por otra parte os dijese que el mayor bien del hombre es hablar de la virtud todos los días de su vida y conversar sobre todas las demás cosas que han sido objeto de mis discursos, ya sea examinándome a mí mismo, ya examinando a los demás, porque una vida sin examen no es vida, aún me creeríais menos. Así es la verdad, atenienses, por más que se os resista creerla. En fin, no estoy acostumbrado a juzgarme acreedor a ninguna pena. Verdaderamente si fuese rico, me condenaría a una multa tal, que pudiera pagarla, porque esto no me causaría ningún perjuicio; pero no puedo, porque nada tengo, a menos que no queráis que la multa sea proporcionada a mi indigencia, y en este concepto podría extenderme hasta una mina de plata, y a esto es a lo que yo me condeno. Pero Platón, que está presente, Criton, Critobulo y Apolodoro; quieren que me extienda hasta treinta minas, de que ellos responden. Me condeno pues a treinta minas, y he aquí mis fiadores, que ciertamente son de mucho abono.
(Habiéndose Sócrates condenado a sí mismo a la multa por obedecer a la ley, los jueces deliberaron y le condenaron a muerte, y entonces Sócrates tomó la palabra y dijo:)
En verdad, atenienses, por demasiada impaciencia y precipitación vais a cargar con un baldón y dar lugar a vuestros envidiosos enemigos a que acusen a la república de haber hecho morir a Sócrates, a este hombre sabio, porque para agravar vuestra vergonzosa situación, ellos me llamarán sabio aunque no lo sea. En lugar de que si [82] hubieseis tenido un tanto de paciencia, mi muerte venía de suyo, y hubieseis conseguido vuestro objeto, porque ya veis que en la edad que tengo estoy bien cerca de la muerte. No digo esto por todos los jueces, sino tan sólo por los que me han condenado a muerte, y a ellos es a quienes me dirijo. ¿Creéis que yo hubiera sido condenado, si no hubiera reparado en los medios para defenderme? ¿Creéis que me hubieran faltado palabras insinuantes y persuasivas? No son las palabras, atenienses, las que me han faltado; es la impudencia de no haberos dicho cosas que hubierais gustado mucho de oír. Hubiera sido para vosotros una gran satisfacción haberme visto lamentar, suspirar, llorar, suplicar y cometer todas las demás bajezas que estáis viendo todos los días en los acusados. Pero en medio del peligro, no he creído que debía rebajarme a un hecho tan cobarde y tan vergonzoso, y después de vuestra sentencia no me arrepiento de no haber cometido esta indignidad, porque quiero más morir después de haberme defendido como me he defendido, que vivir por haberme arrastrado ante vosotros. Ni en los tribunales de justicia, ni en medio de la guerra, debe el hombre honrado salvar su vida por tales medios. Sucede muchas veces en los combates, que se puede salvar la vida muy fácilmente, arrojando las armas y pidiendo cuartel al enemigo, y lo mismo sucede en todos los demás peligros; hay mil expedientes para evitar la muerte; cuando está uno en posición de poder decirlo todo o hacerlo todo. ¡Ah! Atenienses, no es lo difícil evitar la muerte; lo es mucho más evitar la deshonra, que marcha más ligera que la muerte. Esta es la razón, porque, viejo y pesado como estoy, me he dejado llevar por la más pesada de las dos, la muerte; mientras que la más ligera, el crimen, esta adherida a mis acusadores, que tienen vigor y ligereza. Yo voy a sufrir la muerte, a la que me habéis condenado, pero ellos sufrirán la iniquidad y la infamia a que la [83] verdad les condena. Con respecto a mí, me atengo a mi castigo, y ellos se atendrán al suyo. En efecto, quizá las cosas han debido pasar así, y en mi opinión no han podido pasar de mejor modo.
¡Oh vosotros!, que me habéis condenado a muerte, quiero predeciros lo que os sucederá, porque me veo en aquellos momentos, cuando la muerte se aproxima, en que los hombres son capaces de profetizar el porvenir. Os lo anuncio, vosotros que me hacéis morir, vuestro castigo no tardará, cuando yo haya muerto, y será, ¡por Júpiter!, más cruel que el que me imponéis. En deshaceros de mí, sólo habéis intentado descargares del importuno peso de dar cuenta de vuestra vida, pero os sucederá todo lo contrario; yo os lo predigo.
Se levantará contra vosotros y os reprenderá un gran número de personas, que han estado contenidas por mi presencia, aunque vosotros no lo apercibíais; pero después de mi muerte serán tanto más importunos y difíciles de contener, cuanto que son más jóvenes; y más os irritareis vosotros, porque si creéis que basta matar a unos para impedir que otros os echen en cara que vivís mal, os engañáis. Esta manera de libertarse de sus censores ni es decente, ni posible. La que es a la vez muy decente y muy fácil es, no cerrar la boca a los hombres, sino hacerse mejor. Lo dicho basta para los que me han condenado, y los entrego a sus propios remordimientos.
Con respecto a los que me habéis absuelto con vuestros votos, atenienses, conversaré con vosotros con el mayor gusto, mientras que los Once estén ocupados, y no se me conduzca al sitio donde deba morir. Concededme, os suplico, un momento de atención, porque nada impide que conversemos juntos, puesto que da tiempo: Quiero deciros, como amigos, una cosa que acaba de sucederme, y explicaros lo que significa. Sí, jueces míos, (y llamándoos así no me engaño en el nombre) me [84] ha sucedido hoy una cosa muy maravillosa. La voz divina de mi demonio familiar que me hacía advertencias tantas veces, y que en las menores ocasiones no dejaba jamás de separarme de todo lo malo que iba a emprender, hoy, que me sucede lo que veis, y lo que la mayor parte de los hombres tienen por el mayor de todos los males, esta voz no me ha dicho nada, ni esta mañana cuando salí de casa, ni cuando he venido al tribunal, ni cuando he comenzado a hablares. Sin embargo, me ha sucedido muchas veces, que me ha interrumpido en medio de mis discursos, y hoy a nada se ha opuesto, haya dicho o hecho yo lo que quisiera. ¿Qué puede significar esto? Voy a decíroslo. Es que hay trazas de que lo que me sucede es un gran bien, y nos engañamos todos sin duda, si creemos que la muerte es un mal. Una prueba evidente de ello es que si yo no hubiese de realizar hoy algún bien, el Dios no hubiera dejado de advertírmelo como acostumbra.
Profundicemos un tanto la cuestión, para hacer ver que es una esperanza muy profunda la de que la muerte es un bien.
Es preciso de dos cosas una: o la muerte es un absoluto anonadamiento y una privación de todo sentimiento, o, como se dice, es un tránsito del alma de un lugar a otro. Si es la privación de todo sentimiento, una dormida pacífica que no es turbada por ningún sueño, ¿qué mayor ventaja puede presentar la muerte? Porque si alguno, después de haber pasado una noche muy tranquila sin ninguna inquietud, sin ninguna turbación, sin el menor sueño, la comparase con todos los demás días y con todas las demás noches de su vida, y se le obligase a decir en conciencia cuántos días y noches había pasado que fuesen más felices que aquella noche; estoy persuadido de que no sólo un simple particular, si no el mismo gran rey, encontraría bien pocos, y le sería muy fácil contarlos. Si la muerte es una cosa semejante, la llamo con razón un [86] bien; porque entonces el tiempo todo entero no es más que una larga noche.
Pero si la muerte es un tránsito de un lugar a otro, y si, según se dice, allá abajo está el paradero de todos los que han vivido, ¿qué mayor bien se puede imaginar, jueces míos? Porque si, al dejar los jueces prevaricadores de este mundo, se encuentran en los infiernos los verdaderos jueces, que se dice que hacen allí justicia, Mines, Radamanto, Eaco, Triptolemo y todos los demás semidioses que han sido justos durante su vida, ¿no es este el cambio más dichoso? ¿A qué precio no compraríais la felicidad de conversar con Orfeo, Museo, Hesiodo y Homero? Para mí, si es esto verdad, moriría gustoso mil veces. ¿Qué trasporte de alegría no tendría yo cuando me encontrase con Palamedes, con Afax, hijo de Telamon, y con todos los demás héroes de la antigüedad, que han sido víctimas de la injusticia? ¡Qué placer el poder comparar mis aventuras con las suyas! Pero aún sería un placer infinitamente más grande para mí pasar allí los días, interrogando y examinando a todos estos personajes, para distinguir los que son verdaderamente sabios de los que creen serlo y no lo son. ¿Hay alguno, jueces míos, que no diese todo lo que tiene en el mundo por examinar al que condujo un numeroso ejército contra Troya o Ulises o Sisifo y tantos otros, hombres y mujeres, cuya conversación y examen serían una felicidad inexplicable? Estos no harían morir a nadie por este examen, porque además de que son más dichosos que nosotros en todas las cosas, gozan de la inmortalidad, si hemos de creer lo que se dice.
Esta es la razón, jueces míos, para que nunca perdáis las esperanzas aún después de la tumba, fundados en esta verdad; que no hay ningún mal para el hombre de bien, ni durante su vida, ni después de su muerte; y que los dioses tienen siempre cuidado de cuanto tiene relación con [86] él; porque lo que en este momento me sucede a mí no es obra del azar, y estoy convencido de que el mejor partido para mí es morir desde luego y libertarme así de todos los disgustos de esta vida. He aquí por qué la voz divina nada me ha dicho este día. No tengo ningún resentimiento contra mis acusadores, ni contra los que me han condenado, aun cuando no haya sido su intención hacerme un bien, sino por el contrario hacerme un mal, lo que sería un motivo para quejarme de ellos. Pero sólo una gracia tengo que pedirles. Cuando mis hijos sean mayores, os suplico los hostiguéis, los atormentéis, como yo os he atormentado a vosotros, si veis que prefieren las riquezas a la virtud, y que se creen algo cuando no son nada; no dejéis de sacarlos a la vergüenza, si no se aplican a lo que deben aplicarse, y creen ser lo que no son; porque así es como yo he obrado con vosotros. Si me concedéis esta gracia, lo mismo yo que mis hijos no podremos menos de alabar vuestra justicia. Pero ya es tiempo de que nos retiremos de aquí, yo para morir, vosotros para vivir. ¿Entre vosotros y yo, quién lleva la mejor parte? Esto es lo que nadie sabe, excepto Dios.
———
{1} Los últimos acusadores de Sócrates fueron Anito, que murió después lapidado en el Ponto, Licon, que sostuvo la acusación, y Melito. Véase a Eutifron.
{2} Se llamaban así los poetas que hacían himnos en honor de Baco.
{3} Homero, Iliada, lib. 18, v. 96-98.
{4} Homero, Iliada, lib. 18, v. 104.
{5} Sócrates se distinguió por su valor en los dos primeros sitios, y en la batalla de Delio salvó la vida a Xenofonte, su discípulo, y a Alcibíades.
{6} Este combate fue dado por Cellicratidas, general de los lacedemonios, contra los diez generales atenienses. Estos últimos consiguieron la victoria.
{7} Tolos era la sala de despacho de los Pritaneos o senadores.
{8} Cuando Sócrates fue condenado, Apolodoro exclamó: ¡Sócrates, lo que me aflige más es verte morir inocente! Sócrates, pasándole la mano suavemente por la cabeza, le dijo con la risa en los labios: ¡Amigo mío!, ¿querrías más verme morir culpable?
{9} Odisea, lib. 19, v. 163.
{10} Era preciso que el acusador obtuviese la mitad más una quinta parte de votos.
{11} La ley permitía al acusado condenarse a una de estas tres penas; prisión perpetua, multa, destierro. Sócrates no cayó en este lazo.
{12} Los ciudadanos de grandes servicios eran mantenidos en el Pritaneo con los cincuenta senadores en ejercicio.
{13} Eran los magistrados encargados de la vigilancia de las prisiones.
Critón o el deber
Sócrates
¿Cómo vienes tan temprano, Critón? ¿No es aún muy de madrugada?
Critón
Es cierto.
Sócrates
¿Qué hora puede ser?
Critón
Acaba de romper el día.
Sócrates
Extraño que el alcaide te haya dejado entrar.
Critón
Es hombre con quien llevo alguna relación; me ha visto aquí muchas veces, y me debe algunas atenciones.
Sócrates
¿Acabas de llegar, o hace tiempo que has venido?
Critón
Ya hace algún tiempo.
Sócrates
¿Por qué has estado sentado cerca de mí sin decirme nada, en lugar de despertarme en el acto que llegaste?
Critón
¡Por Júpiter! Sócrates, ya me hubiera guardado de hacerlo. Yo, en tu lugar, temería que me despertaran, porque sería despertar el sentimiento de mi infortunio. En el largo rato que estoy aquí, me he admirado verte dormir con [92] un sueño tan tranquilo, y no he querido despertarte, con intención, para que gozaras de tan bellos momentos. En verdad, Sócrates, desde que te conozco he estado encantado de tu carácter, pero jamás tanto como en la presente desgracia, que soportas con tanta dulzura y tranquilidad.
Sócrates
Sería cosa poco racional, Critón, que un hombre, a mi edad, temiese la muerte.
Critón
¡Ah¡ ¡cuántos se ven todos los días del mismo tiempo que tú y en igual desgracia, a quienes la edad no impide lamentarse de su suerte!
Sócrates
Es cierto, pero en fin, ¿por qué has venido tan temprano?
Critón
Para darte cuenta de una nueva terrible, que, por poca influencia que sobre ti tenga, yo la temo; porque llenará de dolor a tus parientes, a tus amigos; es la nueva más triste y más aflictiva para mí.
Sócrates
¿Cuál es? ¿Ha llegado de Delos el buque cuya vuelta ha de marcar el momento de mi muerte?
Critón
No, pero llegará sin duda hoy, según lo que refieren los que vienen de Sunio{1}, donde le han dejado; y siendo así, no puede menos de llegar hoy aquí, y mañana, Sócrates, tendrás que dejar de existir.
Sócrates
Enhorabuena, Critón, sea así, puesto que tal es la voluntad de los dioses. Sin embargo no creo que llegue hoy el buque. [93]
Critón
¿De dónde sacas esa conjetura?
Sócrates
Voy a decírtelo: yo no debo morir hasta el día siguiente de la vuelta de ese buque.
Critón
Por lo menos es eso lo que dicen aquellos de quienes depende la ejecución.
Sócrates
El buque no llegará hoy, sino mañana, como lo deduzco de un sueño que he tenido esta noche, no hace un momento; y es una fortuna, a mi parecer, que no me hayas despertado.
Critón
¿Cuál es ese sueño?
Sócrates
Me ha parecido ver cerca de mí una mujer hermosa y bien formada, vestida de blanco, que me llamaba y me decía: Sócrates: Dentro de tres días estarás en la fértil Phtia.
Critón
¡Extraño sueño, Sócrates!
Sócrates
Es muy significativo, Critón.
Critón
Demasiado sin duda, pero por esta vez, Sócrates, sigue mis consejos, sálvate. Porque en cuanto a mí si mueres, además de verme privado para siempre de ti, de un amigo de cuya pérdida nadie podrá consolarme, témome que muchas gentes, que no nos conocen bien ni a ti ni a mí, crean que pudiendo salvarte a costa de mis bienes de fortuna, te he abandonado. ¿Y hay cosa más indigna que adquirir la reputación de querer más su dinero que sus amigos? Porque el pueblo jamás podrá persuadirse de que [94] eres tú el que no has querido salir de aquí cuando yo te he estrechado a hacerlo.
Sócrates
Pero, mi querido Critón, ¿debemos hacer tanto aprecio de la opinión del pueblo? ¿No basta que las personas más racionales, las únicas que debemos tener en cuenta, sepan de qué manera han pasado las cosas?
Critón
Yo veo sin embargo que es muy necesario no despreciar la opinión del pueblo, y tu ejemplo nos hace ver claramente que es muy capaz de ocasionar desde los más pequeños hasta los más grandes males a los que una vez han caído en su desgracia.
Sócrates
Ojalá, Critón, el pueblo fuese capaz de cometer los mayores males, porque de esta manera sería también capaz de hacer los más grandes bienes. Esto sería una gran fortuna, pero no puede ni lo uno ni lo otro; porque no depende de él hacer a los hombres sabios o insensatos. El pueblo juzga y obra a la aventura.
Critón
Lo creo; pero respóndeme, Sócrates. ¿El no querer fugarte nace del temor que puedas tener de que no falte un delator que me denuncie a mí y a tus demás amigos, acusándonos de haberte sustraído, y que por este hecho nos veamos obligados a abandonar nuestros bienes o pagar crecidas multas o sufrir penas mayores? Si éste es el temor, Sócrates, destiérrale de tu alma. ¿No es justo que por salvarte nos expongamos a todos estos peligros y aún mayores, si es necesario? Repito, mi querido Sócrates, no resistas; toma el partido que te aconsejo.
Sócrates
Es cierto. Critón, tengo esos temores y aun muchos más.
Critón
Tranquilízate, pues, porque en primer lugar la suma, [95] que se pide por sacarte de aquí, no es de gran consideración. Por otra parte, sabes la situación mísera que rodea a los que podrían acusarnos y el poco sacrificio que habría de hacerse para cerrarles la boca; y mis bienes, que son tuyos, son harto suficientes. Si tienes alguna dificultad en aceptar mi ofrecimiento, hay aquí un buen número de extranjeros dispuestos a suministrar lo necesario; sólo Sunmias de Tébas ha presentado la suma suficiente; Cebes está en posición de hacer lo mismo y aún hay muchos más.
Tales temores, por consiguiente, no deben ahogar en ti el deseo de salvarte, y en cuanto a lo que decías uno de estos días delante de los jueces, de que si hubieras salido desterrado, no hubieras sabido dónde fijar tu residencia, esta idea no debe detenerte. A cualquier parte del mundo a donde tú vayas, serás siempre querido. Si quieres ir a Thesalia, tengo allí amigos que te obsequiarán como tú mereces, y que te pondrán a cubierto de toda molestia. Además, Sócrates, cometes una acción injusta entregándote tú mismo, cuando puedes salvarte, y trabajando en que se realice en ti lo que tus enemigos más desean en su ardor por perderte. Faltas también a tus hijos, porque los abandonas, cuando hay un medio de que puedas alimentarlos y educarlos. ¡Qué horrible suerte espera a estos infelices huérfanos! Es preciso o no tener hijos o exponerse a todos los cuidados y penalidades que exige su educación. Me parece en verdad, que has tomado el partido del más indolente de los hombres, cuando deberías tomar el de un hombre de corazón; tú, sobre todo, que haces profesión de no haber seguido en toda tu vida otro camino que el de la virtud. Te confieso, Sócrates, que me da vergüenza por ti y por nosotros tus amigos, que se crea que todo lo que está sucediendo se ha debido a nuestra cobardía. Se nos acriminará, en primer lugar, por tu comparecencia ante el tribunal, cuando pudo evitarse; luego por el [96] curso de tu proceso; y en fin, como término de este lastimoso drama, por haberte abandonado por temor o por cobardía, puesto que no te hemos salvado; y se dirá también, que tú mismo no te has salvado por culpa nuestra, cuando podías hacerlo con sólo que nosotros te hubiéramos prestado un pequeño auxilio. Piénsalo bien, mi querido Sócrates; con la desgracia que te va a suceder tendrás también una parte en el baldón que va a caer sobre todos nosotros. Consúltate a ti mismo, pero ya no es tiempo de consultas; es preciso tomar un partido, y no hay que escoger; es preciso aprovechar la noche próxima. Todos mis planes se desgracian, si aguardamos un momento más. Créeme, Sócrates, y haz lo que te digo.
Sócrates
Mi querido Critón, tu solicitud es muy laudable, si es que concuerda con la justicia; pero por lo contrario, si se aleja de ella, cuanto más grande es, se hace más reprensible. Es preciso examinar, ante todo, si deberemos hacer lo que tú dices o si no deberemos; porque no es de ahora, ya lo sabes, la costumbre que tengo de sólo ceder por razones que me parezcan justas, después de haberlas examinado detenidamente. Aunque la fortuna me sea adversa, no puedo abandonar las máximas de que siempre he hecho profesión; ellas me parecen siempre las mismas, y como las mismas las estimo igualmente. Si no me das razones más fuertes, debes persuadirte de que yo no cederé, aunque todo el poder del pueblo se armase contra mí, y para aterrarme como a un niño, me amenazase con sufrimientos más duros que los que me rodean, cadenas, la miseria, la muerte. Paro ¿cómo se verifica este examen de una manera conveniente? Recordando nuestras antiguas conversaciones, a saber: de si ha habido razón para decir que hay ciertas opiniones que debemos respetar y otras que debemos despreciar. ¿O es que esto se pudo decir antes de ser yo condenado a [97] muerte, y ahora de repente hemos descubierto, que si se dijo entonces, fue como una conversación al aire, no siendo en el fondo más que una necedad o un juego de niños? Deseo, pues, examinar aquí contigo en mi nueva situación, si este principio me parece distinto o si le encuentro siempre el mismo, para abandonarle o seguirle.
Es cierto, si yo no me engaño, que aquí hemos dicho muchas veces, y creíamos hablar con formalidad, que entre las opiniones de los hombres las hay que son dignas de la más alta estimación y otras que no merecen ninguna. Critón, en nombre de los dioses, ¿te parece esto bien dicho? Porque, según todas las apariencias humanas, tú no estás en peligro de morir mañana, y el temor de un peligro presente no te hará variar en tus juicios; piénsalo, pues, bien. ¿No encuentras que con razón hemos sentado, que no es preciso estimar todas las opiniones de los hombres sino tan sólo algunas, y no de todos los hombres indistintamente, sino tan sólo de algunos? ¿Qué dices a esto? ¿No te parece verdadero?
Critón
Mucho.
Sócrates
¿En este concepto, no es preciso estimar sólo las opiniones buenas y desechar las malas?
Critón
Sin duda.
Sócrates
¿Las opiniones buenas no son las de los sabios, y las malas las de los necios?
Critón
No puede ser de otra manera.
Sócrates
Vamos a sentar nuestro principio. ¿Un hombre que se ejercita en la gimnasia podrá ser alabado o reprendido por [98] un cualquiera que llegue, o sólo por el que sea médico o maestro de gimnasia?
Critón
Por este sólo sin duda.
Sócrates
¿Debe temer la reprensión y estimar las alabanzas de éste sólo y despreciar lo que le digan los demás?
Critón
Sin duda.
Sócrates
Por esta razón ¿debe ejercitarse, comer, beber, según le prescriba este maestro y no dejarse dirigir por el capricho de todos los demás?
Critón
Eso es incontestable.
Sócrates
He aquí sentado el principio. ¿Pero si desobedeciendo a este maestro y despreciando sus atenciones y alabanzas, se deja seducir por las caricias y alabanzas del pueblo y de los ignorantes, no le resultará mal?
Critón
¿Cómo no le ha de resultar?
Sócrates
¿Pero este mal de qué naturaleza será? ¿a qué conducirá? ¿y qué parte de este hombre afectará?
Critón
A su cuerpo, sin duda, que infaliblemente arruinará.
Sócrates
Muy bien, he aquí sentado este principio; ¿pero no sucede lo mismo en todas las demás cosas? Porque sobre lo justo y lo injusto, lo honesto y lo inhonesto, lo bueno y lo malo, que eran en este momento la materia de nuestra discusión, ¿nos atendremos más bien a la opinión del pueblo que a la de un solo hombre, si se encuentra uno muy experto y muy hábil, por el que sólo debamos tener [99] más respeto y más deferencia que por el resto de los hombres? ¿Y si no nos conformamos al juicio de este único hombre, no es cierto que arruinaremos enteramente lo que no vive ni adquiere nuevas fuerzas en nosotros sino por la justicia, y que no perece sino por la injusticia? ¿O es preciso creer que todo eso es una farsa?
Critón
Soy de tu dictamen, Sócrates.
Sócrates
Estame atento, yo te lo suplico; si adoptando la opinión de los ignorantes, destruimos en nosotros lo que sólo se conserva por un régimen sano y se corrompe por un mal régimen, ¿podremos vivir con esta parte de nosotros mismos así corrompida? Ahora tratamos sólo de nuestro cuerpo; ¿no es verdad?
Critón
De nuestro cuerpo sin duda.
Sócrates
¿Y se puede vivir con un cuerpo destruido o corrompido?
Critón
No, seguramente.
Sócrates
¿Y podremos vivir después de corrompida esta otra parte de nosotros mismos, que no tiene salud en nosotros, sino por la justicia, y que la injusticia destruye? ¿O creemos menos noble que el cuerpo esta parte, cualquiera que ella sea, donde residen la justicia y la injusticia?
Critón
Nada de eso.
Sócrates
¿No es más preciosa?
Critón
Mucho más.
Sócrates
Nosotros, mi querido Critón, no debemos curarnos de lo [100] que diga el pueblo, sino sólo de lo que dirá aquel que conoce lo justo y lo injusto, y este juez único es la verdad. Ves por esto, que sentaste malos principios, cuando dijiste al principio que debíamos hacer caso de la opinión del pueblo sobre lo justo, lo bueno, lo honesto y sus contrarias. Quizá me dirás: pero el pueblo tiene el poder de hacernos morir.
Critón
Seguramente que se dirá.
Sócrates
Así es, pero, mi querido Critón, esto no podrá variar la naturaleza de lo que acabamos de decir. Y si no respóndeme: ¿no es un principio sentado, que el hombre no debe desear tanto el vivir como el vivir bien?
Critón
Estoy de acuerdo.
Sócrates
¿No admites igualmente, que vivir bien no es otra cosa que vivir como lo reclaman la probidad y la justicia?
Critón
Sí.
Sócrates
Conforme a lo que acabas de concederme, es preciso examinar ante todo, si hay justicia o injusticia en salir de aquí sin el permiso de los atenienses; porque si esto es justo, es preciso ensayarlo; y si es injusto es preciso abandonar el proyecto. Porque con respecto a todas esas consideraciones, que me has alegado, de dinero, de reputación, de familia ¿qué otra cosa son que consideraciones de ese vil populacho, que hace morir sin razón, y que sin razón quisiera después hacer revivir, si le fuera posible? Pero respecto a nosotros, conforme a nuestro principio, todo lo que tenemos que considerar es, si haremos una cosa justa dando dinero y contrayendo obligaciones con los que nos han de sacar de aquí, o bien si ellos y [101] nosotros no cometeremos en esto injusticia; porque si la cometemos, no hay más que razonar; es preciso morir aquí o sufrir cuantos males vengan antes que obrar injustamente.
Critón
Tienes razón, Sócrates, veamos cómo hemos de obrar.
Sócrates
Veámoslo juntos, amigo mío; y si tienes alguna objeción que hacerme cuando yo hable, házmela, para ver si puedo someterme, y en otro caso cesa, te lo suplico, de estrecharme a salir de aquí contra la voluntad de los atenienses. Yo quedaría complacidísimo de que me persuadieras a hacerlo, pero yo necesito convicciones. Mira pues, si te satisface la manera con que voy a comenzar este examen, y procura responder a mis preguntas lo más sinceramente que te sea posible.
Critón
Lo haré.
Sócrates
¿Es cierto que jamás se pueden cometer injusticias? ¿O es permitido cometerlas en unas ocasiones y en otras no. ¿O bien, es absolutamente cierto que la injusticia jamás es permitida, como muchas veces hemos convenido y ahora mismo acabamos de convenir? ¿Y todos estos juicios, con los que estamos de acuerdo, se han desvanecido en tan pocos días? ¿Sería posible, Critón, que, en nuestros años, las conversaciones más serias se hayan hecho semejantes a las de los niños, sin que nos hayamos apercibido de ello? ¿O más bien es preciso atenernos estrictamente a lo que hemos dicho: que toda injusticia es vergonzosa y funesta al que la comete, digan lo que quieran los hombres, y sea bien o sea mal el que resulte?
Critón
Estamos conformes. [102]
Sócrates
¿Es preciso no cometer injusticia de ninguna manera?
Critón
Sí, sin duda.
Sócrates
¿Entonces es preciso no hacer injusticia a los mismos que nos la hacen, aunque el vulgo crea que esto es permitido, puesto que convienes en que en ningún caso puede tener lugar la injusticia?
Critón
Así me lo parece.
Sócrates
¡Pero qué! ¿es permitido hacer mal a alguno o no lo es?
Critón
No, sin duda, Sócrates.
Sócrates
¿Pero es justo volver el mal por el mal, como lo quiere el pueblo, o es injusto?
Critón
Muy injusto.
Sócrates
¿Es cierto que no hay diferencia entre hacer el mal y ser injusto?
Critón
Lo confieso.
Sócrates
Es preciso, por consiguiente, no hacer jamás injusticia, ni volver el mal por el mal, cualquiera que haya sido el que hayamos recibido. Pero ten presente, Critón, que confesando esto, acaso hables contra tu propio juicio, porque sé muy bien que hay pocas personas que lo admitan, y siempre sucederá lo mismo. Desde el momento en que están discordes sobre este punto, es imposible entenderse sobre lo demás, y la diferencia de opiniones conduce necesariamente a un desprecio recíproco. Reflexiona [103] bien, y mira, si realmente estás de acuerdo conmigo, y si podemos discutir, partiendo de este principio: que en ninguna circunstancia es permitido ser injusto, ni volver injusticia por injusticia, mal por mal; o si piensas de otra manera, provoca como de nuevo la discusión. Con respecto a mí, pienso hoy como pensaba en otro tiempo. Si tú has mudado de parecer, dilo, y exponme los motivos; pero si permaneces fiel a tus primeras opiniones, escucha lo que te voy a decir.
Critón
Permanezco fiel y pienso como tú; habla, ya te escucho.
Sócrates
Prosigo pues, o más bien te pregunto: ¿un hombre que ha prometido una cosa justa, debe cumplirla o faltar a ella?
Critón
Debe cumplirla.
Sócrates
Conforme a esto, considera, si saliendo de aquí sin el consentimiento de los atenienses haremos mal a alguno y a los mismos que no lo merecen. ¿Respetaremos o eludiremos el justo compromiso que hemos contraído?
Critón
No puedo responder a lo que me preguntas, Sócrates, porque no te entiendo.
Sócrates
Veamos si de esta manera lo entiendes mejor. En el momento de la huida, o si te agrada más, de nuestra salida, si la ley y la república misma se presentasen delante de nosotros y nos dijesen: Sócrates, ¿qué vas a hacer? ¿la acción que preparas no tiende a trastornar, en cuanto de ti depende, a nosotros y al Estado entero? Porque ¿qué Estado puede subsistir, si los fallos dados no tienen ninguna fuerza y son eludidos por los particulares? ¿Qué [104] podríamos responder, Critón, a este cargo y otros semejantes que se nos podían dirigir? Porque ¿qué no diría, especialmente un orador, sobre esta infracción de la ley, que ordena que los fallos dados sean cumplidos y ejecutados? ¿Responderemos nosotros, que la Republica nos ha hecho injusticia y que no ha juzgado bien? ¿Es esto lo que responderíamos?
Critón
Sí, sin duda, se lo diríamos.
Sócrates
«¡Qué! dirá la ley ateniense, Sócrates, ¿no habíamos convenido en que tú te someterías al juicio de la república?» Y si nos manifestáramos como sorprendidos de este lenguaje, ella nos diría quizá: «no te sorprendas, Sócrates, y respóndeme, puesto que tienes costumbre de proceder por preguntas y respuestas. Dime, pues, ¿qué motivo de queja tienes tú contra la república y contra mí cuando tantos esfuerzos haces para destruirme? ¿No soy yo a la que debes la vida? ¿No tomó bajo mis auspicios tu padre por esposa a la que te ha dado a luz? ¿Qué encuentras de reprensible en estas leyes que hemos establecido sobre el matrimonio?» Yo la responderé sin dudar: nada. «¿Y las que miran al sostenimiento y educación de los hijos, a cuya sombra tú has sido educado, no te parecen justas en el hecho de haber ordenado a tu padre que te educara en todos los ejercicios del espíritu y del cuerpo?» Exactamente, diría yo. «Y siendo esto así, puesto que has nacido y has sido mantenido y educado gracias a mí, ¿te atreverás a sostener que no eres hijo y servidor nuestro lo mismo que tus padres? Y sí así es, ¿piensas tener derechos iguales a la ley misma, y que te sea permitido devolver sufrimientos por sufrimientos, por los que yo pudiera hacerte pasar? ¿Este derecho, que jamás podrían tener contra un padre o contra una madre, de devolver mal por mal, injuria por injuria, golpe por golpe, [105] ¿crees tú tenerlo contra tu patria y contra la ley? Y si tratáramos de perderte, creyendo que era justo, ¿querrías adelantarte y perder las leyes y tu patria? ¿Llamarías esto justicia, tú que haces profesión de no separarte del camino de la virtud? ¿Tu sabiduría te impide ignorar que la patria es digna de más respeto y más veneración delante de los dioses y de los hombres, que un padre, una madre y que todos los parientes juntos? Es preciso respetar la patria en su cólera, tener con ella la sumisión y miramientos que se tienen a un padre, atraerla por la persuasión u obedecer sus órdenes, sufrir sin murmurar todo lo que quiera que se sufra, aun cuando sea verse azotado o cargado de cadenas, y que si nos envía a la guerra para ser allí heridos o muertos, es preciso marchar allá; porque allí está el deber, y no es permitido ni retroceder, ni echar pie atrás, ni abandonar el puesto; y que lo mismo en los campos de batalla, que ante los tribunales, que en todas las situaciones, es preciso obedecer lo que quiere la república, o emplear para con ella los medios de persuasión que la ley concede; y, en fin, que si es una impiedad hacer violencia a un padre o a una madre, es mucho mayor hacerla a la patria?». ¿Qué responderemos a esto, Critón? ¿Reconoceremos que la ley dice verdad?
Critón
Así me parece.
Sócrates
«Ya ves, Sócrates, continuaría la ley, que si tengo razón, eso que intentas contra mí es injusto. Yo te he hecho nacer, te he alimentado, te he educado; en fin, te he hecho, como a los demás ciudadanos, todo el bien de que he sido capaz. Sin embargo, no me canso de decir públicamente que es permitido a cada uno en particular, después de haber examinado las leyes y las costumbres de la república, si no está satisfecho, retirarse a donde guste [106] con todos sus bienes; y si hay alguno que no pudiendo acomodarse a nuestros usos, quiere irse a una colonia o a cualquiera otro punto, no hay uno entre vosotros que se oponga a ello y puede libremente marcharse a donde le acomode. Pero también los que permanecen, después de haber considerado detenidamente de qué manera ejercemos la justicia y qué policía hacemos observar en la república, yo les digo que están obligados a hacer todo lo que les mandemos, y si desobedecen, yo los declaro injustos por tres infracciones: porque no obedecen a quien les ha hecho nacer; porque, desprecian a quien los ha alimentado; porque, estando obligados a obedecerme, violan la fe jurada, y no se toman el trabajo de convencerme si se les obliga a alguna cosa injusta; y bien que no haga más que proponer sencillamente las cosas sin usar de violencia para hacerme obedecer, y que les dé la elección entre obedecer o convencernos de injusticia, ellos no hacen ni lo uno ni lo otro. He aquí, Sócrates, la acusación de que te harás acreedor si ejecutas tu designio, y tú serás mucho más culpable que cualquiera otro ciudadano.» Y si yo le pidiese la razón, la ley me cerraría sin duda la boca diciéndome, que yo estoy más que todos los demás ciudadanos sometido a todas estas condiciones. «Yo tengo, me diría, grandes pruebas de que la ley y la república han sido de tu agrado, porque no hubieras permanecido en la ciudad como los demás atenienses, si la estancia en ella no te hubiera sido más satisfactoria que en todas las demás ciudades. Jamás ha habido espectáculo que te haya obligado a salir de esta ciudad, salvo una vez cuando fuiste a Corinto para ver los juegos{2}; jamás has salido que no sea a expediciones [107] militares; jamás emprendiste viajes, como es costumbre entre los ciudadanos; jamás has tenido la curiosidad de visitar otras ciudades, ni de conocer otras leyes; tan apasionado has sido por esta ciudad, y tan decidido a vivir según nuestras máximas, que aquí has tenido hijos, testimonio patente de que vivías complacido en ella. En fin, durante tu proceso podías condenarte a destierro, si hubieras querido, y hacer entonces, con asentimiento de la república, lo que intentas hacer ahora a pesar suyo. Tú que te alababas de ver venir la muerte con indiferencia, y que pretendías preferirla al destierro, ahora, sin miramiento a estas magníficas palabras, sin respeto a las leyes, puesto que quieres abatirlas, haces lo que haría el más vil esclavo, tratando de salvarte contra las condiciones del tratado que te obliga a vivir según nuestras reglas. Respóndenos, pues, como buen ciudadano; ¿no decimos la verdad, cuando sostenemos que tú estás sometido a este tratado, no con palabras, sino de hecho y a todas sus condiciones?». ¿Qué diríamos a esto? ¿Y qué partido podríamos tomar más que confesarlo?
Critón
Sería preciso hacerlo, Sócrates.
Sócrates
La ley continuaría diciendo: «¿Y qué adelantarías, Sócrates, con violar este tratado y todas sus condiciones? No has contraído esta obligación ni por la fuerza, ni por la sorpresa, ni tampoco te ha faltado tiempo para pensarlo. Setenta años han pasado, durante los cuales has podido retirarte, si no estabas satisfecho de mí, y si las condiciones que te proponía no te parecían justas. Tú no has preferido ni a Lacedemonia, ni a Creta, cuyas leyes han sido constantemente un objeto de alabanza en tu boca, ni tampoco has dado esta preferencia a ninguna de las otras ciudades de Grecia o de los países extranjeros. Tú, como los cojos, los ciegos y todos los estropeados, jamás has [108] salido de la ciudad, lo que es una prueba invencible de que te ha complacido vivir en ella más que a ningún otro ateniense; y bajo nuestra influencia, por consiguiente, porque sin leyes ¿qué ciudad puede ser aceptable? ¡Y ahora te rebelas y no quieres ser fiel a este pacto! Pero si me crees, Sócrates, tú le respetarás, y no te expondrán a la risa pública, saliendo de Atenas; porque reflexiona un poco, te lo suplico. ¿Qué bien resultará a ti y a tus amigos, si persistís en la idea de traspasar mis órdenes? Tus amigos quedarán infaliblemente expuestos al peligro de ser desterrados de su patria o de perder sus bienes, y respecto a ti, si te retiras a alguna ciudad vecina, a Tebas o Megara, como son ciudades muy bien gobernadas, serás mirado allí como un enemigo; porque todos los que tienen amor por su patria te mirarán con desconfianza como un corruptor de las leyes. Les confirmarás igualmente en la justicia del fallo que recayó contra ti, porque todo corruptor de las leyes pasará fácilmente y siempre por corruptor de la juventud y del pueblo ignorante. ¿Evitarás todo roce en esas ciudades cultas y en esas sociedades compuestas de hombres justos? Pero entonces, ¿qué placer puedes tener en vivir? ¿O tendrás valor para aproximarte a ellos, y decirles, como haces aquí, que la virtud, la justicia, las leyes y las costumbres deben estar por cima de todo y ser objeto del culto y de la veneración de los hombres? ¿Y no conoces que esto sería altamente vergonzoso? No puedes negarlo, Sócrates. Tendrías necesidad de salir inmediatamente de esas ciudades cultas, e irías a Tesalia a casa de los amigos de Critón, a Tesalia donde reina más el libertinaje que el orden{3}, y en donde te oirían sin duda con singular placer referir el disfraz con que [109] habías salido de la prisión, vestido de harapos o cubierto con una piel, o, en fin, disfrazado de cualquier manera como acostumbran a hacer todos los fugitivos. ¿Pero no se encontrará uno que diga: he aquí un anciano, que no pudiendo ya alargar su existencia naturalmente, tan ciego está por el ansia de vivir, que no ha dudado, por conservar la vida, echar por tierra las leyes más santas? Quizá no lo oirás, si no ofendes a nadie; pero al menor motivo de queja te dirían estas y otras mil cosas indignas de ti; vivirás esclavo y víctima de todos los demás hombres, porque ¿qué remedio te queda? Estarás en Tesalia entregado a perpetuos festines, como si sólo te hubiera atraído allí un generoso hospedaje. Pero entonces ¿a dónde han ido a parar tus magníficos discursos sobre la justicia y sobre la virtud? ¿Quieres de esta manera conservarte quizá para dar sustento y educación a tus hijos? ¡Qué! ¿será en Tesalia donde los has de educar? ¿Creerás hacerles un bien convirtiéndolos en extranjeros y alejándolos de su patria? ¿O bien no quieres llevarlos contigo, y crees que, ausente tú de Atenas, serán mejor educados viviendo tú? Sin duda tus amigos tendrán cuidado de ellos. Pero este cuidado que tus amigos tomarán en tu ausencia, ¿no lo tomarán igualmente después de tu muerte? Persuádete de que los que se dicen tus amigos te prestarán los mismos servicios, si es cierto que puedes contar con ellos. En fin, Sócrates, ríndete a mis razones, sigue los consejos de la que te ha dado el sustento, y no te fijes ni en tus hijos, ni en tu vida, ni en ninguna otra cosa, sea la que sea, más que en la justicia, y cuando vayas al infierno, tendrás con qué defenderte delante de los jueces. Porque desengáñate, si haces lo que has resuelto, si faltas a las leyes, no harás tu causa ni la de ninguno de los tuyos ni mejor, ni más justa, ni más santa, sea durante tu vida, sea después de tu muerte. Pero si mueres, morirás víctima de la injusticia, no de las leyes, sino de los hombres; en lugar [110] de que si sales de aquí vergonzosamente, volviendo injusticia por injusticia, mal por mal, faltarás al pacto que te liga a mí, dañarás a una porción de gentes que no debían esperar esto de ti; te dañarás a ti mismo, a mí, a tus amigos, a tu patria. Yo seré tu enemigo mientras vivas, y cuando hayas muerto, nuestras hermanas las leyes que rigen en los infiernos no te recibirán indudablemente con mucho favor, sabiendo que has hecho todos los esfuerzos posibles para arruinarme. No sigas, pues, los consejos de Critón y sí los míos.»
Me parece, mi querido Critón, oír estos acentos, como los inspirados por Cibeles creen oír las flautas sagradas. El sonido de estas palabras resuena en mi alma, y me hacen insensible a cualquiera otro discurso, y has de saber que, por lo menos en mi disposición presente, cuanto puedas decirme en contra será inútil. Sin embargo, si crees convencerme, habla.
Critón
Sócrates, nada tengo que decir.
———
{1} El cabo Sunio sobre el que estaba construido un templo a Minerva a la parte Sudeste de la Ática.
{2} Eran los juegos que cada tres años se celebraban en el istmo de Corinto en honor de Neptuno, desde que Teseo los había renovado.
{3} La Tesalia era un país donde reinaban la licencia y la corrupción, así que Jenofonte observa que allí fue donde Critias se perdió.
El primer Alcibiades o de la naturaleza humana
Sócrates
Hijo de Clinias, estarás sorprendido de ver, que habiendo sido yo el primero a amarte, sea ahora el último en dejarte; que después de haberte abandonado mis rivales, permanezca yo fiel; y en fin, que teniéndote los demás como sitiado con sus amorosos obsequios, sólo yo haya estado sin hablarte por espacio de tantos años. No ha sido ningún miramiento humano el que me ha sugerido esta conducta, sino una consideración por entero divina, que te explicaré más adelante. Ahora que el Dios no me lo impide, me apresuro a comunicarme contigo, y espero que nuestra relación no te ha de ser desagradable para lo sucesivo. En todo el tiempo que ha durado mi silencio, no he cesado de mirar y juzgar la conducta que has observado con mis rivales; entre el gran número de hombres orgullosos que se han mostrado adictos a ti, no hay uno que no hayas rechazado con tus desdenes, y quiero explicarte la causa de este tu desprecio para con ellos. Tú crees no necesitar de nadie, tan generosa y liberal ha sido contigo la naturaleza, comenzando por el cuerpo y concluyendo con el alma. En primer lugar te crees el más hermoso y más bien formado de todos los hombres, y en este punto basta verte para decir que no te engañas. En segundo lugar, tú te crees pertenecer a [118] una de las más ilustres familias de Atenas, Atenas que es la ciudad de mayor consideración entre las demás ciudades griegas. Por tu padre cuentas con numerosos y poderosos amigos, que te apoyarán en cualquier lance, y no los tienes menos poderosos por tu madre{1}. Pero a tus ojos el principal apoyo es Pericles, hijo de Xantippo, que tu padre dio por tutor a tu hermano y a ti, y cuya autoridad es tan grande, que hace todo lo que quiere, no sólo en esta ciudad, sino en toda la Grecia y en las demás naciones extranjeras. Podría hablar también de tus riquezas, si no supiera que en este punto no eres orgulloso. Todas estas grandes ventajas te han inspirado tanta vanidad, que has despreciado a todos tus amantes, como hombres demasiado inferiores a ti, y así ha resultado que todos se han retirado; tú lo has llegado a conocer, y estoy muy seguro de que te sorprende verme persistir en mi pasión, y que quieres averiguar qué esperanza he podido conservar para seguirte sólo después que todos mis rivales te han abandonado.
Alcibiades
Lo que tú no sabes, Sócrates, es que me has llevado de ventaja un solo momento, porque tenía intención de preguntarte yo el primero qué es lo que justifica tu perseverancia. ¿Qué quieres y qué esperas, cuando te veo, importuno, aparecer siempre y con empeño en todos los parajes a donde yo voy? Porque, en fin, yo no puedo menos de sorprenderme de esta conducta tuya, y será para mí un placer el que me digas cuáles son tus miras.
Sócrates
Es decir, que me oirás con gusto, puesto que tienes deseo de saber cómo pienso; voy, pues, a hablarte como [119] a un hombre que tendrá la paciencia de escucharme, y que no tratará de librarse de mí.
Alcibiades
Sí, Sócrates, habla pues.
Sócrates
Mira bien a lo que te comprometes, para que no te sorprendas si encuentras en mí tanta dificultad en concluir como he tenido para comenzar.
Alcibiades
Habla, mi querido Sócrates, y por mí te doy todo el tiempo que necesites.
Sócrates
Es preciso obedecerte, y aunque es difícil hablar como amante a un hombre que no ha dado oídos a ninguno, tengo, sin embargo, valor para decirte mi pensamiento. Tengo para mí, Alcibiades, que si yo te hubiese visto contento con todas tus perfecciones y con ánimo de vivir sin otra ambición, ha largo tiempo que hubiera renunciado a mi pasión, o, por lo menos, me lisonjeo de ello. Pero ahora te voy a descubrir otros pensamientos bien diferentes sobre ti mismo, y por esto conocerás que mi terquedad en no perderte de vista no ha tenido otro objeto que estudiarte. Me parece que si algún Dios te dijese de repente: Alcibiades, ¿qué querrías más, morir en el acto, o, contento con las perfecciones que posees, renunciar para siempre a otras mayores ventajas? se me figura que querrías más morir. He aquí la esperanza que te hace amar la vida. Estás persuadido de que apenas hayas arengado a los atenienses, cosa que va a suceder bien pronto, los harás sentir que mereces ser honrado más que Pericles y más que ninguno de los ciudadanos que hayan ilustrado la república; que te harás dueño de la ciudad, que tu poder se extenderá a todas las ciudades griegas y hasta a las naciones bárbaras que habitan nuestro continente. Pero si ese mismo Dios te dijera: Alcibiades, serás [120] dueño de toda la Europa, pero no extenderás tu dominación sobre el Asia; creo que tú no querrías vivir para alcanzar una dominación tan miserable, ni para nada que no sea llenar el mundo entero con el ruido de tu nombre y de tu poder; y creo también que, excepto Ciro y Xerxes, no hay un hombre a quien quieras conceder la superioridad. Aquí tienes tus miras; yo lo sé y no por conjeturas; bien adviertes que digo verdad, y quizá por esto mismo no dejarás de preguntarme: Sócrates, ¿qué tiene que ver este preámbulo con tu obstinación en seguirme por todas partes, que es lo que te proponías explicarme? Voy a satisfacerte, querido hijo de Clinias y de Dinomaca. Es porque todos esos vastos planes no puedes llevarlos a buen término sin mí; tanto influjo tengo sobre todos tus negocios y sobre ti mismo. De aquí procede sin duda que el Dios que me gobierna no me ha permitido hablarte hasta ahora, y yo aguardaba su permiso. Y como tú tienes esperanza de que desde el momento en que hayas hecho ver a tus conciudadanos lo digno que eres de los más grandes honores, ellos te dejarán dueño de todo, yo espero en igual forma adquirir gran crédito para contigo desde el acto en que te haya convencido de que no hay ni tutor, ni pariente, ni hermano que pueda darte el poder a que aspiras, y que sólo yo, como más digno que ningún otro, puedo hacerlo, auxiliado de Dios. Mientras eras joven y no tenías esta gran ambición, Dios no me permitió hablarte, para no malgastar el tiempo. Hoy me lo permite, porque ya tienes capacidad para entenderme.
Alcibiades
Confieso, Sócrates, que te encuentro más admirable ahora, desde que has comenzado a hablarme, que antes cuando guardabas silencio, aunque siempre me lo has parecido; has adivinado perfectamente mis pensamientos, lo confieso; y aun cuando te dijera lo contrario, no conseguiría persuadirte. Pero, ¿cómo conseguirás probarme [121] que con tu socorro llegaré a conseguir las grandes cosas que medito, y que sin ti no puedo prometerme nada?
Sócrates
¿Exiges de mí que haga un gran discurso como los que estás tú acostumbrado a escuchar? Ya sabes, que no es esa la forma que yo uso. Pero estoy en posición, creo, de convencerte de que lo que llevo sentado es verdadero, con tal que quieras concederme una sola cosa.
Alcibiades
La concedo, con tal que no sea muy difícil.
Sócrates
¿Es cosa difícil responder a algunas preguntas?
Alcibiades
No.
Sócrates
Respóndeme, pues.
Alcibiades
No tienes más que preguntarme.
Sócrates
¿Supondré, al interrogarte, que meditas estos grandes planes que yo te atribuyo?
Alcibiades
Así me gusta; por lo menos tendré el placer de oír lo que tú tienes que decirme.
Sócrates
Respóndeme. Tú te preparas, como dije antes, para presentarte dentro de pocos días en la Asamblea de los atenienses, para comunicarles tus luces. Si en aquel acto te encontrase y te dijese: Alcibiades, ¿con motivo de qué deliberación te has levantado a dar tu dictamen a los atenienses? ¿Es sobre cosas que sabes tú mejor que ellos? ¿Qué me responderías?
Alcibiades
Te respondería sin dudar, que es sobre cosas que yo sé mejor que ellos. [122]
Sócrates
Porque tú no puedes dar buenos consejos, sino sobre cosas que tú sabes.
Alcibiades
¿Cómo es posible darlos sobre lo que no se sabe?
Sócrates
¿Y no es cierto, que tú no puedes saber las cosas, sino por haberlas aprendido de los demás, o por haberlas descubierto tú mismo?
Alcibiades
¿Cómo se pueden saber las cosas de otra manera?
Sócrates
Pero ¿es posible que las hayas aprendido de los demás o encontrado por ti mismo, cuando no has querido ni aprender nada, ni indagar nada?
Alcibiades
Eso no puede ser.
Sócrates
¿Te ha venido a la mente indagar o aprender lo que tú creías saber?
Alcibiades
No, sin duda.
Sócrates
Luego lo que tú sabes ahora, hubo un tiempo en que pensabas no saberlo.
Alcibiades
Eso es muy cierto.
Sócrates
Pero yo sé, poco más o menos, las cosas que has aprendido; si olvido alguna, recuérdamela. Tú has aprendido, si no me equivoco, a leer y escribir, tocar la lira y luchar, porque la flauta la has desdeñado{2}. He aquí todo lo que tú sabes, a no ser que hayas aprendido algo de que [123] no dé yo cuenta, a pesar de que día y noche he sido testigo de tu conducta.
Alcibiades
Es cierto; son las únicas cosas que he aprendido.
Sócrates
Cuando los atenienses deliberen sobre la escritura, ¿te levantarás para dar tus consejos acerca de cómo es necesario escribir?
Alcibiades
No, seguramente.
Sócrates
¿Te levantarás cuando deliberen sobre el modo de tocar la lira?
Alcibiades
¡Vaya una magnífica deliberación!
Sócrates
Pero los atenienses, ¿no tienen costumbre de deliberar sobre los diferentes ejercicios de la palestra?
Alcibiades
Convengo en ello.
Sócrates
¿Sobre qué esperas tú que deliberen para que pueda aconsejarles? ¿No será sobre la manera de construir una casa?
Alcibiades
No, ciertamente.
Sócrates
El más miserable albañil les aconsejaría mejor que tú.
Alcibiades
Tienes razón.
Sócrates
¿Tampoco será cuando deliberen sobre algún punto de adivinación?
Alcibiades
No. [124]
Sócrates
Un adivino sabe en esta materia más que tú.
Alcibiades
Seguramente.
Sócrates
Ya sea pequeño o grande, hermoso o feo, de alto o bajo nacimiento.
Alcibiades
Ciertamente.
Sócrates
Porque un buen consejo viene de la ciencia y no de las riquezas.
Alcibiades
Sin dificultad.
Sócrates
Y si los atenienses deliberasen sobre la salud de los ciudadanos, ¿no buscarían un médico para consultarle, sin averiguar si era rico o pobre?
Alcibiades
Eso es bien seguro.
Sócrates
¿Con qué motivo y con qué razones te levantarlas a dar a los atenienses buenos consejos?
Alcibiades
Cuando deliberan sobre sus negocios.
Sócrates
¡Qué! ¿cuando deliberan en lo relativo a la construcción de buques para saber la clase de los que deben construir?
Alcibiades
No es eso, Sócrates.
Sócrates
Porque tú no has aprendido a construir buques, y he aquí por qué sobre esta materia no hablarás. ¿No es así?
Alcibiades
Tú lo has dicho. [125]
Sócrates
¿Cuándo, pues, deliberan sobre sus negocios, dime?
Alcibiades
Cuando se trata de la paz, de la guerra o de cualquier otro negocio que atañe a la república.
Sócrates
Es decir, cuando deliberan con qué pueblos debe estarse en guerra o hacerse la paz, y cuándo y cómo?
Alcibiades
Eso mismo.
Sócrates
¿Si es preciso llevar la paz o la guerra a pueblos con que convenga adoptar uno u otro medio?
Alcibiades
Sí. =
Sócrates
¿Consultando la conveniencia como mejor partido?
Alcibiades
Seguramente.
Sócrates
¿Y por todo el tiempo que convenga?
Alcibiades
Nada más cierto.
Sócrates
Si los atenienses deliberasen con qué atletas es preciso luchar, y con quiénes agarrarse de manos, sin tocar a los cuerpos, y cómo y cuándo es preciso hacer estos diferentes ejercicios, ¿darías tú mejores consejos sobre todo esto que un maestro de palestra?
Alcibiades
El maestro de palestra los daría mejores sin dificultad.
Sócrates
Puedes decirme a qué atendería principalmente este maestro de palestra, para ordenar con quién, cuándo y [126] cómo deben hacerse estos ejercicios? ¿No atendería a que se ejecutaran lo mejor posible?
Alcibiades
Sin duda.
Sócrates
Ordenaría, como lo mejor, que se ejecutaran por todo el tiempo que se creyera conveniente?
Alcibiades
Por todo el tiempo.
Sócrates
¿Y en las ocasiones que mejor conviniera?
Alcibiades
Seguramente.
Sócrates
Y el que canta ¿no debe tan pronto acompañarse con la lira y tan pronto bailar, cantando y tocando?
Alcibiades
Así es preciso.
Sócrates
¿Y esto debe hacerlo, cuando sea lo mejor y más conveniente?
Alcibiades
Es cierto.
Sócrates
¿Y por todo el tiempo que mejor sea?
Alcibiades
Sí.
Sócrates
Puesto que hay un mejor en el canto y en el acompañamiento, como le hay en la lucha, ¿cómo llamas tú a este mejor? porque al de la lucha yo le llamo mejor gimnástico.
Alcibiades
No te entiendo.
Sócrates
Procura seguirme. Si fuera yo, respondería, que este [127] mejor es lo que siempre es bien; y lo que siempre es bien ¿no es lo que se hace conforme a las reglas del arte?
Alcibiades
Tienes razón.
Sócrates
¿El arte de la lucha no es la gimnástica?
Alcibiades
Así lo has dicho.
Sócrates
¿Pero no tengo razón?
Alcibiades
Me parece que sí.
Sócrates
Ánimo; a ti me dirijo, y procura responderme bien. ¿Cómo llamas el arte que enseña a cantar, tocar la lira y bailar bien? ¿No podrías decírmelo en una sola palabra?
Alcibiades
No en verdad, Sócrates.
Sócrates
Haz un ensayo; voy a ponerte en el camino. ¿Cómo llamas tú a las diosas que presiden a este arte?
Alcibiades
¿Quieres hablar de las musas?
Sócrates
Seguramente. Mira qué nombre ha tomado este arte de las musas.
Alcibiades
¡Ah! ¿hablas de la música?
Sócrates
Precisamente; y como te he dicho, que lo que se hace conforme a las reglas de la lucha y de la gimnasia se llama gimnástica, dime igualmente cómo llamas tú lo que se hace según las reglas de este arte.
Alcibiades
Yo lo llamo arte musical. [128]
Sócrates
Muy bien. Pero, dime, en el arte de hacer la guerra y en el de hacer la paz ¿cuál es lo mejor y cómo lo llamas? Así como en cada una de las otras dos artes dices que lo mejor en el uno es lo que es más gimnástico, y lo mejor en el otro lo que es más musical, trata de decirme ahora, en lo que te he preguntado, el nombre de lo mejor.
Alcibiades
No podré decírtelo.
Sócrates
Pero si alguno te oyese razonar y dar consejos sobre alimentos, y decir: este alimento es mejor que aquel, es preciso tomarlo en tal tiempo y en tal cantidad, y él te preguntase: Alcibiades, ¿qué es lo que llamas mejor? ¿no sería una vergüenza que no pudieses responderle que lo mejor es lo que es más sano, aunque no seas médico, y que en las cosas que haces profesión de saber y sobre las que te mezclas en dar consejos, como sabiéndolas mejor que los demás, no tuvieses nada que responder? ¿No te llena esto de confusión?
Alcibiades
Lo confieso.
Sócrates
Aplícate pues y haz un esfuerzo para decirme cuál es el objeto de este mejor que buscamos en el arte de hacer la paz o la guerra, y con quién se debe estar en guerra o en paz.
Alcibiades
Yo no podré encontrarlo por más que me empeñe.
Sócrates
¡Qué! ¿No sabes, que cuando hacemos la guerra nos quejamos de cualquier cosa que nos han hecho aquellos contra los que tomamos las armas, e ignoras qué nombre damos a aquello de que nos quejamos? [129]
Alcibiades
Sé que decimos que se nos ha engañado o insultado o despojado.
Sócrates
Ánimo y sigamos. Cuando tales cosas nos suceden, ¿puedes explicarme la diferente manera en que pueden ocurrir?
Alcibiades
¿Quieres decir, Sócrates, que pueden ellas ocurrir justa o injustamente?
Sócrates
Eso mismo.
Alcibiades
Y esto constituye una diferencia infinita.
Sócrates
¿A qué pueblos declararán la guerra los atenienses por tus consejos? ¿Será a los que siguen la justicia o a los que la violan?
Alcibiades
¡Terrible pregunta, Sócrates! Porque aun cuando hubiese alguno que creyese que es preciso hacer la guerra a los que respetan la justicia, se atrevería a sostenerlo?
Sócrates
Es cierto; eso no es conforme a las leyes.
Alcibiades
No, sin duda; eso no es ni justo, ni decente.
Sócrates
¿Tendrás por consiguiente en cuenta la justicia en todos tus consejos?
Alcibiades
Es indispensable.
Sócrates
Pero ese mejor, que yo te reclamaba antes, con motivo de la paz y de la guerra, para saber con quién, cómo y cuándo es preciso hacer la guerra y la paz ¿no es siempre lo más justo? [130]
Alcibiades
Así me parece.
Sócrates
Pero, mi querido Alcibiades, es preciso que suceda una de dos cosas: o que sin saberlo, ignores tú lo que es justo, o que, sin saberlo yo, hayas ido a casa de algún maestro que te enseñara a distinguir lo que es más justo y lo que es más injusto. ¿Quién es ese maestro? Dímelo, te lo suplico, para que me pongas en sus manos y me recomiendes a él.
Alcibiades
Esa es una de tus ironías, Sócrates.
Sócrates
No, te lo juro por el Dios que preside a nuestra amistad, y que es un Dios a quien no querría ofender con un perjurio. Te lo suplico muy seriamente; si tienes un maestro, dime quién es.
Alcibiades
¡Ah! y aunque yo no tenga maestro, ¿crees tú que no pueda saber por otra parte lo que es justo y lo que es injusto?
Sócrates
Lo sabrás, si lo has descubierto tú mismo.
Alcibiades
¿Y crees tú que no lo he descubierto?
Sócrates
Si has hecho indagaciones, lo habrás descubierto.
Alcibiades
¿Piensas que no he hecho yo indagaciones?
Sócrates
Pero si has hecho indagaciones, habrás creído ignorarlo.
Alcibiades
¿Te imaginas que no ha habido un tiempo en que yo lo ignoraba?
Sócrates
Muy bien. Pero podrías señalarme precisamente ese [131] tiempo, en que has creído que ignorabas lo que es justo e injusto. Veamos; ¿fue el año pasado cuando empezaste a hacer tus indagaciones porque lo ignorabas? ¿O creías saberlo? Di la verdad para que no hablemos en vano.
Alcibiades
El año pasado creía saberlo.
Sócrates
¿Hace tres, cuatro, cinco, no lo creías lo mismo?
Alcibiades
Lo mismo.
Sócrates
Antes de este tiempo tú eras un niño; ¿no es así?
Alcibiades
Sí.
Sócrates
¿Y en ese mismo tiempo de tu infancia, estoy seguro de que creías saberlo?
Alcibiades
¿Cómo dices que estás seguro?
Sócrates
Porque durante tu infancia, en casa de tus maestros y en todas partes; en medio de tus juegos de dados o cualquier otro, te he visto muchas veces no dudar sobre la decisión de lo justo y de lo injusto, y decir con tono firme y seguro a cualquiera de tus camaradas, que era un pícaro, que era injusto, que te hacia una injusticia; ¿no es cierto esto?
Alcibiades
¿Qué debía hacer, a juicio tuyo, cuando se me hacía alguna injusticia?
Sócrates
¿Quieres decir, lo que debías hacer, ignorando o sabiendo que lo que te se hacía era una injusticia?
Alcibiades
Pero yo no lo ignoraba; antes bien, reconocía perfectamente que se me hacía una injusticia. [132]
Sócrates
Ya ves por esto que, cuando no eras más que un niño, creías conocer ya lo justo y lo injusto.
Alcibiades
Creía conocerlo y lo conocía.
Sócrates
¿En qué época fue el descubrimiento? porque no fue cuando ya creías saberlo.
Alcibiades
No, sin duda.
Sócrates
¿En qué tiempo creías tú ignorarlo? Míralo, hecha cuentas; tengo mucho miedo que no des con ese tiempo.
Alcibiades
En verdad, Sócrates, no puedo decírtelo.
Sócrates
¿Por consiguiente, tú no has encontrado por ti mismo esta ciencia de lo justo y de lo injusto?
Alcibiades
Así parece.
Sócrates
Pero confesaste antes que no la has aprendido de los demás; y si no la has encontrado por ti mismo ni la has aprendido de los demás, ¿cómo la sabes? ¿De dónde te ha venido?
Alcibiades
Pero quizá me engañé, cuando te dije que no la había aprendido por mí mismo.
Sócrates
Pues entonces, ¿cómo la has aprendido por ti mismo?
Alcibiades
Creo, que la he aprendido como los demás.
Sócrates
¿Otra vez volvemos a empezar? ¿de quién la has aprendido? habla. [133]
Alcibiades
Del pueblo.
Sócrates
Mal maestro me citas.
Alcibiades
¡Qué! ¿el pueblo no es capaz de enseñarla?
Sócrates
¡Bien libre está! si no es capaz de enseñar a juzgar bien sobre las jugadas de un tablero{3}, ¿cómo ha de enseñar lo que es justo o injusto, que es mucho más difícil? ¿no lo crees tú como yo?
Alcibiades
Si, sin duda.
Sócrates
¿Y si no es capaz de enseñarte cosas de tan poca consecuencia, cómo te ha de enseñar las que son más importantes?
Alcibiades
Soy de tu dictamen; sin embargo, el pueblo es capaz de enseñar muchas cosas muy superiores a este juego.
Sócrates
¿Cuáles?
Alcibiades
Nuestra lengua, por ejemplo, yo no la he aprendido de nadie sino del pueblo, sin que pueda nombrar ni un solo maestro; y esta enseñanza se la debo a él, a pesar de tenerle tú por un mal maestro.
Sócrates
¡Ah! es cierto, querido mío, que el pueblo, en materia de lengua, es muy excelente maestro y tienes razón en referirte a él. [134]
Alcibiades
¿Por qué?
Sócrates
Porque en materia de lengua el pueblo tiene todo lo que deben tener los mejores maestros.
Alcibiades
¿Qué es lo que tiene?
Sócrates
¿Los que quieren enseñar una cosa no deben saberla bien antes?
Alcibiades
¿Quién lo duda?
Sócrates
¿Los que saben bien una cosa no deben estar de acuerdo entre sí sobre lo que saben, sin disputar jamás?
Alcibiades
Sí.
Sócrates
¿Y si disputasen, creerías que estaban bien instruidos?
Alcibiades
De ninguna manera.
Sócrates
¿Cómo, pues, serían capaces de enseñarlo?
Alcibiades
De ningún modo.
Sócrates
¡Qué! ¿todo el pueblo no conviene sobre la significación de estas palabras: una piedra, un bastón? Interroga a todos los griegos; ellos te responderán la misma cosa, y cuando les pidan una piedra o un bastón, todos se dirigirán a estos objetos, y así de todo lo demás. ¿Porque creo que esto es lo que tu quieres decir por saber la lengua?
Alcibiades
Sí. [135]
Sócrates
¿Y todos los griegos no convienen en esto, ciudadanos con ciudadanos, ciudades con ciudades?
Alcibiades
Seguramente.
Sócrates
¿Por consiguiente, para la lengua el pueblo sería muy buen maestro?
Alcibiades
Sin duda.
Sócrates
¿Y así si quisiéramos que un hombre se hiciera muy entendido en la lengua, le pondríamos justamente en manos del pueblo?
Alcibiades
Justamente.
Sócrates
Pero si en lugar de querer saber lo que significan las palabras hombre o caballo, quisiéramos saber si un caballo es bueno o malo, ¿el pueblo sería capaz de enseñárnoslo?
Alcibiades
No, seguramente.
Sócrates
Porque una prueba bien segura de que no lo sabe y de que no puede enseñarlo es que no está de acuerdo sobre este punto consigo mismo.
Alcibiades
Sin duda.
Sócrates
Y si quisiéramos saber, no lo que quiere decir la palabra hombre, sino lo que es un hombre sano o enfermo, ¿el pueblo estaría en estado de decírnoslo?
Alcibiades
Menos aún. [136]
Sócrates
En todo lo que le veas en desacuerdo consigo mismo, ¿no le juzgarás muy mal maestro?
Alcibiades
Sin dificultad.
Sócrates
¿Y crees tú que sobre lo justo y lo injusto y sobre sus propios negocios el pueblo esté más de acuerdo consigo mismo que en los demás?
Alcibiades
No, ¡por Júpiter!
Sócrates
Sócrates
¿No crees tú que precisamente en esto es en lo que menos de acuerdo está el pueblo?
Alcibiades
Estoy persuadido de eso.
Sócrates
Has oído ni leído jamás, que por sostener que una cosa está sana o enferma, hayan tomado los hombres las armas y se hayan degollado los unos a los otros?
Alcibiades
¡Qué locura!
Sócrates
Pero confiesa que si no lo has visto, por lo menos has leído que eso ha sucedido por sostener que una cosa es justa o injusta; por ejemplo, en la Odisea y en la Iliada de Homero.
Alcibiades
Sí, seguramente.
Sócrates
El fundamento de estos poemas ¿no es la diversidad de opiniones sobre la justicia y la injusticia?
Alcibiades
Sí, Sócrates. [137]
Sócrates
¿No es esta diversidad la que causó tantos combates y tantas muertes entre los griegos y troyanos, la que ha hecho pasar por tantos peligros a Ulisses, y la que perdió a los amantes de Penélope?
Alcibiades
Dices verdad.
Sócrates
¿No es esta misma diversidad sobre lo justo y lo injusto la única causa que ha hecho perecer a tantos atenienses, lacedemonios y beocios en la tomada de Tanagre{4}, y después de ésta en la batalla de Coronea{5}, donde recibió la muerte tu padre?
Alcibiades
¿Podrá nadie negarlo?
Sócrates
¿Nos atreveremos a decir que el pueblo sabe bien una cosa sobre la que disputa con tanta animosidad, dejándose llevar de los más funestos arranques?
Alcibiades
No, sin duda.
Sócrates
¡Ah! ¡mira los maestros que nos citas; en el acto mismo reconoces su ignorancia!
Alcibiades
Lo confieso.
Sócrates
¿Qué trazas hay de que tú sepas lo que es justo o injusto, cuando se te ve tan indeciso y tan fluctuante, y [138] cuando ni lo has aprendido de los demás, ni lo has descubierto por ti mismo?
Alcibiades
Ninguna traza hay, según tú dices.
Sócrates
¿Cómo, según tú dices? hablas muy mal, Alcibiades.
Alcibiades
¿Cómo?
Sócrates
¿Sostienes que soy yo el que dice eso?
Alcibiades
¡Y qué! ¿no eres tú el que dices que yo no sé nada de todo lo relativo a la justicia e injusticia?
Sócrates
No, no soy yo seguramente.
Alcibiades
¿Quién es entonces? ¿soy yo?
Sócrates
Sí, tú mismo.
Alcibiades
¿Cómo?
Sócrates
He aquí cómo. Si yo te preguntase entre el uno y el dos, cuál es el mayor número, ¿no me responderías que el dos?
Alcibiades
Sí.
Sócrates
Y sí yo te preguntase, ¿en qué es más grande?
Alcibiades
En uno.
Sócrates
¿Quién de nosotros dice que dos es más que uno?
Alcibiades
Yo. [139]
Sócrates
¿No soy yo el que pregunta y tú el que respondes?
Alcibiades
Sí.
Sócrates
Y en este momento sobre lo justo y lo injusto, ¿no soy yo el que pregunta y tú el que respondes?
Alcibiades
Es cierto.
Sócrates
Y si te preguntase cuáles son las letras que componen el nombre de Sócrates y las dijeses una por una, ¿quién de los dos las diría?
Alcibiades
Yo.
Sócrates
¡Y bien!… en una palabra, en una conversación de preguntas y respuestas, ¿quién afirma una cosa? ¿el que pregunta o el que responde?
Alcibiades
Me parece, Sócrates, que el que responde.
Sócrates
¿Y hasta ahora no soy yo el que ha preguntado?
Alcibiades
Sí.
Sócrates
¿Y no eres tú el que me ha respondido?
Alcibiades
Seguramente.
Sócrates
¿Quién de los dos ha sido, tú o yo, el que ha afirmado todo lo que hemos dicho?
Alcibiades
Tengo que convenir en que yo. [140]
Sócrates
¿No se ha dicho que el precioso Alcibiades, hijo de Clinias, no sabiendo qué es lo justo y lo injusto, creyendo sin embargo saberlo, se presenta en la Asamblea de los atenienses para darles consejos sobre cosas que él mismo ignora? ¿no es esto?
Alcibiades
Eso mismo es.
Sócrates
Se te puede aplicar, Alcibiades, este dicho de Eurípides: tú eres él que la ha nombrado{6}, porque no soy yo el que lo he dicho, sino tú; y no tienes motivo para achacármelo.
Alcibiades
Me parece que tienes razón,
Sócrates
Créeme, Alcibiades; es una empresa insensata querer ir a enseñar a los atenienses lo que tú no sabes, lo que no has querido saber.
Alcibiades
Me imagino, Sócrates, que los atenienses y todos los demás griegos raras veces examinan en sus asambleas lo que es más justo o más injusto, porque están persuadidos de que es un punto demasiado claro. Así es que, sin detenerse en esta indagación, marchan derechos a lo que es más útil; y lo útil y lo justo son muy diferentes, puesto que siempre hubo gentes que se han encontrado muy bien cometiendo grandes injusticias, y otros que por haber sido justos han librado muy mal.
Sócrates
¡Qué! Si lo útil y lo justo son muy diferentes, según dices, ¿piensas conocer lo que es útil a los hombres y por qué les es útil? [141]
Alcibiades
¿Quién lo impide, Sócrates, a no ser que exijas de mí que diga de quién lo he aprendido, o si lo he descubierto por mí mismo?
Sócrates
¿Qué es lo que haces, Alcibiades? Supuesto que hablas así, puede ser, y de hecho lo es, fácil refutarte con las mismas razones que ya he expuesto; tú quieres nuevas pruebas y nuevas demostraciones, y tratas las primeras como trajes viejos que salen a la escena y que tú no quieres vestir, porque deseas cosa nueva. Yo, sin seguirte en tus extravíos, te preguntaré, como ya lo hice, dónde has aprendido lo que es útil y quién ha sido tu maestro; en una palabra, te pregunto de una vez todo lo que te pregunté antes. Es bien seguro que me darás la misma respuesta, y que no podrás probarme, ni que has aprendido de otros lo que es útil, ni que lo has encontrado por ti mismo. Pero como eres muy delicado, y no gustas oír dos veces la misma cosa, quiero abandonar esta cuestión: si sabes o no sabes lo que es útil a los atenienses. Pero si lo justo y lo útil son una misma cosa, o si son muy diferentes, como tú dices, ¿por qué no me lo has probado? Pruébamelo, sea interrogándome, como yo te he interrogado, sea en forma de discurso, haciendo patente la cosa.
Alcibiades
Pero no sé, Sócrates, si seré capaz de hablar delante de ti.
Sócrates
Mi querido Alcibiades; supón que soy yo la Asamblea, que soy yo el pueblo; cuando concurres allí, ¿no es preciso que persuadas a cada particular?
Alcibiades
Así es.
Sócrates
Y cuando se sabe bien una cosa, ¿no es igual [142] demostrarla a uno por uno, o a muchos a la vez, como un maestro de lira enseña a uno o a muchos discípulos?
Alcibiades
Eso es cierto.
Sócrates
Y el mismo maestro, ¿no es capaz de enseñar la aritmética a uno o a muchos?
Alcibiades
Sí.
Sócrates
Y este hombre ¿no debe saber aritmética?
Alcibiades
Ciertamente.
Sócrates
Por consiguiente, lo que puedas enseñar a muchos lo puedes enseñar a uno solo.
Alcibiades
Sin duda.
Sócrates
¿Pero qué es lo que puedes enseñar? ¿No es lo que sabes?
Alcibiades
Seguramente.
Sócrates
¿Qué otra diferencia hay entre un orador, que habla a todo un pueblo, y un hombre que habla con su amigo en conversación particular, sino que el primero tiene que convencer a muchos, y el segundo a uno solo?
Alcibiades
Así parece.
Sócrates
Veamos. Puesto que el que es capaz de probar a muchos lo que sabe, es con más razón capaz de probarlo a uno sólo, despliega para conmigo toda tu elocuencia, y trata de demostrarme, que lo que es justo no siempre es útil. [143]
Alcibiades
Eres bien exigente, Sócrates.
Sócrates
Tan exigente, que voy a probarte en el acto lo contrario de lo que tú rehúsas probar.
Alcibiades
Vamos, habla.
Sócrates
Sólo quiero que me respondas.
Alcibiades
¡Ah! Nada de preguntas, te lo suplico; habla tú sólo.
Sócrates
¡Qué! ¿Es que no quieres que se te convenza?
Alcibiades
Yo no pido tanto.
Sócrates
Cuando tú mismo me concedas que lo que yo siento es verdadero, ¿no te darás por convencido?
Alcibiades
Así me parece.
Sócrates
Respóndeme, pues, y si no aprendes por ti mismo que lo justo es siempre útil, no lo creas jamás bajo la fe de ningún otro.
Alcibiades
En buen hora; estoy dispuesto a responderte, porque pienso que en ello ningún mal me resultará.
Sócrates
Eres profeta, Alcibiades; pero dime, ¿crees tú que haya cosas justas que sean útiles, y otras que no lo sean?
Alcibiades
Seguramente lo creo.
Sócrates
¿Crees igualmente, que las unas sean honestas y las otras todo lo contrario? [144]
Alcibiades
Sea como tú dices, si gustas.
Sócrates
Pregunto: ¿un hombre que hace una acción inhonesta, hace una acción justa?
Alcibiades
Estoy muy lejos de creerlo.
Sócrates
¿Crees que todo lo que es justo es honesto?
Alcibiades
Estoy persuadido de ello.
Sócrates
¿Pero todo lo que es honesto es bueno? ¿o crees que hay cosas honestas que son malas?
Alcibiades
Yo creo, Sócrates, que hay ciertas cosas honestas que son malas.
Sócrates
¿Y, por consiguiente, que las hay inhonestas que son buenas?
Alcibiades
Sí.
Sócrates
Observa si te he entendido bien. En los combates ha sucedido muchas veces que un hombre, queriendo socorrer a su amigo o pariente, ha recibido muchas heridas o ha sido muerto, y que otro, abandonando a su pariente o amigo, ha salvado la vida. ¿No es esto lo que tú quieres decir?
Alcibiades
Eso mismo.
Sócrates
El socorro que un hombre da a su amigo es una cosa honesta en cuanto se trata de salvar al que está obligado a socorrer; ¿y no es esto lo que se llama valor? [145]
Alcibiades
Sí.
Sócrates
¿Y este mismo socorro es una cosa mala, en cuanto el que lo ejecuta se expone a ser herido y a morir?
Alcibiades
Sí, sin duda.
Sócrates
¿Pero el valor no es una cosa y la muerte otra?
Alcibiades
Seguramente.
Sócrates
¿Entonces este socorro que se da a su amigo no es al mismo tiempo y por el mismo concepto una cosa honesta y una cosa mala?
Alcibiades
Así me lo parece.
Sócrates
Pero mira, si lo que hace esta acción honesta no es igualmente lo que la hace buena; porque tú has reconocido que, con respecto al valor, esta acción es bella. Examinemos, pues, ahora si el valor es un bien o un mal, y he aquí el medio de hacer bien este examen. ¿Te deseas a ti mismo bienes o males?
Alcibiades
Bienes sin duda.
Sócrates
¿Sobre todo, los mayores bienes de que no querrías verte privado?
Alcibiades
Sí, los mayores.
Sócrates
¿Qué piensas tú del valor? ¿A qué precio consentirías verte privado de él? [146]
Alcibiades
A precio de la vida, si era cosa de vivir con nota de cobarde.
Sócrates
¿La cobardía se parece al más grande de todos los males?
Alcibiades
Sí.
Sócrates
¿Igual a la muerte misma?
Alcibiades
Sí, a la muerte.
Sócrates
¿La vida y el valor no son los contrarios de la muerte y de la cobardía?
Alcibiades
Quién lo duda.
Sócrates
¿Desechas los unos y deseas los otros?
Alcibiades
Sí, ciertamente.
Sócrates
¿No es porque encuentras los unos muy buenos y los otros muy malos?
Alcibiades
Sin dificultad.
Sócrates
¿Has reconocido tú mismo, que socorrer al amigo en los combates es una cosa honesta, considerándola con relación al bien, que es el valor?
Alcibiades
Lo he reconocido.
Sócrates
Y que es una cosa mala con relación al mal, es decir, a la muerte? [147]
Alcibiades
Lo confieso.
Sócrates
Se sigue de aquí, que se debe llamar cada acción según lo que ella produce; si la llamas buena cuando se convierte en bien, es preciso también llamarla mala cuando se convierte en mal.
Alcibiades
Así me parece.
Sócrates
Una bella acción ¿no es honesta en cuanto es buena, e inhonesta en cuanto es mala?
Alcibiades
Sin contradicción.
Sócrates
Desde el momento en que dices, que socorrer a un amigo en los combates es una acción honesta y al mismo tiempo una acción mala, es como si dijeras que es mala y que es buena.
Alcibiades
Me parece que dices verdad.
Sócrates
No hay nada honesto que sea malo, en tanto que honesto, ni nada de inhonesto que sea bueno, en tanto que inhonesto.
Alcibiades
Así me parece.
Sócrates
Busquemos otra prueba de esta verdad. ¿Todos los que hacen bellas acciones no obran bien?
Alcibiades
Muy bien.
Sócrates
Y obrar bien ¿no es ser dichoso? [148]
Alcibiades
Sí.
Sócrates
¿No es dichoso por la posesión del bien?
Alcibiades
Ciertamente.
Sócrates
¿Y este bien no se adquiere por obrar bien?
Alcibiades
¿Quién lo duda?
Sócrates
Luego son dichosos los que obran bien?
Alcibiades
Sí, seguramente.
Sócrates
Luego hay razón para decir, que obrar bien y ser dichoso es todo uno?
Alcibiades
Sí.
Sócrates
Las bellas acciones ¿son siempre buenas?
Alcibiades
¿Quién puede negarlo?
Sócrates
Lo que es honesto y lo que es bueno ¿nos parecen la misma cosa?
Alcibiades
Es indudable.
Sócrates
Por consiguiente ¿todo lo que encontremos honesto debemos encontrarlo bueno?
Alcibiades
Es de una necesidad absoluta.
Sócrates
Y ahora, lo que es bueno, ¿es útil o no lo es? [149]
Alcibiades
Muy útil.
Sócrates
Te acuerdas de lo que hemos dicho, hablando de la justicia, y en lo que estamos de acuerdo?
Alcibiades
Estamos de acuerdo, me parece, en que las acciones justas son necesariamente honestas.
Sócrates
Y lo que es honesto ¿es bueno?
Alcibiades
Sí.
Sócrates
Por consiguiente, Alcibiades, todo lo que es justo es útil.
Alcibiades
Así parece.
Sócrates
Ten bien presente, que eres tú mismo el que asegura todas estas verdades, porque yo no hago más que interrogar.
Alcibiades
En eso estoy.
Sócrates
Si alguno, creyendo conocer bien la naturaleza de la justicia, entrase en la Asamblea de los atenienses o de los peparetienses{7}, y les dijese, que sabía que las acciones justas son algunas veces malas, ¿no te burlarías de él, tú que acabas de reconocer que la justicia y la utilidad son la misma cosa?
Alcibiades
Te juro, Sócrates, por todos los dioses, que yo no sé lo que digo, y francamente, temo que he perdido la razón, porque estas cosas me parecen tan pronto de una manera, tan pronto de otra, según tú me preguntas. [150]
Sócrates
¿Ignoras, querido mío, la causa de este desorden?
Alcibiades
La ignoro completamente.
Sócrates
Y si alguno te preguntase, si tienes dos o tres ojos, dos o cuatro manos, responderías tú tan pronto de una manera, tan pronto de otra? ¿No responderías siempre de una misma manera?
Alcibiades
Comienzo a desconfiar mucho de mí mismo; creo, sin embargo, que respondería siempre de igual modo.
Sócrates
¿Y por qué? Porqué sabes bien que no tienes más que dos ojos y dos manos; ¿no es así?
Alcibiades
Lo creo.
Sócrates
Puesto que respondes tan diferentemente, a pesar tuyo, sobre la misma cosa, es una prueba infalible de que tú la ignoras.
Alcibiades
Así parece.
Sócrates
Si convienes en que fluctúas en tus respuestas sobre lo justo y lo injusto, sobre lo honesto y lo inhonesto, sobre lo bueno y lo malo, sobre lo útil y su contrario, ¿no es evidente que esta incertidumbre procede de tu ignorancia?
Alcibiades
Eso me parece evidente.
Sócrates
Es máxima segura, que el espíritu siempre está fluctuante e incierto sobre lo que ignora.
Alcibiades
No puede ser de otra manera. [151]
Sócrates
Pero, dime, ¿sabes cómo podrías subir al cielo?
Alcibiades
No, ¡por Júpiter! te lo juro.
Sócrates
¡Y tu espíritu está fluctuante sobre esto?
Alcibiades
Nada de eso.
Sócrates
¿Sabes la razón, o quieres que te la diga?
Alcibiades
Dila.
Sócrates
Es, querido mío, que no sabiendo el medio de subir al cielo, no crees saberlo.
Alcibiades
¿Qué dices?
Sócrates
Examinemos este punto. Cuando ignoras una cosa y sabes que la ignoras, ¿estás incierto y fluctuante sobre esta misma cosa? Por ejemplo, no sabes que ignoras el arte de preparar las viandas?
Alcibiades
Sí.
Sócrates
Te complaces en razonar sobre la manera de prepararlas, y hablas de ellas tan pronto de una manera, tan pronto de otra? ¿no dejas obrar al cocinero, que es a quien corresponde?
Alcibiades
Dices verdad.
Sócrates
Y si estuvieses a bordo de un buque, te mezclarlas en dar tu dictamen sobre el movimiento del timón, si había de ser a la izquierda o a la derecha? ignorando el arte de [152] navegar, ¿dirías tan pronto una cosa, tan pronto otra, o dejarías más bien gobernar al piloto?
Alcibiades
Sin duda le dejaría gobernar.
Sócrates
Luego tú jamás estás fluctuante e indeciso sobre cosas que no sabes, con tal que sepas que no las sabes.
Alcibiades
Así me parece.
Sócrates
¿Comprendes bien que todas las faltas que se cometen, no proceden sino de esta especie de ignorancia, que hace que se crea saber lo que no se sabe?
Alcibiades
¿Qué dices?
Sócrates
Digo, que lo que nos arrastra a emprender una cosa es la creencia en que estamos de que sabemos llevarla a cabo.
Alcibiades
Ya entiendo.
Sócrates
Porque cuando estamos persuadidos de que no lo sabemos, se deja el negocio a otros.
Alcibiades
Eso sucede constantemente.
Sócrates
Así es, que los que están en esta última clase de ignorancia, jamás faltan; porque dejan a los demás el cuidado de las cosas que ellos no saben.
Alcibiades
Estoy conforme.
Sócrates
¿Quiénes son, pues, los que cometen faltas? ¿No son los que saben las cosas? [153]
Alcibiades
No, seguramente.
Sócrates
Puesto que no son ni los que saben las cosas, ni los que las ignoran, sabiendo que las ignoran, se sigue de aquí necesariamente, que son aquellos, que no sabiéndolas, creen sin embargo saberlas; ¿hay otros?
Alcibiades
No, no hay más que estos.
Sócrates
He aquí la más vergonzosa ignorancia; he aquí la que es causa de todos los males.
Alcibiades
Eso es cierto.
Sócrates
Y cuando esta ignorancia recae sobre cosas de grandísima trascendencia, ¿no es entonces vergonzosa y terrible en sus efectos?
Alcibiades
¿Puede negarse eso?
Sócrates
¿Puedes citarme cosa alguna que sea de mayor trascendencia que lo justo, lo honesto, lo bueno, lo útil?
Alcibiades
No, ciertamente.
Sócrates
Y no es sobre estas mismas cosas, sobre las que tú mismo dices que estás fluctuante e indeciso?
Alcibiades
Sí.
Sócrates
Y esta incertidumbre no es una prueba, como ya lo hemos dicho, de que no sólo ignoras las cosas más importantes, sino que, ignorándolas, crees saberlas? [154]
Alcibiades
Me temo que sea así.
Sócrates
¡Oh Dios! en qué estado tan miserable te hallas; no me atrevo a darle nombre. Sin embargo, puesto que estamos solos, es preciso decirlo. Mi querido Alcibiades, estás sumido en la peor ignorancia, como lo acreditan tus palabras, y como lo atestiguas contra ti mismo. He aquí, por qué te has arrojado, como cuerpo muerto, en la política, antes de recibir instrucción. Y tú no eres el único a quien sucede esta desgracia, porque es común a la mayor parte de los que se mezclan en los negocios de la república; un pequeño número exceptúo, y quizá sólo a Pericles, tu tutor.
Alcibiades
También se dice, Sócrates, que no se ha hecho tan hábil por sí mismo, sino que ha vivido en estrecha relación con muchos hombres hábiles, como Pitoclides, Anaxágoras, y aún hoy día, en la edad en que ya está, pasa días enteros con Damon, para instruirse constantemente.
Sócrates
¿Has conocido a alguno que, sabiendo perfectamente una cosa, no pueda enseñarla a otro? Tu maestro de lira te ha enseñado lo que sabía y lo ha enseñado a todos los que ha querido.
Alcibiades
Sí.
Sócrates
¿Y tú, que lo has aprendido de él, no podías enseñarlo a otro?
Alcibiades
Sí.
Sócrates
¿No sucede lo mismo con un maestro de música y un maestro de gimnasia? [155]
Alcibiades
Ciertamente.
Sócrates
Porque la mejor prueba de que se sabe bien una cosa, es el estar en posición de enseñarla a otros.
Alcibiades
Así es verdad.
Sócrates
¿Pero puedes nombrarme alguno a quien Pericles haya hecho hábil? Comencemos por sus propios hijos.
Alcibiades
¡Pero, Sócrates, si los hijos de Pericles son estólidos!
Sócrates
¿Y Clinias tu hermano?
Alcibiades
Eso es hablarme de un loco.
Sócrates
Si Clinias es loco, y los hijos de Pericles mentecatos, de dónde nace que Pericles se ha desentendido de material tan precioso como el tuyo?
Alcibiades
Tengo yo la culpa, por no haberme aplicado a nada de lo que él me ha dicho.
Sócrates
Pero entre todos los atenienses y entre los extranjeros, libres o esclavos, puedes nombrarme alguno a quien el trato con Pericles haya hecho más hábil, como puedo yo nombrarte un Pitodoras, hijo de Isoloco, y un Callias, hijo de Calliades, que se han hecho muy hábiles, a costa de cien minas, en la escuela de Zenon?{8} [156]
Alcibiades
No puedo nombrarte ni uno solo.
Sócrates
Enhorabuena; ¿pero qué pretendes hacer de ti, Alcibiades? quieres seguir como te encuentras, o en fin, quieres mirar por ti?
Alcibiades
Tratemos este asunto entre los dos, Sócrates. Comprendo todo lo que dices, y estoy conforme con ello; sí, todos los que se mezclan en los negocios de la república no son más que ignorantes, si se exceptúa un corto número.
Sócrates
¿Y después?
Alcibiades
Si fueren personas instruidas, sería preciso que el que pretende igualarse con ellos o sobrepujarlos, trabajase y se ejercitase, y que después entrase en lid con atletas de reputación; pero, puesto que no dejan de mezclarse en el gobierno sin saber nada, ¿qué necesidad hay de tomarse el trabajo de prepararse y ejercitarse? Yo estoy bien seguro de que con el solo socorro de la naturaleza sobrepujaré a todos.
Sócrates
¡Ah! mi querido Alcibiades, ¿qué es lo que acabas de decirme? ¡tu manifestación es indigna del noble continente y demás ventajas que posees!
Alcibiades
¿Cómo? Sócrates, explícate.
Sócrates
¡Ah! estoy inconsolable por ti y por mí, si…
Alcibiades
¿Qué significa ese si…
Sócrates
Si crees no tener que combatir y superar más que a gentes de esa calaña. [157]
Alcibiades
¿A quién quieres entonces que trate de superar?
Sócrates
Aún eso me sorprende más; ¿es esa la pregunta que debe hacer un hombre que cree tener un corazón grande?
Alcibiades
¿Qué quiere decir eso? ¿No son estos los únicos que puedo temer?
Sócrates
Si tuvieses que conducir un buque de guerra que debiese pronto combatir, ¿te bastaría ser más hábil para la maniobra que todos los que compusiesen la tripulación? ¿No te propondrías más bien superar a los mejores pilotos de los enemigos, en lugar de medirte, como haces ahora, con los tuyos, por cima de los cuales debes sobresalir tanto, que no sólo crean que no pueden disputarte el puesto, sino que reconociéndose inferiores no piensen más que en combatir con los enemigos bajo tus órdenes? He aquí los sentimientos que deben animarte, si tienes intenciones de hacer alguna cosa grande, digna de ti y de la patria.
Alcibiades
¡Ah! ese es mi ídolo.
Sócrates
¡Vaya una ambición digna de Alcibiades, limitarse a ser el más bravo de nuestros soldados! ¿No deberás tener más bien en cuenta los generales enemigos para superarlos, y por este medio ejercitarte y compararte sin cesar a ellos?
Alcibiades
¿Quiénes son esos grandes generales, Sócrates?
Sócrates
¿No sabes que nuestra república está casi siempre en guerra con los lacedemonios o con el gran rey? [158]
Alcibiades
Lo sé.
Sócrates
Si piensas ponerte a la cabeza de los atenienses, es preciso que te prepares para combatir los reyes de Lacedemonia y el rey de Persia.
Alcibiades
Quizá digas verdad.
Sócrates
¡Oh! no, no, mi querido Alcibiades; no debes pensar sino en superar a un Midias, tan entendido en la cría de codornices y a otros de este jaez, que se inmiscuyen en la gobernación de la república, descubriendo aún, como dirían ciertas mujerzuelas, la larga cabellera de esclavos{9} que llevan en su alma, y que con su lenguaje bárbaro, lejos de gobernarla, han llegado a corromper la ciudad por medio de sus cobardes adulaciones. He aquí las gentes que debes proponernos por modelos, sin pensar en ti mismo, sin pensar en instruirte; y de esta manera irás y sostendrás los combates que te esperan, sin haberte ejercitado jamás, sin haber hecho ningún preparativo; y en tal estado te pondrás a la cabeza de los atenienses.
Alcibiades
Todo lo que me dices, Sócrates, lo tengo por verdadero; sin embargo, me imagino que los generales de Lacedemonia y el rey de Persia son como los demás. Sócrates. ¡Ah, mi querido Alcibiades; fíjate un poco, te lo suplico, en esa opinión!
Alcibiades
¿Cómo? [159]
Sócrates
Primeramente, ¿cuál de estas dos cosas te daría más cuidado: formarte de estos hombres una idea que te les haga temibles, o tomarlos por hombres de quienes nada tienes que temer?
Alcibiades
Sin dudar, prefiero formar una gran idea de ellos.
Sócrates
¿Crees que será un mal para ti el tener cuidado de ti mismo?
Alcibiades
Por lo contrario, estoy persuadido de que sería un gran bien.
Sócrates
De esa manera la opinión que has formado de tus enemigos es ya un gran mal.
Alcibiades
Lo confieso.
Sócrates
Además es falsa, y puedo hacértelo ver.
Alcibiades
¿Cómo?
Sócrates
Qué hombres piensas que son los mejores, ¿los de alto, o los de bajo nacimiento?
Alcibiades
Los de alto nacimiento, evidentemente.
Sócrates
Y los que a este gran nacimiento han unido una buena educación, ¿no crees que tienen todo lo necesario para la perfección de la virtud?
Alcibiades
Eso es indudable.
Sócrates
Comparando, pues, nuestra condición a la suya, [160] veamos en primer lugar, si los reyes de Lacedemonia y el rey de Persia son de nacimiento inferior al nuestro. ¿No sabemos que los primeros descienden de Hércules, y los últimos de Aquemenes y que Hércules y Aquemenes descienden de Júpiter?
Alcibiades
Y mi familia, Sócrates, ¿no desciende de Eurisaces y Eurisaces no remonta hasta Júpiter?
Sócrates
Y la mía, mi querido Alcibiades, ya que lo tomas por ese rumbo, ¿no desciende de Dédalo, y Dédalo no nos lleva hasta Vulcano, hijo de Júpiter? Pero la diferencia que hay entre ellos y nosotros es, que remontan hasta Júpiter por una gradación continua de reyes sin ninguna interrupción; los unos han sido reyes de Argos y de Lacedemonia, y los otros siempre han reinado en Persia y han poseído muchas veces el Asia, como sucede en este momento; en lugar de que nuestros abuelos no han sido más que simples particulares como nosotros. Si te vieses precisado a dar explicación a Artaxerxes, hijo de Xerxes, de tus antepasados, y de Salamina la patria de Eurisaces, o de Egina la de Eaco, más antigua aún, ¿qué objeto de risa no sería para él? Así como estamos precisados a darnos por vencidos en punto a nacimiento, veamos si no somos tan inferiores en punto a educación. ¿No te han dicho nunca las grandes ventajas que tienen en esto los reyes de Lacedemonia, cuyas mujeres son guardadas por los Éforos, para asegurarse, cuanto es posible, de que no darán a luz más que reyes de la raza de Hércules? Y el rey de Persia está en este concepto tan por cima de los reyes de Lacedemonia, que jamás se ha sospechado que la reina pueda dar a luz un príncipe que no sea hijo del rey, y por esta razón jamás se ha guardado, siendo su única guarda el temor. En el nacimiento del primogénito, que debe suceder en la corona, todos los pueblos de este gran [161] imperio celebran con festejos este día, y posteriormente todos los años se solemniza el día con sacrificios solemnes en todas las provincias del Asia; en lugar de que cuando nosotros nacemos, mi querido Alcibiades, se nos puede aplicar el dicho del poeta cómico: apenas nuestros vecinos se aperciben de ello. El tal niño es educado, no por una nodriza de bajo nacimiento, sino por los más virtuosos eunucos de la corte, que tienen cuidado de formar y amoldar su cuerpo para que tenga el talle más hermoso posible, y cuyo empleo da una consideración muy alta. Cuando tiene siete años, le pone a cargo de escuderos, y entra ya a ejercitar la caza. A los catorce se le entrega a los preceptores del rey, que son cuatro señores escogidos, los más estimados de toda la Persia, y se procura que estén en el vigor de la edad; el uno pasa por el más sabio, el otro por el más justo, el tercero por el más templado y el cuarto por el más valiente. El primero le enseña la magia de Zoroastro, hijo de Ormuzd; es decir, la religión y todo el culto de los dioses, y le enseña igualmente todos los deberes de buen rey. El segundo le enseña a decir siempre la verdad, aunque sea contra sí mismo. El tercero le enseña a no dejarse jamás vencer por sus pasiones, a fin de que se mantenga siempre libre y rey, teniendo siempre imperio sobre sí mismo. El cuarto le acostumbra a ser intrépido, y le enseña a no temer nada; porque si teme, es esclavo. En vez de todo esto, dime tú, ¿qué preceptor has tenido? Pericles te abandonó en manos de Zopiro, esclavo de Tracia, que era incapaz de otro empleo a causa de su ancianidad. Te referiría todo el curso de la educación de tus adversarios si no fuese tarea larga, pero la muestra que acabo de darte creo sea bastante para que puedas juzgar de lo demás. Nadie ha tenido más cuidado de tu nacimiento que del de cualquiera otro ateniense, ni nadie cuida de tu educación, a menos que tengas [162] algún amigo que se interese en ello. Si atiendes a las riquezas de los persas, a la magnificencia de sus trajes, al prodigioso gasto que hacen en perfumes y esencias, a la multitud de esclavos de que se ven rodeados, a todo su lujo y delicadeza, te ruborizarías al verte tan por bajo de ellos.
¿Quieres echar una mirada sobre la templanza de los lacedemonios, su modestia, su desembarazo, su dulzura, su magnanimidad, su igualdad de espíritu en todos los accidentes de la vida, sobre su valor, su firmeza, su paciencia en los trabajos, su noble emulación, su amor a la gloria? en todas estas cualidades tú eres un niño cotejado con ellos. Si quieres que miremos a las riquezas, porque creas tener por este lado alguna ventaja, voy a hablarte de ellas para hacerte conocer quién eres tú. No hay ninguna comparación entre nosotros y los lacedemonios, pues son ellos infinitamente más ricos. ¿Se atrevería ninguno de nosotros a comparar nuestras tierras con las de Esparta y de Mesena, que son mucho más extensas y mejores, y que mantienen un número infinito de esclavos sin contar los ilotas? Añade los caballos y los demás ganados que moran en los pastos de Mesena. Pero dejo esto aparte para hablarte sólo del oro y de la plata; toda la Grecia reunida tiene menos que Lacedemonia sola, porque hace tiempo el dinero de toda la Grecia y muchas veces el de los bárbaros entra en Lacedemonia y no sale jamás; y como la zorra dijo al león en las fábulas de Esopo: veo muy bien los pasos del dinero que entra en Lacedemonia, pero no veo los del que sale. También es cierto que los particulares son más ricos en Lacedemonia que en todo el resto de la Grecia, y que el rey es allí más rico que todos los particulares; porque además de los grandes bienes que tiene como suyos propios, se le pasa una cantidad considerable. Pero si la riqueza de los lacedemonios aparece tan grande cotejada con la del resto de la Grecia, no es [163] nada para con la del rey de Persia. He oído decir a un hombre digno de fe, que había sido uno de los embajadores cerca de este príncipe, que había hecho una gran jornada por un país bellísimo y fertilísimo, que los naturales llamaban la cintura de la Reina; que en otra jornada pasó por otro país que se llamaba el velo de la Reina, y que había otras grandes y fértiles provincias destinadas únicamente a suministrar los trajes de la reina, cada una de las cuales llevaba el nombre de la prenda de ropaje que tenía que suministrar. De manera, que si alguno fuese a decir a la esposa de Jerjes, a Amestris madre del rey: hay en Atenas un hombre, que, en todo lo que tiene, sólo cuenta con trescientos arpentas, poco más o menos, de tierra que posee en el pueblo de Erquies, y es hijo de Dinomaca, cuyo equipo, menaje y joyas apenas valen cincuenta minas, y este hombre se prepara para hacer la guerra a Artagerjes. ¡Cuál sería al pronto su sorpresa, al ver la audacia de este hombre, que quiere atacar al gran rey Artagerjes!… ¿Qué crees que pensaría? Sin duda diría: este hombre funda seguramente el triunfo de semejante empresa en su aplicación, en su gran habilidad, porque estas son las únicas cosas que aprecian los griegos. Pero cuando se le dijese: este Alcibiades es un joven que no tiene veinte años, sin ninguna clase de experiencia, y tan presuntuoso, que cuando su amigo le hizo ver que debe ante todas cosas tener cuidado de sí, trabajar, meditar, ejercitarse, y que sólo después de esto podrá hacer la guerra al gran rey, no quiere creer nada, y dice, que tal como es, se considera con el mérito necesario para ello. Creo que la sorpresa de la reina sería mucho mayor, y nos preguntaría: ¿en qué se fía ese joven? y si nosotros le respondiéramos: en su belleza, en su talle, en su riqueza y en las dotes de su espíritu, ¿no es cierto que nos tendría por locos, si fijaba su atención en la superioridad [164] de estos datos respecto de ella misma? Pero sin subir tan alto, creo, que Lampito, hija de Leoliquidas, mujer de Arquidamo y madre de Agis, que son todos de casta real en Lacedemonia, no se sorprendería menos, si se le dijese, que mal educado como has sido, deseas ponerte a la cabeza de los atenienses para hacer la guerra a su hijo. ¡Ah! ¿y no sería una vergüenza, que mujeres, y mujeres de nuestros enemigos, sepan mejor que nosotros mismos las cualidades que deberíamos tener para hacerles la guerra? Así, mi querido Alcibiades, sigue mis consejos, y obedece al precepto que está escrito en el frontispicio del templo de Delfos: Conócete a ti mismo, porque los enemigos con quienes te las has de haber son tales, como yo los represento y no como tú te imaginas. El único medio de vencerlos es la aplicación y la habilidad; si renuncias a estas cualidades necesarias, renuncia también a la gloria fuera y dentro de tu país, gloria a que has aspirado con más ardor que otro alguno.
Alcibiades
Puedes explicarme, Sócrates, ¿cuál es el cuidado que debo tomar de mí mismo? porque me hablas, lo confieso, con más sinceridad que ningún otro.
Sócrates
Sin duda puedo hacerlo; pero no es esto útil a ti sólo. Juntos debemos buscar los medios de hacernos mejores, que yo no tengo menos necesidad que tú, yo que sobre ti tengo sólo una ventaja.
Alcibiades
¿Cuál es esa ventaja?
Sócrates
Que mi tutor es mejor y más sabio que Pericles, que es el tuyo.
Alcibiades
¿Quién es ese tutor? [165]
Sócrates
El Dios que hasta hoy no me ha permitido hablarte; siguiendo sus aspiraciones, sólo mediando yo puedes conseguir la gloria, como antes te dije.
Alcibiades
¿Te burlas, Sócrates?
Sócrates
Quizá; pero siempre es una verdad que tenemos una necesidad muy grande de mirar por nosotros mismos, como la tienen todos los hombres, y nosotros dos más que ninguno.
Alcibiades
Sí, Sócrates, cuando menos por lo que a mí toca.
Sócrates
Y lo mismo me sucede a mí.
Alcibiades
¿Qué haremos, pues?
Sócrates
Este es el momento, querido mío, en que es preciso quitar la pereza y la desidia.
Alcibiades
Convengo en ello.
Sócrates
Veamos y examinemos juntos lo que intentamos. Dime, ¿no queremos hacernos muy buenos?
Alcibiades
Sí.
Sócrates
¿En qué clase de virtud?
Alcibiades
En la virtud que constituye la bondad del hombre.
Sócrates
¿Y quién es el hombre bueno?
Alcibiades
El que lo es para los negocios. [166]
Sócrates
¿Para qué negocios? ¿Para los de equitación?
Alcibiades
No.
Sócrates
Porque eso corresponde a los picadores.
Alcibiades
Sí.
Sócrates
¿En los de la marina?
Alcibiades
Tampoco.
Sócrates
Porque eso corresponde a los pilotos.
Alcibiades
Sí.
Sócrates
¿Pues en qué negocios?
Alcibiades
En los negocios que ocupan a nuestros mejores atenienses.
Sócrates
¿Qué entiendes por nuestros mejores atenienses? ¿Son los hábiles o los inhábiles?
Alcibiades
Los hábiles.
Sócrates
¿Por lo tanto, según tú, cuando es hábil uno para una cosa, es bueno para la cosa misma?
Alcibiades
Sí.
Sócrates
¿Y los inhábiles no son en manera alguna buenos?
Alcibiades
Sin duda. [167]
Sócrates
Un zapatero tiene toda la habilidad para hacer zapatos; ¿es bueno para esto?
Alcibiades
Muy bueno.
Sócrates
¿Pero es inhábil para hacer trajes?
Alcibiades
Sí.
Sócrates
Por consiguiente es un mal sastre.
Alcibiades
Sin dificultad.
Sócrates
Este mismo hombre, por lo tanto, ¿es bueno y malo?
Alcibiades
Así me lo parece.
Sócrates
Se sigue de este principio, que aquellos que tú llamas buenos son igualmente malos.
Alcibiades
No es eso lo que yo quiero decir.
Sócrates
Pues entonces ¿qué entiendes por hombres buenos?
Alcibiades
Entiendo los que saben gobernar.
Sócrates
¿Gobernar, qué? ¿caballos?
Alcibiades
No.
Sócrates
¿Hombres?
Alcibiades
Sí. [168]
Sócrates
¿Los enfermos? No. ¿Los pilotos? Tampoco. ¿Los labradores? Tampoco.
Sócrates
Pues, ¿quiénes? ¿Los que hacen algo, o los que no hacen nada?
Alcibiades
Los que hacen alguna cosa.
Sócrates
¿Quiénes son? ¿Qué? Trata de explicarte y de hacérmelo comprender.
Alcibiades
Los que viven en sociedad y se sirven los unos a los otros, como los que vivimos en las ciudades.
Sócrates
Según tú, es gobernar a los hombres que se sirven de otros hombres.
Alcibiades
Así lo entiendo.
Sócrates
¿Es gobernar a los contramaestres que se sirven de los marineros?
Alcibiades
No.
Sócrates
Porque eso pertenece a los pilotos. [169]
Alcibiades
Sí.
Sócrates
¿Es gobernar a los tocadores de flauta que se sirven de músicos y danzantes?
Alcibiades
Tampoco.
Sócrates
Porque eso pertenece a los maestros de capilla.
Alcibiades
Es cierto.
Sócrates
Entonces ¿qué entiendes por gobernar a los hombres que se sirven de otros hombres?
Alcibiades
Entiendo mandar a hombres que viven juntos bajo las mismas leyes y el mismo gobierno.
Sócrates
¿Y qué arte es ese que enseña a mandarlos? Si te preguntase, cuál es el arte que enseña a mandar a todos los marineros de un mismo buque, ¿qué me responderías?
Alcibiades
Que es el arte de los pilotos.
Sócrates
Y si te preguntase, ¿cuál es el arte que enseña a mandar a los músicos y danzantes?
Alcibiades
Yo te respondería que es el arte de los maestros de capilla.
Sócrates
¿Cómo llamas este arte que enseña a mandar a los que forman un mismo cuerpo de Estado?
Alcibiades
El arte de aconsejar bien, Sócrates [170] ¡Cómo! ¿El arte de los pilotos es el arte de dar malos consejos?
Alcibiades
No.
Sócrates
¿No se proponen darlos buenos?
Alcibiades
Seguramente, por el bien de los que se hallan embarcados.
Sócrates
Dices muy bien. ¿Pero de qué buenos consejos hablas, y qué es a lo que tienden?
Alcibiades
Tienden a conservar y mejorar la gobernación.
Sócrates
¿Pero qué es lo que conserva los Estados? ¿Qué cosa es esa cuya presencia o ausencia sostiene la sociedad? Si tú me preguntaras, qué es lo que un cuerpo debe tener o no tener para mantenerse sano y en buen estado, yo te respondería sobre la marcha, que debe tener la salud y no tener la enfermedad. ¿No lo crees tú como yo?
Alcibiades
Lo mismo que tú.
Sócrates
Y si me preguntases lo mismo sobre el ojo respondería igualmente, que está bien cuando tiene buena vista, y mal cuando tiene ceguera; sobre los oídos lo mismo, que están bien cuando tienen todo lo que necesitan para oír, sin ninguna disposición para la sordera.
Alcibiades
Eso es cierto.
Sócrates
Y en un Estado, ¿qué es lo que debe haber o no haber para que se halle en la mejor situación posible? [171]
Alcibiades
Me parece, Sócrates, que es preciso que la amistad reine entre los ciudadanos, y que se destierren entre ellos el odio y la división.
Sócrates
¿Qué llamas amistad? ¿es la concordia o la discordia?
Alcibiades
La concordia seguramente.
Sócrates
¿Cuál es el arte que hace que los Estados concuerden, por ejemplo, sobre los números?
Alcibiades
Es la aritmética.
Sócrates
¿Es un arte en el que concuerdan entre sí los particulares?
Alcibiades
Sí.
Sócrates
¿Y cada uno consigo mismo?
Alcibiades
Sin dificultad.
Sócrates
¿Y cómo llamas al arte que hace que cada uno concuerde consigo mismo siempre sobre la magnitud de un pie o de un codo? ¿no es el arte de medir?
Alcibiades
Sí, sin duda.
Sócrates
Y los Estados y los particulares ¿se ponen de acuerdo por medio de este arte?
Alcibiades
Sí.
Sócrates
¿No sucede lo mismo sobre los pesos? [172]
Alcibiades
Lo mismo.
Sócrates
¿Y cuál es la concordia de que hablas? ¿en qué consiste y qué arte es el que la da a conocer? ¿la de un Estado es la misma que hace que un particular se ponga de acuerdo consigo mismo y con los demás?
Alcibiades
Me parece que es la misma.
Sócrates
¿Cuál es? no desistas de responderme, e instrúyeme por caridad.
Alcibiades
Creo que es esta amistad y esta concordia que hacen que un padre y una madre estén bien con sus hijos, un hermano con su hermano, una mujer con su marido.
Sócrates
¿Crees que un marido puede estar de acuerdo con su mujer sobre obras de lana que ella entiende perfectamente y que él no entiende?
Alcibiades
No, sin duda.
Sócrates
Es imposible, porque es una obra de mujer.
Alcibiades
Sí.
Sócrates
¿Es posible que una mujer pueda estar de acuerdo con su marido en materia de armas, cuando no sabe lo que son?
Alcibiades
No.
Sócrates
Me podrías responder que sólo es acomodado al talento del hombre. [173]
Alcibiades
Es cierto.
Sócrates
¿Convienes en que hay ciencias que están destinadas a las mujeres, y otras que están reservadas a los hombres?
Alcibiades
¿Quién puede negarlo?
Sócrates
Sobre todas estas ciencias no es posible que las mujeres estén de acuerdo con sus maridos.
Alcibiades
Eso es cierto.
Sócrates
Por consiguiente no habrá amistad, puesto que la amistad no es más que la concordia.
Alcibiades
Soy de tu opinión.
Sócrates
Y así cuando una mujer haga lo que debe hacer, ¿no será amada por su marido?
Alcibiades
No me parece.
Sócrates
Y cuando un marido haga lo que debe hacer, ¿no será amado por su mujer?
Alcibiades
No.
Sócrates
¿Luego los Estados, en los que hace cada uno lo que debe hacer, no estarán bien gobernados?
Alcibiades
Me parece que sí, Sócrates.
Sócrates
¿Qué es lo que dices? ¿Será bien gobernado un Estado sin que la amistad reine en él? ¿No hemos convenido en [174] que por la amistad un Estado está bien regido, y que en otro caso todo es desorden y confusión?
Alcibiades
Pero me parece, sin embargo, que es esto mismo lo que produce la amistad; que cada uno haga lo que debe hacer.
Sócrates
Hace un momento decías lo contrario; pero es preciso que te hagas entender. ¿Cómo dices ahora que la concordia bien establecida produce la amistad? ¡Ah! ¿puede haber concordia sobre negocios que los unos saben y los otros no saben?
Alcibiades
Eso es imposible.
Sócrates
Cuando cada uno hace lo que debe hacer, hace lo que es justo o lo que es injusto?
Alcibiades
¡Vaya una pregunta! cada uno hace lo que es justo.
Sócrates
De aquí se sigue, que en el acto mismo en que todos los ciudadanos hacen lo que es justo, no pueden sin embargo amarse.
Alcibiades
La consecuencia parece necesaria.
Sócrates
¿Cuál es, pues, esta amistad o esta concordia que puede hacernos hábiles y capaces de dar buenos consejos, para que entremos así en el número de los que llamas tú buenos ciudadanos? Porque no puedo comprender, ni lo que es, ni en quién se encuentra; porque tan pronto se la encuentra en ciertas personas, tan pronto no se la encuentra ya, como se ve por tus palabras.
Alcibiades
Te juro, Sócrates, por todos los dioses, que yo mismo [175] no sé lo que me digo, y que corro gran riesgo de estar dentro de algún tiempo en muy mal estado, sin apercibirme de ello.
Sócrates
No te desanimes, Alcibiades; si te apercibieses de este estado a los cincuenta años, te sería difícil poner remedio y tener cuidado de ti mismo; pero en la edad en que tú estás, es justamente el tiempo oportuno de sentir tu mal.
Alcibiades
Y cuando uno siente el mal ¿qué deberá hacer?
Sócrates
Sólo hace falta, Alcibiades, responder a algunas preguntas; si lo haces, espero que, con la ayuda de Dios, tú y yo nos haremos mejores que somos, por lo menos si damos fe a mi profecía.
Alcibiades
Si sólo consiste en responder, el éxito es seguro.
Sócrates
Veamos pues. Qué es tener cuidado de sí mismo? no sea que cuando creamos tener más cuidado de nosotros mismos, nos suceda muchas veces, que, sin apercibirnos, sea otra cosa muy distinta la que llame nuestra atención. ¿Qué es preciso hacer para tener cuidado de sí mismo? ¿Tiene un hombre cuidado de sí cuando le tiene de las cosas que son suyas?
Alcibiades
Así me parece.
Sócrates
¿Cómo? un hombre tiene cuidado de sus pies, cuando le tiene de las cosas que son para sus pies?
Alcibiades
No te entiendo.
Sócrates
¿No conoces nada que esté únicamente hecho para la [176] mano? Las sortijas para qué parte del cuerpo están hechas? no son para los dedos?
Alcibiades
Sin duda.
Sócrates
¿Los zapatos no están hechos también para los pies?
Alcibiades
Seguramente.
Sócrates
Tenemos cuidado de nuestros pies cuando le tenemos de nuestros zapatos?
Alcibiades
Aún no te entiendo,
Sócrates
Sócrates
¡Pero qué! ¿no has dicho, Alcibiades, que se toma cuidado por las cosas?
Alcibiades
Sí.
Sócrates
¿Y hacer una cosa mejor no es tomar cuidado por ella?
Alcibiades
Sí.
Sócrates
¿Cuál es el arte que hace los zapatos mejores?
Alcibiades
El arte del zapatero.
Sócrates
¿Por medio del arte del zapatero es como tenemos cuidado de nuestros zapatos?
Alcibiades
Sí.
Sócrates
Es por el arte del zapatero por el que nosotros tenemos cuidado de nuestros pies, o es por el arte que hace nuestros pies mejores? [177]
Alcibiades
Es por este último arte sin duda.
Sócrates
¿No hacemos nuestros pies mejores por el mismo arte que hace todo nuestro cuerpo mejor?
Alcibiades
Sí.
Sócrates
¿Y este arte no es la gimnástica?
Alcibiades
Seguramente.
Sócrates
¿Por medio de la gimnástica tenemos cuidado de nuestros pies, y por el arte del zapatero tenemos cuidado de las cosas destinadas a nuestros pies?
Alcibiades
Sin duda.
Sócrates
Por medio de la gimnástica tenemos cuidado de nuestras manos, y por el arte del joyero tenemos cuidado de las cosas destinadas a nuestras manos?
Alcibiades
Sí.
Sócrates
¿Por medio de la gimnástica tenemos cuidado de nuestro cuerpo, y por el arte del tejedor y todas las demás artes tenemos cuidado de las cosas destinadas a nuestros cuerpos?
Alcibiades
Es indudable.
Sócrates
Y por consiguiente ¿el arte por el que tenemos cuidado de nosotros no es el mismo, que aquel por el que tenemos cuidado de las cosas que son para nosotros?
Alcibiades
Así lo creo. [178]
Sócrates
Se sigue de aquí, que cuando tienes cuidado de las cosas que son tuyas, no tienes cuidado de ti mismo.
Alcibiades
Eso es cierto.
Sócrates
¿Porque no es el mismo arte por el que un hombre tiene cuidado de sí mismo y lo tiene de las cosas destinadas para sí mismo?
Alcibiades
Lo confieso.
Sócrates
¿Cuál, pues, es el arte, por el que tenemos cuidado de nosotros mismos?
Alcibiades
No puedo decírtelo.
Sócrates
Estamos convenidos ya en que no es ninguno por el que podemos mejorar las cosas que son nuestras, sino que es aquel por el que podemos hacernos nosotros mismos mejores.
Alcibiades
Eso es cierto.
Sócrates
¿Pero podemos conocer el arte de hacer zapatos, si no sabemos antes lo que es un zapato?
Alcibiades
No.
Sócrates
¿Y el arte de engastar sortijas, si no sabemos antes lo que es una sortija?
Alcibiades
Es claro.
Sócrates
¿Qué medio tenemos de conocer el arte que nos hace [179] mejores a nosotros mismos, si no sabemos antes lo que somos nosotros mismos?
Alcibiades
Es absolutamente imposible.
Sócrates
¿Pero es una cosa fácil conocerse a sí mismo, y fue un ignorante el que inscribió este precepto a las puertas del templo de Apolo en Delfos? ¿O es una cosa muy difícil que no es dado a todos los hombres conseguir?
Alcibiades
Para mí, Sócrates, he creído con la mayor evidencia, que es dado a todos los hombres conseguirlo; pero también que ofrece gran dificultad.
Sócrates
Pero, Alcibiades, sea fácil o no, es cosa infalible que si una vez llegamos a conocerlo, sabremos bien pronto y sin dificultad el cuidado que debemos tener de nosotros mismos; en vez de que si lo ignoramos, jamás llegaremos a conocer la naturaleza de este cuidado.
Alcibiades
Eso es indudable.
Sócrates
¡Ánimo, pues! ¿Por qué medio encontraremos la esencia de las cosas, hablando en general? Siguiendo este rumbo encontraremos bien pronto lo que somos nosotros, y si ignoramos esta esencia nos ignoraremos siempre a nosotros mismos.
Alcibiades
Dices verdad.
Sócrates
Sígueme, y te conjuro a ello por Júpiter. ¿Con quién conversas en este momento? ¿Es con otro más que conmigo?
Alcibiades
No, es contigo. [180]
Sócrates
¿Y yo contigo?
Alcibiades
Sí.
Sócrates
¿Es Sócrates el que habla?
Alcibiades
Sí.
Sócrates
¿Es Alcibiades el que escucha?
Alcibiades
Así es.
Sócrates
Y para hablar Sócrates, ¿no se vale de la palabra?
Alcibiades
¿Qué quieres decir con eso?
Sócrates
Servirse de la palabra y hablar, ¿no son la misma cosa?
Alcibiades
Sin dificultad.
Sócrates
El que se sirve de una cosa y la cosa de que se sirve, ¿no son diferentes?
Alcibiades
No te entiendo.
Sócrates
Un zapatero, por ejemplo, ¿se sirve del trinchete, de las hormas y otros instrumentos?
Alcibiades
Sin duda.
Sócrates
¿Y el que corta con su trinchete es diferente del trinchete con que corta?
Alcibiades
Ciertamente. [181]
Sócrates
¿Por consiguiente, el hombre que toca la lira no es la misma cosa que la lira con que toca?
Alcibiades
Es seguro.
Sócrates
Esto es lo que te preguntaba antes: si el que se sirve de una cosa te parece diferente siempre de la cosa de que él se sirve.
Alcibiades
Sí, muy diferente.
Sócrates
Pero el zapatero no corta sólo con sus instrumentos, corta también con sus manos.
Alcibiades
También con sus manos.
Sócrates
¿Se sirve de sus manos?
Alcibiades
Sin duda.
Sócrates
¿Se sirve igualmente de sus ojos al cortar?
Alcibiades
Seguramente.
Sócrates
¿Estamos de acuerdo en que el que se sirve de una cosa es siempre diferente de la cosa de que se sirve?
Alcibiades
Estamos de acuerdo.
Sócrates
Por consiguiente, ¿el zapatero y el tocador de lira son otra cosa que las manos y los ojos de que ambos se sirven?
Alcibiades
Es claro. [182]
Sócrates
El hombre se sirve de su cuerpo.
Alcibiades
¿Quién lo duda?
Sócrates
¿Y lo que se sirve de una cosa es diferente que la cosa de que se sirve?
Alcibiades
Sí. =
Sócrates
El hombre, por consiguiente, es otra cosa que su cuerpo.
Alcibiades
Lo creo.
Sócrates
¿Qué es el hombre?
Alcibiades
Yo no puedo decirlo, Sócrates.
Sócrates
Por lo menos podrías decirme, que el hombre es una cosa que se sirve del cuerpo.
Alcibiades
Eso es cierto.
Sócrates
¿Hay alguna cosa que se sirva del cuerpo más que el alma?
Alcibiades
No, no hay más que el alma.
Sócrates
¿Es ella la que manda?
Alcibiades
Ciertamente.
Sócrates
Y yo creo, que no hay nadie que no se vea forzado a reconocer… [183]
Alcibiades
¿Qué?
Sócrates
Que el hombre es una de estas tres cosas.
Alcibiades
¿Qué cosas?
Sócrates
O el alma o el cuerpo, o el compuesto de uno y otro.
Alcibiades
Conforme.
Sócrates
¿Pero estamos conformes en que el alma manda al cuerpo?
Alcibiades
Lo estamos. Sócrates. ¿El cuerpo se manda a sí mismo?
Alcibiades
No, ciertamente.
Sócrates
Porque hemos dicho que el cuerpo es el que obedece.
Alcibiades
Sí.
Sócrates
Luego no es lo que buscamos.
Alcibiades
Así parece.
Sócrates
¿Es el compuesto el que manda al cuerpo? ¿y éste compuesto es el hombre?
Alcibiades
Podrá suceder.
Sócrates
Nada menos que eso, porque no mandando uno de los dos, es imposible que los dos juntos manden. [184]
Alcibiades
Eso es muy cierto.
Sócrates
Puesto que ni el cuerpo ni el compuesto de alma y cuerpo son el hombre, es preciso de toda necesidad, o que el hombre no sea absolutamente nada, o que el alma sola sea el hombre.
Alcibiades
Seguramente.
Sócrates
¿Hay necesidad de demostrar aún más claramente que el alma sola es el hombre?
Alcibiades
No, ¡por Júpiter! está bastante probado.
Sócrates
Aún no hemos profundizado esta verdad con toda la exactitud que ella exige, pero es suficiente la prueba hecha, y esto basta. La profundizaríamos más, cuando hubiésemos encontrado lo que acabamos de abandonar, porque era de difícil indagación.
Alcibiades
¿Qué es?
Sócrates
Lo que dijimos antes, que era preciso, en primer lugar, conocer la esencia de las cosas generalmente hablando, y en lugar de esta esencia absoluta nos hemos detenido a examinar la esencia de una cosa particular, y quizá esto baste, porque no podremos encontrar en nosotros nada que sea más que nuestra alma.
Alcibiades
Eso es muy cierto.
Sócrates
Por consiguiente, es un principio sentado que cuando conversamos tú y yo, es mi alma la que conversa con la tuya. [185]
Alcibiades
Entendido.
Sócrates
Esto es lo que decíamos hace un momento: que
Sócrates
habla a Alcibiades dirigiéndole la palabra, no a su cuerpo como parece, sino a Alcibiades mismo; es decir, a su alma.
Alcibiades
Eso es evidente.
Sócrates
¿El que manda que nos conozcamos a nosotros mismos manda, por consiguiente, que conozcamos nuestra alma?
Alcibiades
Yo lo creo así.
Sócrates
Luego el que conoce sólo su cuerpo conoce lo que está en él, pero no conoce lo que él es?
Alcibiades
Sí.
Sócrates
Así un médico no se conoce a sí mismo, en tanto que médico, ni un maestro de palestra, en tanto que maestro de palestra?
Alcibiades
No, a mi parecer.
Sócrates
Aún menos los labradores y todos los demás artesanos que lejos de conocerse a sí mismos, ni conocen lo que particularmente les toca, y además su arte los liga a cosas más lejanas aún de ellos que lo que está en ellos. En efecto, el objeto de sus cuidados no es tanto su cuerpo como las cosas que tienen relación con el cuerpo.
Alcibiades
Todo eso es también muy verdadero. [186]
Sócrates
Por lo tanto, si es sabiduría conocerse a sí mismo, ninguno de estos artistas es sabio por su arte.
Alcibiades
Soy de tu dictamen.
Sócrates
Y he aquí por qué todas estas artes parecen viles, y por consiguiente indignas de una persona decente.
Alcibiades
Eso es cierto.
Sócrates
Volviendo, pues, a nuestro principio, todo hombre que tiene cuidado de su cuerpo, tiene cuidado de lo que le pertenece, pero no de sí mismo.
Alcibiades
Estoy de acuerdo.
Sócrates
Todo hombre que ama las riquezas no se ama a sí mismo, ni lo que está en él; sino que ama una cosa aún más lejana de él y de lo que está en él.
Alcibiades
Así me lo parece.
Sócrates
El que sólo se ocupa en amontonar riquezas, ¿maneja mal sus negocios?
Alcibiades
Es muy cierto.
Sócrates
Si alguno se ha enamorado del cuerpo de Alcibiades, no es Alcibiades el objeto de su cariño, sino una de las cosas que pertenecen a Alcibiades.
Alcibiades
Estoy convencido de ello.
Sócrates
El que ha de amar a Alcibiades ha de amar su alma. [187]
Alcibiades
Consecuencia necesaria.
Sócrates
He aquí por qué el que sólo ama tu cuerpo se retira desde que esta flor de belleza comienza a marchitarse.
Alcibiades
Es cierto.
Sócrates
Pero el que ama tu alma, no se retira jamás, en tanto que puede ella aspirar a mayor perfección.
Alcibiades
Así parece.
Sócrates
Aquí tienes la razón por qué he sido yo el único que no te ha abandonado y que permanece constante, después que aparece marchita la flor de tu belleza y que todos tus amantes se han retirado.
Alcibiades
Gran placer me das, y te suplico que no me abandones.
Sócrates
Trabaja sin descanso con todas tus fuerzas para hacerte mejor.
Alcibiades
Trabajaré.
Sócrates
Al ver lo que sucede, es fácil juzgar que Alcibiades, hijo de Clinias, jamás ha tenido, y aun ahora mismo no tiene, más que un único y verdadero amante; y este amante fiel, digno de ser amado, es Sócrates, hijo de Sofromico y de Ferarete.
Alcibiades
Nada más verdadero.
Sócrates
¿No me dijiste, cuando me avisté contigo y antes de [188] que yo te hiciera prevención alguna, que tenías intención de hablarme para saber por qué era el único que no me había retirado?
Alcibiades
Así te lo dije, y es muy cierto.
Sócrates
Ahora ya sabes la razón, y es, que yo te he amado a ti mismo, mientras que los demás sólo han amado lo que está en ti. La belleza de lo que está en ti comienza a disiparse cuando tu belleza propia comienza a florecer; y si no te dejas malear y corromper por el pueblo, yo no te abandonaré en toda mi vida. Pero temo que infatuado con el favor del pueblo, como ha sucedido a un gran número de nuestros mejores ciudadanos; porque el pueblo de la magmánima Erectea{10} tiene una preciosa máscara; pero es preciso verle con la cara descubierta. Créeme, pues, Alcibiades, y toma las precauciones que te digo.
Alcibiades
¿Qué precauciones?
Sócrates
La de ejercitarte y aprender bien lo que es preciso saber antes de mezclarte en los negocios de la república, a fin de que, robustecido con un buen preservativo, puedas sin temor exponerte a los peligros.
Alcibiades
Todo eso está muy bien dicho, Sócrates; pero trata de explicarme cómo podemos tener cuidado de nosotros mismos.
Sócrates
Ese es negocio ya ventilado; porque ante todas cosas hemos sentado lo que es el hombre, y con razón, porque temeríamos, no siendo este punto bien conocido, dirigir [189] nuestro cuidado a otras cosas que no fueran nosotros mismos, sin apercibirnos de ello.
Alcibiades
Así es.
Sócrates
Estamos convenidos, además, en que es el alma la que es preciso cuidar, debiendo ser este el único fin que nos propongamos.
Alcibiades
Sin duda.
Sócrates
Que es preciso dejar a los demás el cuidado del cuerpo y de lo que pertenece al cuerpo, como las riquezas.
Alcibiades
¿Puede negarse eso?
Sócrates
¿Cómo podríamos sentar esta verdad de una manera más clara y evidente? porque si consiguiéramos verla con toda claridad, es indudable que nos conoceríamos perfectamente a nosotros mismos. Tratemos, pues, en nombre de los dioses, de entender bien el precepto de Delfos, de que ya hemos hablado; pero ¿comprendemos, por ventura, ya toda su fuerza?
Alcibiades
¿Qué fuerza? ¿Qué quieres decir con eso, Sócrates?
Sócrates
Voy a comunicarte lo que a mi juicio quiere decir esta inscripción y el precepto que ella encierra. No es posible hacértele comprender por otra comparación que por esta que se toma de la vista.
Alcibiades
¿Cómo?
Sócrates
Fíjate bien: si esta inscripción hablase al ojo, como habla al hombre, y le dijese: mírate a ti mismo, ¿qué [190] creeríamos nosotros que le decía? ¿No creeríamos que la inscripción ordenaba al ojo que se mirase en una cosa, en la que el ojo pudiera verse?
Alcibiades
Eso es evidente.
Sócrates
Busquemos esta cosa, en la que, mirando, podamos ver el ojo y nosotros mismos.
Alcibiades
Puede verse en los espejos y en otros cuerpos semejantes.
Sócrates
Hablas muy bien. ¿No hay también en el ojo algún pequeño punto que hace el mismo efecto que el espejo?
Alcibiades
Hay uno seguramente.
Sócrates
Has observado que siempre que miras en tu ojo ves, como en un espejo, tu semblante en esta parte que se llama pupila, donde se refleja la imagen de aquel que en ella se ve?
Alcibiades
Es cierto.
Sócrates
Un ojo, para verse, debe mirar en otro ojo, y en aquella parte del ojo, que es la más preciosa, y que es la única que tiene la facultad de ver?
Alcibiades
¿Quién lo duda?
Sócrates
Porque si fijase sus miradas sobre cualquiera otra parte del cuerpo del hombre, o sobre cualquier otro objeto, a menos que no fuese semejante a esta parte del ojo que ve, de ninguna manera se vería a sí mismo. [191]
Alcibiades
Tienes razón.
Sócrates
Un ojo, que quiere verse a sí mismo, debe mirarse en otro ojo, y en esta parte de ojo, donde reside toda su virtud, es decir, la vista.
Alcibiades
Seguramente.
Sócrates
Mi querido Alcibiades, ¿no sucede lo mismo con el alma? para verse ¿no debe mirarse en el alma, y en esta parte del alma donde reside toda su virtud, que es la sabiduría, o en cualquiera otra cosa a la que esta parte del alma se parezca en cierta manera?
Alcibiades
Así me lo parece.
Sócrates
¿Pero podremos encontrar alguna parte del alma, que sea más divina que aquella en que residen la esencia y la sabiduría?
Alcibiades
No ciertamente.
Sócrates
En esta parte del alma, verdaderamente divina, es donde es preciso mirarse, y contemplar allí todo lo divino, es decir, Dios y la sabiduría, para conocerse a sí mismo perfectamente.
Alcibiades
Así me parece.
Sócrates
Conocerse a sí mismo es la sabiduría, según hemos convenido.
Alcibiades
Es cierto. [192]
Sócrates
No conociéndonos a nosotros mismos, y no siendo sabios, ¿podemos conocer ni nuestros bienes, ni nuestros males?
Alcibiades
¡Ah! ¿cómo los conoceríamos, Sócrates?
Sócrates
Porque no es posible que el que no conoce a
Alcibiades
conozca lo que pertenece a Alcibíades, como perteneciendo a Alcibiades.
Alcibiades
No, ¡por Júpiter! eso no es posible.
Sócrates
Sólo conociéndonos a nosotros mismos, es como podemos conocer, que lo que está en nosotros nos pertenece.
Alcibiades
Seguramente.
Sócrates
Y si no conociésemos lo que está en nosotros, no conoceríamos tampoco lo que se refiere a las cosas que están en nosotros.
Alcibiades
Lo confieso.
Sócrates
Hemos hecho mal, cuando hemos convenido en que hay gentes, que no conociéndose a sí mismos, conocen sin embargo lo que está en ellos, porque ni aun las cosas que pertenecen a lo que está en ellos conocen. Estos tres conocimientos: conocerse a sí mismo, conocer lo que está en nosotros, y conocer las cosas que pertenecen a lo que está en nosotros, están ligados entre sí; son efecto de un solo y mismo arte.
Alcibiades
Así parece. [193]
Sócrates
Todo hombre que no conoce las cosas que están en él, no conocerá tampoco las que pertenecen a otros.
Alcibiades
Eso es verdad.
Sócrates
No conociendo las cosas pertenecientes a los demás, no puede conocer las del Estado.
Alcibiades
Es una consecuencia necesaria.
Sócrates
¿Un hombre semejante puede ser alguna vez un buen hombre de Estado?
Alcibiades
No.
Sócrates
¿Ni puede ser tampoco un buen administrador para gobernar una casa?
Alcibiades
No.
Sócrates
¿Ni sabe lo que hace?
Alcibiades
Nada sabe.
Sócrates
No sabiendo lo que hace, ¿es posible que no cometa faltas?
Alcibiades
Imposible, seguramente.
Sócrates
Cometiendo faltas, ¿no causa mal en particular y en público?
Alcibiades
Seguramente. [194]
Sócrates
Haciendo mal ¿no es desgraciado?
Alcibiades
Sí, muy desgraciado.
Sócrates
¿Y aquellos a cuyo servicio se consagra?
Alcibiades
Desgraciados también.
Sócrates
¿Luego no es posible que el que no es ni bueno, ni sabio, sea dichoso?
Alcibiades
No, sin duda.
Sócrates
¿Todos los hombres viciosos son entonces desgraciados?
Alcibiades
Muy desgraciados.
Sócrates
¿Luego no son las riquezas, sino la sabiduría la que libra al hombre de ser desgraciado?
Alcibiades
Seguramente.
Sócrates
Por lo tanto, mi querido Alcibiades, los Estados para ser dichosos no tienen necesidad de murallas, ni de buques, ni de arsenales, ni de tropas, ni de grande aparato; la única cosa de que tienen necesidad para su felicidad es la virtud.
Alcibiades
Es cierto.
Sócrates
Y si quieres manejar bien los negocios de la república, es preciso que imbuyas a tus conciudadanos en la virtud.
Alcibiades
Estoy persuadido de eso. [195]
Sócrates
¿Pero puede darse lo que no se tiene?
Alcibiades
¿Cómo puede darse?
Sócrates
Ante todas cosas es preciso, pues, que pienses en ser virtuoso, como debe de hacer todo hombre, que no sólo quiera tener cuidado de sí mismo y de las cosas que son suyas, sino también del Estado y de las cosas que pertenecen al Estado.
Alcibiades
Sin dificultad.
Sócrates
No debes, por consiguiente, pensar en adquirir para ti y para el Estado un grande imperio y el poder absoluto de hacer todo lo que te agrade, sino únicamente lo que dicten la sabiduría y la justicia.
Alcibiades
Eso me parece muy cierto.
Sócrates
Porque si tú y el Estado gobernáis sabia y justamente, obtendréis el favor de los dioses.
Alcibiades
Estoy persuadido de ello.
Sócrates
Y gobernaréis justa y sabiamente, si como te dije antes, no perdéis de vista esa luz divina que brilla en vosotros.
Alcibiades
Así parece.
Sócrates
Porque mirándoos en esta luz, os veréis vosotros mismos, y conoceréis vuestros verdaderos bienes.
Alcibiades
Sin duda. [193]
Sócrates
Y obrando así, ¿no haréis siempre el bien?
Alcibiades
Ciertamente.
Sócrates
Si hacéis siempre el bien, me atrevo a salir garante de que seréis siempre dichosos.
Alcibiades
En esta materia eres tú una buena garantía, Sócrates.
Sócrates
Pero si gobernáis injustamente, y en lugar de suspirar por la verdadera luz, os fijáis en lo que está sin Dios y lleno de tinieblas, no haréis, sin que pueda ser de otra manera, sino obras de tinieblas, porque no os conoceréis a vosotros mismos.
Alcibiades
Así lo creo.
Sócrates
Mi querido Alcibiades, represéntate un hombre que tenga el poder de hacerlo todo, y que no tenga juicio; ¿qué debe esperarse y cuál será el resultado para él y para el Estado? Por ejemplo, que un enfermo tenga el poder de hacer todo lo que le venga a la cabeza, que no conozca la medicina, y que nadie se atreva a decirle nada ni a contenerle, ¿qué le sucederá? Destruirá sin duda su cuerpo.
Alcibiades
Eso es cierto.
Sócrates
Y si en una nave un hombre, sin tener ni buen sentido ni la habilidad de piloto, se toma la libertad de hacer lo que le parezca, tú mismo ves lo que no puede menos de suceder a él y a todos los que a él se entreguen.
Alcibiades
No podrán menos de perecer todos. [197]
Sócrates
Lo mismo sucede con todas las ciudades, repúblicas y todos los poderes; si están privados de la virtud, su ruina es infalible.
Alcibiades
Imposible de otra manera.
Sócrates
Por consiguiente, mi querido Alcibiades, si quieres ser dichoso tú y que lo sea la república, no es preciso un grande imperio, sino la virtud.
Alcibiades
Seguramente, Sócrates.
Sócrates
Y antes de adquirir esta virtud, lejos de mandar, es mejor obedecer, no digo a un niño, sino a un hombre, siempre que sea más virtuoso que él.
Alcibiades
Eso me parece cierto.
Sócrates
Y lo que es mejor, ¿no es lo más precioso?
Alcibiades
Sin duda.
Sócrates
Y lo que es más precioso, ¿no es lo más conveniente?
Alcibiades
Sin dificultad.
Sócrates
¿Es conveniente al hombre vicioso ser esclavo, porque esto le cuadra mejor?
Alcibiades
Seguramente.
Sócrates
¿El vicio, pues, es una cosa servil?
Alcibiades
Convengo en ello. [198]
Sócrates
¿Y la virtud una cosa liberal?
Alcibiades
Sí.
Sócrates
¿Y no es preciso evitar este servilismo?
Alcibiades
Seguramente, Sócrates.
Sócrates
Pues bien, mi querido Alcibiades, conoces tu propia situación; ¿eres digno de ser libre o esclavo?
Alcibiades
¡Ah! Sócrates, conozco bien mi situación.
Sócrates
¿Pero sabes cómo puedes salir de ese estado, que no me atreveré a calificar, hablando de un hombre como tú?
Alcibiades
Sí, lo sé. ¿Cómo? Si Sócrates quiere.
Sócrates
Dices muy mal, Alcibiades.
Alcibiades
¿Pues cómo tengo que decir?
Sócrates
Si Dios quiere.
Alcibiades
Pues bien, digo si Dios quiere; y añado, que para lo sucesivo vamos a mudar de papeles, tú harás el mío y yo el tuyo, es decir, que yo voy a mi vez a ser tu amante, como tú has sido el mío hasta aquí.
Sócrates
En este caso, mi querido Alcibiades lo que se dice de [199] la cigüeña se podrá decir de mi amor para contigo, si después de haber hecho nacer en tu seno un nuevo amor alado, este le nutre y le cuida a su vez.
Alcibiades
Así será; y desde este día voy a aplicarme a la justicia.
Sócrates
Deseo que perseveres en ese pensamiento; pero te confieso, que sin desconfiar de tu buen natural, temo que la fuerza de los ejemplos que dominan en esta ciudad, nos arrollen al fin a ti y a mi.
———
{1} Por su padre, Clinias, descendía de Eurisaces, hijo de Axas; y por su madre, Dinomaca, descendía de Alemeonides y de Megacles.
{2} Le hinchaba los carrillos desagradablemente.
{3} Este juego no era de damas ni de ajedrez, sino un juego científico, porque enseñaba el movimiento de los cielos, los eclipses, &c.
{4} Esta gran batalla se dio en la Olimpiada 80, cuando Sócrates contaba cerca de 12 años.
{5} Esta batalla de Coronea se dio el segundo año de la Olimpiada 83. Sócrates tenía 22 años.
{6} El Hipólito, v, 352.
{7} Peparetes es una de las islas Cicladas.
{8} Cenon de Elea, discípulo de Parménides, había venido con su maestro a Atenas (590 años antes de J. C.) donde Sócrates en su juventud oyó a ambos.
{9} Homero, l. II, v. 547 de la Iliada.
{10} Alusión al picaresco dicho popular contra los libertos que habían salido de la esclavitad.—Lleva aún sobre su cabeza la cabellera de esclavo.
Lo siento por el quintuplicado.


El primer juego de MIles Edgeworth sí salió por estos lares (eso sí, en inglés) y es bastante disfrutable, más con la cosa de ser el fiscal.
El que no ha llegado es el segundo, que ni siquiera ha salido de Japón. Una lástima con esta saga tan cojonuda en la que su única “mancha” es para mí el Apollo Justice, muy irregular en cuanto a ritmo.
pa Capcom.
No se disculpe Chenk, hay que decirlo más. ¡Exijo Justicia! Mi caso deberia ser revisado en el tribunal del Superamo o en el de la Atalaya
Lo unico que he jugado de la DS han sido los 3 phoenix wright, el apollo justice y el ninja town.
El apollo justice por lo que sea no me gusto salvo el primer caso, pero los phoenix wright, me parecieron sublimes. Es un juego para jugar solo por la historia, de hecho las partes de investigar me parecen un poco coñazo, pero los juicios son la hostia. Y hay algunos casos que decir genial es poco.
Hola.
Soy el Juez Dredd y te acusé falsamente de romper el parabrisas
.
Ale,ahí lo llevas
.
Si de una cosa va sobrada la DS es de aventuras gráficas. Entre esta saga, los Layton (HAMOR), los de CING…
De los 3 Phoenix Wright (y el Apollo) me quedo con el tercero, en el que había cierta conexión entre los casos y al final todo quedaba superépico. Eso sí, más que juegos a veces parecen novelas interactivas.
PD: Sobre la banda sonora, hay un álbum de versiones orquestadas y otro en clave de jazz muy chulos, así como uno no oficial (creo) de arreglos llamado “Cadenza”, muy recomendables todos.
No pasa nada hombre, siempre viene bien repasar la obra de Platón
@ElquehacetrampasenJumanji
Grande Ninja Town, los fabricantes de galletas eran la bomba
Y Castlevanias, Castlevanias a tope
Como ya está casi todo dicho solo añadiré que Miike Takashi, el director de ’13 asesinos’, hizo una peli del juego http://www.youtube.com/watch?feature=iv&src_vid=mSU6nkAG0IU&v=zcgWmhx9yjA&annotation_id=annotation_125889
Compañero Red, desde aquí me solidarizo con tu injusticia y cuando quieras vamos a visitar al dueño del coche (que ya estará viejito) y le robamos la pensión.
Muy bueno el analis-dis, si antes tenía ganas de probar algún título de este personaje ahora son muchas más ;-)
P.S:
Hombre, Chenk, otra vez ponga el link y no copie y pegue todo el textazo, que se carga el foro
http://www.filosofia.org/cla/pla/azc01049.htm
Estupenda recreación de los hechos en portada Mr Giallo, eso fue justo lo que pasó. Admito que algun cristal pudo rellarse con los pezones si el agua con limpiaban las chicas estaba muy fria, pero romper los limpias, JAMAS!
Tengo que leerme el texto ese de Platón pero mejor lo hago en casa.
El quintuplicado mío era una línea. Lo que se ha añadido después de Platón no es mío.
@Mr. Giallo
Además al más puro estilo Phoenix Wright he visto el historial de edición de los posts y dice Mr. Gris Marengo! Aquí tenemos una historia para un nuevo capítulo. Aunque claro, el aparente culpable inicial nunca termina siendo el culpable final.
Tal vez el culpable de los posts filosóficos sea el mismísimo Mr. Red, un genio del mal, que fue detenido inicialmente por una cadena de sucesos que empezaron con el limpiaparabrisas.
en los siguientes juegos *puede*(quin sera sera (8)) que defiendas a un culpable
el que mas me gusto de los pheonix es el 3, de la saga el que menos fue el apollo y el que mas quizas el miles edgeworth(aunque disfrute mas la musiquita del 3)
Buen artículo. Nunca he tocado uno, pero apetece probarlo.
[spoiler]@chenk:
Sócrates:
Oh muy venerandas Nubes, nítidamente oísteis mi llamada.
(A Estrepsíades) ¿Percibiste su voz a la par que el mugido del trueno venerable?
Estrepsíades:
Ya lo creo, y lo venero, diosas honorabilísimas, y aquí va una pedorreta en respuesta a los truenos. Ya ves el terror y el miedo que me inspiran.
Y tanto si es lícito como si no, ahora mismito me voy a cagar.[/spoiler]
La madre del… pufff aun no lo empeze aunque tiene buena pinta ala
Realmente hubiera preferido el texto de platón linkeado :P
Buen artículo (sobretodo los motivos por los que te puede gustar o no el juego xD).
Aquí otro fan de la saga de Phoenix Wright, los encuentro de una calidad argumental impresionante. Y aunque en el fondo sabes que los juicios están llevados sobre raíles… ¡¡¡Cómo te pones de loca cada vez que señalas una contradicción y empieza a sonar la musiquita de acorralamiento!!! Es una experiencia que hay que vivirla.
Descubrí el primer Phoenix hará ya cosa de seis años, cuando aún no había salido por estos lares y yo aún andaba contentísimo por la gran resolución y luminosidad de mi DS tocha (sigh…). Lo probé por probar, sin referencia alguna (simplemente me hizo gracia un juego de abogados, acababa de jugar el “Trauma Center” y pensé “a ver qué otra frikada de juego tengo en mis manos ahora…”), Y desde el inicio del segundo caso, concretamente desde el interrogatorio a April May (¡al principio del juicio yo la creía una testigo creíble y sin maldad! Pero qué inocencia… xDDD) el juego me conquistó.
A estas alturas ya los he jugado todos. Coincido en que casi todos ellos son una obra de arte (salvo el de Miles Edgeworth, que me decepcionó bastante), pero si tengo que quedarme con uno… elijo el tercero. El primero es el que te sorprende, y el segundo tiene un último caso brutal, pero el tercero es el más fuerte y memorable argumentalmente.
A mi me gustaron los 4 (si el apollo justice), los empezamos a jugar mi esposa y yo a la par y era una emocion y un vicio que no se acaba de ninguna manera. El Miles Edgeworth no le he hecho mucho caso aun, pero porque se me han pasado los dias sin tener oportunidad de jugar a nada y me imagino que a falta de traduccion, la atencion que se le debe de poner para jugarlo debe ser extrema (paso de acabarmelos por mero ensayo y error). Mantenemos los dedos cruzados (como muchos) para que el vs. aparezca traducido y no tarden en darnos la sorpresa tanto con la segunda parte del Miles como con un Phoenix 4 o un Apollo 2 o porque no, un nuevo protagonista.
Acabo de pasarme el tercero. Y tengo que decir que me ha decepcionado un poco. Me gustó mucho manejar a otros protas, que no diré para que no me acusen de spoilear, pero el principal fallo que le veo es el ultimo caso, que en los juegos anteriores me parecieron magistrales y en éste ultimo me parecio muy confuso y cogido con pinzas, como queriendo rizar el rizo. No puedo decir mas por lo de no reventarle el juego a nadie, pero los casos que mas me han gustado fue el último del 2º que tiene un planteamiento brutal y el 4º y 5º del primero que son la ostia. Tambien me parecieron muy buenos el de Mask de Masque y el del restaurante frances del tercero.